De momento, nadie sabe a ciencia cierta cuál será el camino que habrán de tomar las autoridades de Washington. Ello, en razón de los amagues y retrocesos a los que es afecto su presidente. En menos de treinta días ha anunciado dos veces decisiones en materia arancelaria respecto de las naciones con las cuales linda —Canadá y México— que acto seguido ha postergado sin más.
Si las idas y venidas de Trump lo son para negociar desde una mejor posición o si se prepara para lanzar una ofensiva en toda la línea a expensas de sus vecinos, de la Unión Europea y de China, al mismo tiempo, es por ahora la pregunta del millón que no tiene respuesta.
Las turbulencias, sin embargo, ya dieron comienzo: basta anoticiarse de la deriva que han tenido las principales bolsas del mundo desde hace diez días, poco más o menos. De más está decir que, así como Metternich alguna vez expresó que “cuando estornuda Francia, se resfría Europa”, así también cabria sostener sin temor a errar que, al momento en que Estados Unidos mueve estratégicamente sus piezas en el tablero del ajedrez internacional, el resto de los Estados sufre las consecuencias, para bien o para mal.
Por supuesto que los errores autoinfligidos del gobierno libertario en los últimos meses también podrían calificarse como turbulencias, a condición de no exagerar el análisis y distinguir un ciclón de una lluvia fuerte. Dicho con arreglo a hechos que todos conocemos: las consecuencias de una guerra tarifaria como la antes mencionada no son —ni por asomo— parecidas a los efectos negativos del criptogate, por ejemplo.
Son cosas diametralmente diferentes, que conviene no confundir a la hora del análisis. Exagera a propósito el dirigente de los trabajadores estatales, Rodolfo Aguiar, al expresar con énfasis apocalíptico que la Argentina está “cerca del caos social”. Pero no resulta un invento de los opositores acérrimos de Milei que la imagen del presidente haya bajado diez puntos y que algunas encuestas puntualicen que el kirchnerismo está arriba en la intención de voto en la provincia de Buenos Aires.
Era enteramente lógico suponer que en determinado momento de su derrotero el oficialismo sufriría tropiezos, que la adhesión de la ciudadanía en su favor descendería, y que el dólar comenzaría a moverse. Es lo que le sucede a todas y cada una de las autoridades exitosas en cualquier parte del mundo, prescindiendo de considerar sus observancias ideológicas. La suba del dólar blue y del riesgo país no delata tanto una desconfianza generalizada en punto al plan económico puesto en marcha por los libertarios como una cierta incertidumbre respecto de la índole del acuerdo al que se ha llegado con el FMI. No obstante, es del caso señalar que no hay señal ninguna de que nos hallemos cerca de una crisis o cosa por el estilo.
La administración libertaria luce sólida en virtud de tres razones fundamentales:
1) ha controlado la inflación,
2) ha logrado consolidar el superávit fiscal, y
3) enfrente suyo no tiene adversarios o enemigos de fuste. Mientras el curso que lleva Milei siga por este camino, difícilmente pueda sufrir un descalabro. Su robustez radica en el hecho de que dio un principio de solución a una economía desquiciada —que heredó del kirchnerismo— y en el espanto que produce mirar al banco de suplentes —para decirlo en términos tribuneros. ¿Alguien imagina a dónde iríamos a parar si a mitad del partido entrasen a la cancha Cristina Fernández, Sergio Massa y Axel Kicillof, en reemplazo de Javier Milei, Luis Caputo y Adolfo Sturzenegger?
El oficialismo tendrá esta semana que sortear con éxito dos obstáculos importantes:
uno en la calle y otro en el Congreso de la Nación. Después de lo que sucedió la semana pasada en la manifestación de los jubilados, a la cual se sumaron —con inequívoca intención subversiva—barrabravas de distintos clubes de futbol de la capital federal y del ámbito bonaerense, la ministro Patricia Bullrich deberá ajustar algunas tuercas en el dispositivo de seguridad que conduce.
Si se compara —y cómo no hacerlo— cuanto le pasó a Mauricio Macri en su momento y lo que acaba de ocurrir en las calles porteñas, es muy fácil percibir las diferencias: hace seis años triunfaron los piqueteros —por llamarles de alguna manera— mientras que ahora no lograron nada; en 2019, el gobierno retrocedió espantado ante la sola idea de reprimir en tiempo y forma la violencia ilegítima de miles de militantes, en tanto que en 2025 a Milei y a la titular de la cartera a cargo de la cuestión no les tembló la voz ni el pulso al momento de reponer el orden con arreglo al uso de la violencia legitima del Estado.
Los desmanes que buena parte de la sociedad siguió por la televisión, no le sumaron nada al kirchnerismo. Menos aun cuando tomó conciencia de lo que significó el respaldo que desde España —donde reside— hizo Mario Firmenich al ejercicio de los energúmenos. El que tanto Cristina Fernández como Axel Kicillof hayan decidido tomar distancias de la marcha frente al Congreso habla por sí solo.
Era clara la intención de los manifestantes: que el gobierno cargase con un muerto, cometido que estuvieron a un tris de lograr. Entre el riesgo de excederse en la represión o adoptar una actitud propia de timoratos o blandos, los responsables del Poder Ejecutivo han decidido seguir el primero de los caminos señalados. Son conscientes de que si en algún momento demuestran tibieza, sus enemigos olerán sangre y actuarán en consecuencia.
Por eso es que Milei reivindicó, sin cortapisas, a “los Azules” y le dio un singular espaldarazo a la Bullrich. El otro obstáculo se recorta en las dos cámaras del parlamento: la de diputados y la de senadores. En aquélla, en paralelo con la nueva marcha de los jubilados, hoy se pondrá a discusión el decreto de necesidad y urgencia respecto de la negociación con el Fondo Monetario Internacional. Si pasa el examen, quedará firme, porque sólo se necesita aprobación de una de las cámaras.
El oficialismo no puede perder la pulseada y todo hace suponer que —con el apoyo del Pro, parte del radicalismo y de algunos gobernadores peronistas— conseguirá blindar un DNU de tanta trascendencia. Por otro lado, a partir de mañana o del jueves 27 —según cómo evolucione la ronda de conversaciones que han iniciado Santiago Caputo y Victoria Villarruel, por cuerdas separadas, con los senadores afines y distintos mandatarios provinciales— en la cámara alta subirá a escena el proyecto de Ficha Limpia y deberá darse tratamiento a los pliegos de Ariel Lijo y Manuel García Mansilla.
A siete meses de unos comicios de carácter legislativo que pondrán a prueba los puntos que calza el oficialismo y los que —a su vez— acreditan las diferentes facciones del arco opositor, el meridiano de la política no pasa por el Congreso, la calle ni las alianzas partidarias, sino por la situación de la economía. El bolsillo sigue mandando.
Hasta la próxima semana.


Semanas atrás fue el propio gobierno el que hizo referencia a la posibilidad de que aparecieran en el horizonte determinadas turbulencias, sin especificar su naturaleza ni envergadura. 