Miércoles, 03 Septiembre 2025 13:57

La moneda está en el aire – Por Vicente Massot

El escándalo que produjeron los audios atribuidos a Diego Spagnuolo —que, a esta altura, nadie duda respecto de su autenticidad— han ayudado a incrementar la falta de confianza y el grado de incertidumbre de los mercados acerca del resultado de las elecciones y, a la vez, del futuro inmediato del plan económico puesto en marcha por la dupla Milei-Caputo.

Se acostumbra decir que las dudas —que hoy no hacen más que acrecentarse sobre lo que pueda pasar el 7 de septiembre y el 26 de octubre, en oportunidad de substanciarse, primero en el ámbito bonaerense y luego a nivel país, dos comicios de la máxima importancia— son producto, en buena medida, del riesgo anejo a una eventual victoria kirchnerista en las urnas.

Por supuesto que la idea tiene fundamento, en atención al hecho de que la deriva oficialista no es del todo firme y un retorno al poder del populismo criollo podría echar abajo, en cuestión de días, el enorme esfuerzo hecho hasta el momento para ordenar la economía.

Si bien es cierto que la administración libertaria, con base en el superávit fiscal y el adecentamiento de las cuentas públicas, ha logrado cuanto ninguno de sus antecesores consiguió consolidar en el último medio siglo, no lo es menos que todavía deberá recorrer un largo camino para cantar victoria.

Por lo tanto, cualquier imponderable que se cruce en su camino o cualquier daño autoinfligido, puede obrar efectos tanto o más dañinos que la sospecha de un triunfo de los K en las elecciones a punto de llevarse a cabo. Dicho de manera distinta, el miedo a los kukas es real, pero no deja de ser una especulación en virtud de que todavía no hemos entrado al cuarto oscuro y no sabemos quién ganará y por cuánto.

En cambio, las denuncias —si se las puede llamar así— del ex–director de la Andis, aun cuando no hayan sido convalidadas por un tribunal, son verosímiles y dejan flotando interrogantes de peso sobre la transparencia de la secretaria general de la presidencia —nada menos— y de Martin y Lule Menem. Con la particularidad de que no es la primera vez que se hace referencia a estos tres funcionarios.

En distintas ocasiones y desde distintos ángulos, distintos personajes han hecho hincapié en pedidos de coimas o de retornos que no tuvieron mayor trascendencia y pasaron desapercibidos. Hasta ahora. La irrupción en escena de Spagnuolo ha significado un salto de carácter cualitativo. No sólo está en boca de gran parte de la gente sino que amenaza escalar sin solución de continuidad.

El peligro que se recorta en el horizonte del oficialismo tiene tres ejes diferentes: el judicial, el económico y el electoral, los que conviene no mezclar. Comencemos por el primero.

Si alguien supone que el juez Casanello o el que tuviese la causa podría imputar y, llegado el caso, condenar a Javier Milei, a su hermana, o a los primos Menem, se equivocaría de medio a medio.

No hay forma de hacerlo porque, en última instancia, será la palabra de Spagnuolo contra la del Presidente de las Nación. Uno jurará que le hizo mención a lo que estaba sucediendo en el ámbito de su competencia, mientras el otro —como ya lo ha hecho público— sostendrá que es una vulgar mentira. Por ahí no pasa el eje de la cuestión.

Lo que se halla en juego es la imagen del gobierno, en general, y del primer magistrado y sus colaboradores más cercanos, en particular. Spagnuolo le ha pasado, aun cuando fuera sin quererlo, una buena mano de bleque a Milei, que le costara sacarse de encima. No es fruto de la casualidad ni un invento perverso de algunos encuestadores poco serios que los números para el gobierno comiencen a deteriorarse. De momento, no en términos de la intención de votos pero si en lo que hace a la imagen: los audios han esparcido un indisimulable tufillo a corrupción, que desmerece el discurso y las promesas de honestidad libertarias.

El segundo flanco es el económico. La estabilidad y el proceso de desregulación de la economía era evidente que generarían, en su desenvolvimiento, efectos que pondrían contra las cuerdas a intereses corporativos acostumbrados a desempeñarse de acuerdo a las reglas no escritas de la patria contratista, el estado benefactor y los subsidios generalizados.

Al mismo tiempo, y a modo de consecuencia no querida e indeseable, castigarían a los jubilados y a parte de las clases medias en los años iniciales de la gestión gubernamental. El problema hoy se agrava en razón de que, en medio del desconcierto producido por el escándalo de los audios, ha ganado un espacio singular la idea de que La Libertad Avanza perdería, a manos del peronismo, el primer lugar en los comicios que tendrán lugar en provincia de Buenos Aires el próximo domingo, y que su victoria en octubre no tendría la dimensión que imaginaban en la Casa Rosada.

Con lo cual, la musculatura legislativa que necesita el gobierno para poner en práctica las reformas estructurales —la impositiva, la laboral y la previsional— a partir de diciembre, podría quedar a mitad de camino. Son, por supuesto, especulaciones; sin embargo, deben tenerse en cuenta por el efecto contagio que arrastran.

Por último, aparece la pulseada electoral. En este ámbito es donde el gobierno juega su futuro a suerte y verdad. Hasta que Spagnuolo puso en tela de juicio la transparencia del manejo de los dineros públicos por parte de los Milei y los Menem, no había relevamiento que dudase del triunfo oficialista. Las diferencias en todo caso estaban centradas en los porcentajes que alcanzaría

La Libertad Avanza y, por ende, a cuántos diputados y senadores sumaría a sus filas. La situación parece haber cambiado, al menos en parte. Lo que todavía es imposible determinar es si ese 5% a 10% —según la muestra que se elija— que asegura haber votado por Milei y dice hoy estar desencantado, cruzará la calle y se abrazará a las banderas kirchneristas —o a cualquiera otra de las banderías opositoras— o si decidirá quedarse en su casa.

Convengamos que la primera opción no suena demasiado probable. En cambio, no habría razones para descartar la segunda.

Dentro de cinco días, el kirchnerismo tendrá por delante el desafío de mostrar que no está muerto y de que es capaz de retener su bastión político por excelencia a expensas del avance libertario. Si fuese derrotado, a pesar de poner todo el peso de su aparato estatal y el de los intendentes en juego, difícilmente podrá pensar en una victoria en octubre y el PJ pasaría a ser un hormiguero pateado. Por su parte, el gobierno nacional —todavía atontado por el golpe que recibió y que no ha sabido o podido asimilar— deberá esforzarse a la hora de movilizar a sus fieles.

Cuanto mayor sea el porcentaje de abstención, más chances de ganar acumulará el peronismo. La moneda está en el aire.

Hasta la próxima semana.

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