Viernes, 14 Febrero 2025 13:34

Ni la sombra de lo que alguna vez fue – Por Vicente Massot

El peronismo es un caldero en ebullición y todo hace suponer que tarde o temprano, en el curso de este año, va a estallar sin que ninguno de sus muchos dirigentes, o de los millones de afiliados y simpatizantes que todavía conserva, puedan impedirlo.

La inevitabilidad de la explosión es producto de una serie de razones que se hicieron evidentes a partir del momento en que Javier Milei venció a su oponente en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de noviembre del año 2023, obligando al kirchnerismo a mirar al poder desde los palcos de la oposición.

De haber triunfado Massa, la crisis del movimiento fundado por Juan Domingo Perón no habría pasado a mayores. Las distintas tribus —entre sí, enfrentadas— no hubieran llevado sus disidencias hasta el punto de quiebre. Una vez ocupado el gobierno, las canonjías y privilegios que se repartirían a troche y moche hubiesen aplazado cualquier disputa, sin dejar que la sangre llegara al rio. Pero en aquel balotaje el de Tigre cayó derrotado y todas las tensiones acumuladas durante los años en los cuales los dos Fernández —presidente y vice— se cansaron de hacerse zancadillas, no tuvieron dique de contención.

A esta altura, nadie puede disimular ni disfrazar la capitis diminutio de la autoridad de Cristina Fernández, a la que cada vez menos compañeros le prestan atención. La Señora, que manejó a sus acólitos —junto a su marido— como si fueran un rebaño por espacio de casi veinte años, ahora debe resignarse a ver la manera en que los lacayos de ayer —que no se animaban a mirarla a los ojos— sacan pecho y se permiten discutir sus decisiones.

Por eso es que, en los días previos al tratamiento de la suspensión de las PASO en la Cámara de Diputados, la conductora del Movimiento no abrió la boca. Básicamente, no se animó a hacer pública su posición respecto de un tema de tanta importancia por temor a quedar desairada. En resumidas cuentas, el peronismo —que ha hecho de la verticalidad su razón de existir— carece de un jefe indiscutido.

Refractario como ha sido a lo largo de su historia a los mandos colegiados, imaginar que pueda, de buenas a primeras, modificar su esencia y admitirlos por necesidad, es soñar despiertos.

En esta situación —como en otras similares— lo que comienza a desenvolverse es un proceso de balcanización en donde brotan aquí y allá, en las distintas provincias y municipios, varios peronismos que se refugian en sus territorios para pactar condiciones de gobernabilidad con las autoridades nacionales de turno.

Las relaciones que ha tejido la Casa Rosada con los mandatarios de Tucumán, Catamarca y Salta —para nombrar a los más importantes— no es una casualidad ni obedece a una supuesta traición de Osvaldo Jaldo, Raúl Jalil y Gustavo Sáenz. Es con base en el unitarismo fiscal que desde Balcarce 50 se disciplina y premia a aquellos peronistas, radicales o independientes dispuestos a acompañar a la administración libertaria en el Congreso de la Nación. De su lado, las necesidades de cada uno de esos estados y la falta de una conducción nacional hace que los diversos peronismos —y para el caso, los diferentes troncos del viejo partido de Alem— decidan arreglárselas solos y pidan auxilio al gobierno central.

Si bien lo que acaba de ocurrir en la cámara baja —en donde el bloque de Unión por la Patria se partió, y veinticinco diputados acompañaron al oficialismo— parece confirmar este fenómeno centrífugo que amenaza escalar, las cosas no son tan lineales como parecen.

Es cierto que no fue posible consensuar una misma postura y que los libertarios entraron a saco por líneas interiores en la bancada del PJ, negociaron adhesiones y lograron lo que querían. Pero, al mismo tiempo, no es menos verdadero que muchos kirchneristas de paladar negro, de esos que nunca cruzarán la calle y se abrazarán con mileístas, en esta oportunidad votaron cual si fuesen aliados.

No porque lo fueran sino en razón de que —a ellos, también— les conviene suspender las PASO.

Una muestra mucho más clara de la dimensión de la grieta que se ha abierto será la votación del proyecto de ley de Ficha Limpia que comenzará a discutirse esta semana en la Cámara de Diputados, como el tratamiento de aquel proyecto y los de reiterancia, reincidencia, unificación de penas y el de las primarias abiertas, cuando hagan su entrada a la cámara alta del Congreso.

Con todo, el conflicto latente de mayor calado dentro del peronismo no está localizado en el ámbito legislativo sino en la provincia de Buenos Aires. No es un secreto que las disidencias de fondo hallables entre Axel Kicillof y la viuda de Kirchner habrán de dirimirse en las próximas semanas. No está escrito en ningún lado que los dos contrincantes no puedan sentarse a fumar la pipa de la paz, pero hoy un rompimiento sonoro parece más probable que un acuerdo civilizado.

El gobernador desea ser el próximo jefe del Movimiento y el candidato presidencial en 2027. Cristina no lo descarta, aunque cree que aquel que alguna vez fue su enfant gâté desea destronarla antes de tiempo. Esa es la cuestión de fondo. Por debajo de la misma se encuentra el tema del desdoblamiento de las elecciones. El mandatario y unos treinta intendentes del partido no quieren atar su suerte a la de los candidatos nacionales, convencidos de que en octubre los libertarios llevan las de ganar.

La jefe del movimiento teme, en cambio, que —si se diese el desdoblamiento señalado— los intendentes podrían desentenderse a la hora de mover los aparatos cuando toque votar por los diputados nacionales. Alguna razón tiene, sólo que carece del poder de otrora para imponerse y vetar cualquier viento de fronda impulsado a instancias de los capangas comunales.

Kicillof arrastra otra pesada carga, que será muy difícil que se la quite de encima.

La ola criminal que azota a los territorios que debe controlar no va a desaparecer de la noche a la mañana. Es un flagelo que no ha hecho más que crecer, y al cual ninguno de los gobiernos que asumieron la responsabilidad de administrar la provincia más importante del país pudieron ponerle coto. Hubo —claro está— gestiones en términos de seguridad mucho más eficientes que otras.

Con todo, la inseguridad en el ámbito bonaerense es directamente proporcional a ese monstruo fuera de control que es el Gran Buenos Aires. Si a lo señalado se le suman la convicción garantista del kirchnerismo, la existencia de jueces comprometidos con la puerta giratoria, una legislación de corte zaffaroniano, una casta política corrupta por donde se la mire y una policía sin guías, el problema no tiene solución a la vista.

Si en el curso de los meses por venir, ya lanzada la carrera electoral, el gobierno libertario decidiese —como lo indica la más elemental lógica política— saltar por encima del mandatario con asiento en La Plata e iniciar conversaciones con los intendentes del primer y segundo cordón bonaerense prometiéndoles auxilio financiero, Axel Kicillof recibiría una estocada mortal.

Después de todo, la lealtad de los intendentes está atada sólo a sus intereses. El peronismo pisa arenas movedizas.

Hasta la próxima semana.

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