Quizá porque alimenta la ilusión de provocar algún mecanismo que la redima, insistiendo machaconamente con un “vamos a volver”, sin aclaración alguna sobre las corruptelas de un régimen oprobioso por donde se lo mire.
Mientras tanto, los misiles iraníes sumados ahora a la réplica estadounidense, concitan la atención mayoritaria de un mundo que tiene prioridades diferentes de las nuestras y parece haber puesto en pausa los pugilatos de facciones menores, para concentrar su inquietud respecto de un futuro cercano dramático para todo el universo.
Es bien sabido, que el destino no se puede explicar por la naturaleza de ciertos golpes que da, sino por la incapacidad humana para predecirlos: pega sin previo aviso y hace imposible evitar a tiempo los daños que causa muchas veces por su intensidad.
Lo sufren en mayor medida las sociedades que meten la cabeza bajo tierra para no ver lo que sucede a su alrededor; arte exquisito que los políticos argentinos practican desde hace décadas.
Dice Zygmunt Bauman con acierto que la falta de respiro que provocan estas situaciones, se ha convertido en “algo así como un persistente juego de las sillas, en el que un segundo de distracción puede comportar una derrota irreversible y una exclusión inapelable” (sic).
Está claro que vivimos en un mundo de sillas, donde los desprevenidos caen en un escenario “sustitutivo” al tratar de resolver sus dilemas de manera improvisada, aumentado el miedo colectivo por un futuro impredecible en los términos advertidos por Alvin Toffler en los setenta.
En ese aspecto, mientras Trump piensa sobre la responsabilidad que le cabe para resolver problemas que acucian al mundo entero, Cristina sigue encerrada en las mismas ideas vetustas que sembraron destrozos conceptuales a su paso. Para ello, cuenta solo con el aplauso de un sector del movimiento peronista multifacético que nos trajo al lugar de irrelevancia en el que nos encontramos.
A buen entendedor, pocas palabras.


Mientras la sociedad mundial busca protegerse ante una posible guerra planetaria que haría peligrar la democracia, en nuestro país el miedo al pasado ominoso de un peronismo kirchnerista falaz y corrupto, concentra la atención social sobre las bravatas de Cristina Fernández –hoy en prisión por sus fechorías-, y sus interpretaciones “sui generis” de la historia. 