Jueves, 31 Julio 2025 11:27

Planes para escenarios diferentes – Por Vicente Massot

Si hubo pelea, la misma terminó antes de que finalizara el primer round. Nunca estuvo Santiago Caputo en condiciones de medirse en un pie de igualdad con Karina Milei por una razón elemental, expuesta en clave boxística: carece del peso suficiente para dar la categoría en la cual se desplaza a sus anchas la hermana del presidente.

Si lo subían a un ring a Horacio Accavallo —en su momento de gloria, cuando era campeón mundial de peso mosca— para cruzar guantes con Cassius Clay —indisputable campeón de los pesados— cualquiera sabía cuál iba a ser el resultado final y cuánto duraría la puja. Por eso, a nadie se le hubiese ocurrido programar semejante disparate.

Pues bien, algo similar sucedió con el encontronazo del asesor estrella del presidente Javier Milei y la secretaria general de la Presidencia de la Nación. Está fuera de discusión que el mago del Kremlin ha acumulado un enorme poder, que alcanza a secretarías de Estado y ministerios por igual. También resulta indisputable su influencia sobre el jefe de los libertarios en asuntos de la mayor importancia en el manejo del Estado. Pero nada de todo lo expuesto puede rivalizar con lo que significa, para Javier Milei, su hermana. Santiago Caputo lo que hizo fue insistir —quizá más de la cuenta— en el reclamo de puestos para sus acólitos en las listas de concejales y diputados provinciales bonaerenses. Sebastián Pareja y los Menem, alfiles obedientes de Karina, lo ignoraron; y la pulseada acabó ahí. El joven se llamó a cuarteles de invierno sin levantar la voz.

Sabía perfectamente bien que si escalaba en sus pretensiones no tenía la más mínima posibilidad de ganar.

En realidad, todo no ha pasado de ser un chisporroteo. Si se compara lo visto y oído en estas últimas semanas con las reyertas que durante la gestión de Raúl Alfonsín protagonizaron los viejos radicales del Movimiento de Renovación y Cambio —Germán López, Alfredo Concepción, Bernardo Grinspun, y otros del mismo calibre— con los líderes de la nueva generación radical, encolumnados en la Coordinadora y comandados por Enrique Nosiglia; o si se analizan los enfrentamientos que en los tiempos de Carlos Menem situaron en una vereda a los celestes, como se llamó entonces al grupo en el que sobresalían Eduardo Bauza y Eduardo Menem, y en la de enfrente a los rojo punzó, como se denominó a la facción que tenía entre sus figuras más notorias a Alberto Kohan y Erman González, se apreciará la diferencia entre una pelea en serio y un amago de compadrito.

Al final del día, todos los involucrados se dieron cuenta de que —más allá de las diferencias indisimulables que se hallan expuestas y son de público conocimiento— cuanto correspondía hacer era asumir la realidad y cada uno dedicarse a lo que decidiera el presidente: la campaña y las candidaturas a nivel nacional son responsabilidad de quien el propio Milei llama El Jefe.

Más claro, imposible. Es probable —no seguro, en atención al carácter de la todopoderosa hermana— que en los contenidos pueda meter mano su enemigo circunstancial. En eso, es un experto y  mal no le ha ido. Pero poco importa a esta altura determinar quién llevaba razón en punto a cómo

debían vertebrarse las alianzas y cuáles eran los mejores candidatos para figurar en las listas respectivas. La que ganó, impuso su criterio; que se repetirá sin falla de matiz a lo largo y ancho del territorio.

Mientras tanto, y en paralelo con el inicio de la campaña electoral en la provincia de Buenos Aires, se ha puesto en funcionamiento la estrategia gubernamental de cara a las batallas que se recortan en el horizonte legislativo. Por de pronto, fue notable cómo —en su habitual desmesura discursiva— Javo hizo una pausa, pensó dos veces, y se permitió distinguir los “genocidas” —que votaron las leyes referidas a la discapacidad, el aumento de las jubilaciones y la prórroga de la moratoria previsional— de los gobernadores “dialoguistas”, a los cuales les dio un respiro porque sabe que necesita sus votos para blindar los vetos que enderezará contra —por lo menos— las tres leyes que ya recibieron el visto bueno de la cámara alta y la cámara baja.

Fue sorprendente cómo —en el programa de radio del que resultó protagonista excluyente, una vez terminado el acto en la Sociedad Rural— Milei, aun dejándose llevar por la ira, diferenció a quienes desprecia de quienes no puede darse el lujo de insultar en este momento. Vale la pena —para quien no lo haya hecho ya— leer detenidamente las condenas que entonces fulminó a expensas de unos y la sobriedad con la que trató a los otros. En un hombre que no tiene límites a la hora de despotricar y semeja en no pocas ocasiones un tribunero desaforado, la separación de los blancos y los negros habla por sí sola. Está en marcha una negociación que lleva adelante el jefe de gabinete Guillermo Francos con los mandatarios provinciales de confianza.

En la mencionada estrategia, el factor tiempo es fundamental. ¿Por qué? Básicamente en razón de que habrá receso legislativo hasta la segunda semana de agosto, poco más o menos. Si se presta atención a este hecho y se le agrega que Milei esperará hasta el último día antes de sacar a relucir los vetos, el espacio que se abrirá entre el reinicio de las sesiones parlamentarias y las votaciones para saber si las leyes regirán o serán dadas de baja, es posible que se extienda hasta finales de ese mes.

Pero, además, también deberán tratarse los dos proyectos dinamizados a instancias de los gobernadores, que pasaron el examen en el Senado y ahora se hallan en la cámara baja: la coparticipación de los ATN y el impuesto a los Combustibles.

El proceso, entonces, bien puede llegar a principios de septiembre; y, si el oficialismo perdiese todas las batallas, todavía faltaría completar un trámite que nunca se resuelve en un abrir y cerrar de ojos: la reglamentación de las leyes aprobadas. Con lo cual, en términos del calendario, estaríamos a finales del noveno mes del año.

Ganar tiempo desde ahora hasta casi pisar octubre es de vital importancia para el gobierno, debido a un par de motivos. Por un lado, si fracasase el blindaje y el conjunto de normas salidas del Congreso de la Nación obligase a la Secretaría de Hacienda a honrar los aumentos, estos sólo repercutirían en el último trimestre del año en curso y no pondrían en tela de juicio el superávit fiscal ni el compromiso contraído con el Fondo Monetario Internacional.

Por otro, dando por cierto que los libertarios obtendrán una victoria rotunda en los comicios de octubre —como piensan en Balcarce 50— el plan de Milei es hacerse fuerte, en consonancia con su nueva fuerza parlamentaria, y votar un Presupuesto 2026 que diluya las obligaciones de incrementar el gasto público en algo así como U$ 3.200 MM.

Por lo tanto, y tal cual se desarrollan los acontecimientos, todo parece indicar que hay un plan A y un plan B. El primero, atado a cómo finalice la negociación con los gobernadores y al blindaje exitoso de los vetos. Si fallase, subiría al escenario el segundo, que para prosperar dependerá del resultado de las elecciones. Hagan sus apuestas, señores…

Hasta la próxima semana.

Top