Martes, 29 Abril 2025 09:05

“Empapados” – Por Carlos Berro Madero

Que la gente se muere a nuestro alrededor, es una evidencia; y lo que sentimos al respecto después que desaparecen, y nos genera un sentimiento que los recuerda como irrepetibles, porque de alguna manera dicha muerte los vuelve invulnerables.

Como meros espectadores de un tránsito que algún día impreciso nos llegará, comienza allí una exaltación de virtudes y defectos de los que se han ido para siempre, según comprueba la historia de la humanidad.

La muerte del Papa Bergoglio ha desatado una ola de expresiones de todo tipo: recordatorios de admiración, tristezas y regocijos de quienes mantienen vivo un sentimiento de rencor hacia él, que han llenado páginas de diarios, revistas y filmaciones televisadas.

A los argentinos, sin duda, nos “sancionó” muy sutilmente con su ausencia durante el transcurso de su papado, y el trato ambivalente que dispensó a los compatriotas que lo visitaron para mantener quizás un supuesto “equilibrio espiritual”, que resultó bastante inexplicable cuando en aras de la defensa de la pobreza se declaraba partidario del peronismo, a pesar de que este movimiento político contribuyó a montar una enorme fábrica de carecientes en nuestro país.

Esto nos lleva a deambular por los recuerdos que dejó un hombre que decía haberse consagrado para redimirlos, pero se comportó de manera algo diferente en su relación con quienes se hacen fortuna con su esfuerzo, montando emprendimientos productivos con que esos mismos pobres se benefician finalmente.

Es bien sabido que hay un cierto egoísmo generalizado que nos ha hecho a todos los seres humanos muy sensibles frente a la muerte, que resulta ser, en ese aspecto, algo neutral desde el punto de vista de la virtud o la excelencia.

Esto le cabe también a Jorge Bergoglio SJ, quien representó un cargo muy delicado debido a su inevitable liderazgo universal, que desató amores desenfrenados y rechazos por algunas actitudes controversiales de su parte.

Quizá se dispuso a abandonar el mundo cuando la atmósfera se volvió demasiado irrespirable por las ambiciones e injusticias generalizadas en el escenario mundial, “como quien sale de una estancia asfixiante por los efluvios de una chimenea que tira mal, diciendo: hay humo, me voy” (Marco Aurelio).

Finalmente, estamos convencidos que toda persona que irrumpe en el escenario público en una situación de relevancia, se arriesga siempre a recibir loas, apostillas e irreverencias.

Por ahora, es todo lo que hay.

A buen entendedor, pocas palabras.

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