Sábado, 14 Diciembre 2024 19:17

El Ciclista Solitario - Por Gustavo Ferrari Wolfenson

No recuerdo exactamente el año,  pero debe haber sido un invierno de principios de los 70,s. Viviendo en el exterior por las funciones de mi padre en las Naciones Unidas, solíamos turnarnos con mis hermanos para visitar a los abuelos en la Argentina,   así siempre se sentían acompañados y los vacíos de ausencia familiar se reducían.

Una tarde de lluvia, como una de tantas en los típicos fríos porteños, mi abuela Sara se me acercó y al notarme aburrido me alcanzó un libro y me dijo: “toma léelo, te va a gustar”. 

El ejemplar, de tapas azul grisáceo, pertenecía a la   Biblioteca  La Nación, una colección editada por ese diario entre  1901-1920, que tenía como título  Aventuras de Sherlock Holmes. Recorrí con cierta indiferencia sus páginas color sepia y empecé a leer el primero de los primeros doce cuentos escritos por Arthur Conan Doyle, en los que el personaje principal es el consultor detective de ficción Sherlock Holmes.

El relato,  que tenía el nombre de Escandalo en Bohemia,  me resultó tan fantástico como atrapante.  Debo mencionar que mi abuela era una lectora compulsiva de los libros de misterio e historias policiales. En una biblioteca de su cuarto de estar en la casona que vivía en las barrancas de Belgrano, estaban perfectamente acomodadas novelas de Agatha Christie, Edgar Alan Poe, Chesterton y su Padre Brown, así como las de Arsenio Lupin de Maurice Leblanc, Ellery Queen   entre otras, las cuales consumió con especial devoción hasta que sus ojos la traicionaron.

Sin embargo, con paciencia esperó que llegaran al país los primeros  lentes intraoculares para operarse a los 90 años y conseguir el principal objetivo que tenía que era recuperar la vista para continuar leyendo.   Las Aventuras me encontraron abrazado a las historias, narraciones, crímenes y deducciones de un personaje hasta ese momento desconocido para mí. Terminé el libro al día siguiente y ya tenía en mis manos el tomo segundo que también lo devoré con pasión, continuando con  El Signo de los Cuatro y  Estudio en Escarlata, que fue el primer libro de la saga, con otros tres tomos más de Casos Secretos también publicados por la Colección La Nación.

De ahí en adelante no paré nunca más hasta convertirme en un lector, coleccionista, buscador y fanático de todo lo relacionado con la figura de Sherlock Holmes. Un día, leyendo un artículo en The Buenos Aires Herald, me entero de la existencia de  la  Sherlock Holmes Society of London y escribí para conocer las condiciones de su membresía y poder asociarme. Al tiempo su presidente, me respondió con una carta muy amable, escrita casi en un lenguaje sherlockholmiano, señalándole su satisfacción por mi incorporación, que era el único miembro de un país latinoamericano que se sumaba a la Sociedad y basándose en el título de uno de los cuentos de Conan Doyle, me bautizó como El Ciclista Solitario  de América latina.

Con mi filiación comenzó una larga y próspera amistad con numerosos holmianos de diferentes partes del mundo, con quienes intercambiábamos opiniones, lecturas, relatos y sobre todo, información de  las novelas o escritos que otros autores, imitando el estilo de Conan Doyle, publicaban y estaban difundiendo o editando.  Recuerdo que uno de los primeros trabajos de esas características que cayó en mis manos allá por el 1975, fue   Elementary Dr. Freud también conocido como The Seven por Cent Solution, escrita por Nicholas Meyer que  trata de cómo el doctor Watson, preocupado por el consumo de cocaína de su amigo Sherlock Holmes, lo obliga a viajar a Viena para acudir a la consulta del joven Sigmund Freud que somete al detective a una cura de desintoxicación.

Este relato que me costó buscarlo por cada rincón de Madrid en mi época de estudiante, fue convertido luego en film que no tuvo la relevancia del libro. Niki Meyer escribió años más tardes dos novelas continuando con el personaje tituladas The West End Horror (Horror en Londres)  y The Canary Trainer (El ángel de la Música).

