Miércoles, 23 Julio 2025 14:35

El equilibrio no debe ser solo fiscal - Por Jorge Enríquez

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El Preámbulo de la Constitución Nacional establece como el primer objetivo “constituir la unión nacional”. Al presidente Milei ese propósito le debe parecer escrito por "la casta".

Vivimos un tiempo extraño, que rechaza lo que antes se consideraba virtuoso: la moderación, las buenas maneras, el respeto recíproco aún en la divergencia, la deliberación, la argumentación racional, los matices. 

Las sociedades, frustradas e insatisfechas, no admiten esas prácticas. Quieren encontrar un enemigo al que adosarle las culpas de sus desencantos. Las redes sociales, por su parte, fomentan los discursos simplistas y polarizantes. El insulto siempre tiene más “likes” que el argumento. La emoción desplaza a la razón.

La incitación al odio comenzó, en esta etapa democrática, con Néstor y Cristina Kirchner, en especial a partir de su radicalización luego del conflicto con el campo en 2008. Basta recordar que se estimulaba a los niños a escupir afiches con fotos de periodistas, que estos eran perseguidos por la AFIP, que el jefe de gabinete rompió públicamente un diario, que se organizaban parodias de juicios populares a la Corte Suprema. Ahí estuvo el huevo de la serpiente. Es penoso comprobar que en esto hay más continuidades que rupturas.

Es un terreno fértil para los líderes populistas de izquierda o de derecha, que tienen la respuesta fácil para todo. El enemigo es una categoría difusa que puede asumir distintos nombres: “poderes concentrados”, “oligarquía”, “casta”. En esto no hay nada nuevo bajo el sol.

Lo original es su virulencia y su expansión, auxiliada por la tecnología. Esos líderes estimulan las emociones, y no las más nobles. Se impulsa el odio, el rechazo visceral a cualquiera que no se subordina al caudillo providencial, al que sus acólitos describen como infalible.

El presidente de la Nación, Javier Milei, no es, por lo tanto, un experimento peculiar de la Argentina, sino que se inscribe en ese contexto mundial. Claro que, pese a la existencia de rasgos comunes, los líderes populistas tienen aspectos en que se diferencian unos de otros.

Milei se distingue por su economicismo y porque, en el campo de la economía, su política se puede considerar antipopulista. Así, no solo ha practicado un importante ajuste, sino que ha usado esta palabra, que otros gobernantes querían evitar a toda costa, como un emblema. Aunque el atraso cambiario de tintes netamente electoralistas pareciera indicar que el populismo se puede colar también en su manejo de la economía.

En lo demás, es un populista de manual. Y, como tal, ubica como uno de sus más notorios enemigos a los periodistas. No a algunos en particular; a la condición de periodista. Es probable que excluya de sus denuestos a los que lo adulan, pero en verdad estos ya dejaron de ser periodistas.

Otros gobernantes populistas enfocan también sus cañones contra los periodistas, pero Milei le dio a ese uso un giro tal vez inédito: convocó a la sociedad a odiarlos. No es que eso se pueda interpretar de algunos gestos: lo dijo expresamente. Para el presidente argentino, todo odio contra los periodistas es insuficiente. Sería raro encontrar un caso igual.

Pero esto es lo que tenemos: un presidente que nos incita a odiar. El Preámbulo de la Constitución Nacional establece como el primer objetivo “constituir la unión nacional”. A Milei ese propósito le debe parecer escrito por la casta, al igual que la existencia del Congreso y de los procedimientos parlamentarios diseñados para alcanzar consensos luego de deliberaciones que expresan distintos puntos de vista.

En su homilía en el Tedéum del 25 de Mayo, el Arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, alertó sobre este flagelo que azota a las sociedades contemporáneas: “Hemos pasado todos los límites, la descalificación, la agresión constante, el destrato, la difamación, parecen moneda corriente.

El Santo Padre León XIV decía a los representantes de los medios de comunicación hace unos días: La paz comienza por cada uno de nosotros, por el modo en el que miramos a los demás, escuchamos a los demás, hablamos de los demás; y, en este sentido, el modo en que comunicamos tiene una importancia fundamental; debemos decir “no” a la guerra de las palabras y de las imágenes. Tenemos necesidad de diálogo, de forjar la cultura del encuentro, de frenar urgentemente el odio".

No se puede incitar al odio como si se tratara de un juego inocuo. Ya los insultos deberían ser dejados de lado en una sociedad civilizada, pero además hay que comprender que las palabras suelen anteceder a las acciones. ¿Qué seguirá? ¿La formación de milicias a la manera de la Alianza Libertadora Nacionalista? ¿El uso de cachiporras para disciplinar a los periodistas?

Últimamente, el Presidente ha dado un giro más en su proselitismo del odio, que ahora pretende legitimar con citas bíblicas. Suele cerrar sus tuits de insultos con la críptica sigla “PN 10 (E)”. Según explicó, alude a la décima plaga de Egipto, que relató de una manera muy confusa. En su mesianismo, el mensaje es que morirán los primogénitos de los que lo critiquen.

Sus exégetas, como el sufrido jefe de gabinete Guillermo Francos, aclararán que la frase no se debe entender en sentido literal. Poco importa: trasunta una violencia verbal que no se puede admitir en una democracia. Por otra parte, la recurrencia a citas religiosas tiene el claro propósito de rodear su mandato de un aura divina y de relegar a sus opositores al campo del pecado. Esta nueva política atrasa por lo menos 500 años. Quienes poseemos una sincera fe religiosa somos los primeros que debemos denunciar esta lamentable malversación de las ideas judeocristianas.

El presidente dedica varias horas del día a agraviar no solo a dirigentes opositores o a periodistas independientes, sino a simples ciudadanos, aun cuando estos ni siquiera lo hayan criticado. Entre los miles de ejemplos que se pueden mencionar, uno de los más recientes es el insólito ataque a la historiadora Camila Perochena, quien había dicho en un programa de televisión –de manera incidental, porque no era ese el tema que estaba abordando- que la Argentina no había sido una potencia a principios del siglo XX.

Más allá de que lo manifestado por esta profesora de la Universidad Di Tella es bastante obvio (el alto producto bruto per cápita no transforma per se a un país en una potencia si no tiene una capacidad de influir decisivamente en el plano internacional por contar, entre otros elementos, con una importante fuerza militar), llama la atención que esa cuestión, que hasta puede parecer semántica, derivara en una catarata de insultos de parte del jefe de Estado. Más llama la atención que personas que suponíamos razonables hasta hace un par de años, y que hacían profesión de fe republicana, se sumen irreflexivamente a esos ataques.

Son inaceptables actitudes de este tipo, que no se pueden excusar con el argumento del equilibrio fiscal. La convivencia pacífica exige otro equilibrio, que se está perdiendo: el respeto al prójimo.

Jorge R. Enríquez   
Presidente Asociación Civil Justa Causa. Miembro de Profesores Republicanos

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