Mi pasión por Holmes siguió en aumento. Mis relaciones a través de la Sherlock Holmes Society me permitieron conocer y entablar una fraterna amistad con John Bennett Shaw, nacido en Tulsa,  Oklahoma y radicado luego en Santa Fe, New México,   uno de los fanáticos y autoridades más prolíficos sobre el personaje de Sherlock Holmes y las obras de Sir Arthur Conan Doyle que haya existido. John, fundador de una cofradía llamada BSI (Baker Street Irregulars) en alusión a los chicos de la calle que Holmes empleaba como agentes de inteligencia y que les pagaba a cada uno un chelín por día (equivalente a 7 libras esterlinas el día de hoy) poseía en su casa una de las colecciones y biblioteca física más grandes de libros relacionados con Sherlock Holmes en el mundo,  sumados a otros objetos de interés al cual él denominaba Sherlockiana,  que después de su muerte fueron  donados a la Universidad de Minnesota, donde aún perduran.

Durante años hasta su fallecimiento en 1997,  John me alimentó de novedades, etiquetas, membretes y cosas que iban apareciendo sobre Sherlock Holmes y  que él iba agregando a sus colecciones. Nadie se divirtió más con Holmes que él y nuestras vidas que se cruzaron en  el destino,  influyeron en mí de una manera que no podría haber imaginado. Gracias a su audacia de investigador pudimos descubrir que esos libros publicados por la Biblioteca La Nación en los albores del siglo XX, fueron las primeras ediciones editadas en idioma español,  traducidas del Strand Magazine, las cuales les mandé de regalo junto con un poema a Sherlock Holmes escrito por el propio Jorge Luis Borges y una revista Leoplan de mediado de los 50¨s,  encontrada en una librería de viejos de la avenida Corrientes, con una narrativa sobre Holmes hecha por el periodista y escritor  Rodolfo Walsh, devenido años después a militante  revolucionario que se unió a Montoneros.

Hoy mi biblioteca tiene una sección especial dedicada a Sherlock Holmes,  abarrotada de diferentes ediciones de las  novelas del famoso detective, ya sea las de Conan Doyle o de diferentes autores de estilo que siguen su ruta narrativa, conservan la intriga, el proceso de análisis,  deducción e inclusive,  los mismos personajes que lo rodearon como su fiel amigo y  compañero, el doctor Watson, el inspector Lestrade, la señora Hudson, la misteriosa Irene Adler, el profesor Moriarty, su hermano Mycroft, la puntualidad de los trenes ingleses y hasta el sabueso Toby como fiel ladero de sus escapadas nocturnas disfrazado de pordiosero en busca de pistas.  También en mi colección se incluyen las películas interpretadas por su mejor exponente,  Basil Rathbone, las series de TV  de  Jeremy Brett y guardo con especial cariño un juego de naipes sherlockholmiano regalado por el presidente Fernando de la Rúa, que en un viaje oficial a Londres, pasó por el museo de 221-B Baker Street y cuando regresó me llamó por teléfono y me dijo “esto lo compré para vos”

Sherlock Holmes me ha acompañado a lo largo de los últimos 55 años de mi vida. Su presencia me ha permitido viajar junto a él en sus relatos e historias por los caminos y rumbos de esa Inglaterra victoriana previa a la primera gran guerra, radiante del  glamour de sus caballeros señoriales y sus damas cortesanas.  Siempre agradeceré a mi abuela Sara ese regalo maravilloso de haberme acercado a un libro de Sherlock Holmes. Ya de 94 años y operada de cataratas la llevé una tarde al  cine a ver el estreno de la película Young Sherlock Holmes, interpretada por Nicholas Rowe. La disfrutó a pleno y cuando el film llegó a su final y su cara reflejaba una inmensa felicidad, sólo me expresó en unas pocas palabras que marcaban su comunión entre nosotros por ese personaje,  “podemos quedarnos a verla de nuevo”. Mi respuesta fue más breve. “Elemental mi querida abu”.

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