Miércoles, 17 Septiembre 2025 14:17

Golpeados pero no muertos – Por Vicente Massot

Aun cuando en público los Milei aparentan no haber sentido el golpazo en carne propia que sufrieron en los comicios que acaban de substanciarse en la provincia de Buenos Aires, la procesión va por dentro.

En petit comité, cuando se hallan a solas o en compañía de sus íntimos, lucen golpeados. Hasta una semana antes de aquellas elecciones, se llevaban el mundo por delante, y si bien no descartaban la posibilidad de sufrir un revés a manos del kirchnerismo, ninguno pensó nunca en la posibilidad de perder por semejante diferencia. Ahora son conscientes de que de un día para otro se dio vuelta la tortilla, y que es el gobierno quien corre de atrás a sus adversarios.

Con todo, los hermanos no terminan de ponerse de acuerdo sobre las causas que motivaron el desastre del 7 de septiembre pasado. Por eso es que hasta el momento, no sólo no se ha ensayado una autocrítica como merece la situación sino que los responsables del desastroso armado y de la pobre campaña en el ámbito bonaerense formen parte de las flamantes mesas políticas que, de urgencia, ha mandado formar Javier Milei para enfrentar el desafío electoral del 26 de octubre.

 Se entiende que no rodase la cabeza de Karina por razones que no necesitan explicación. Aunque sea incompetente en la materia será intocable mientras su hermano ocupe el sillón deRivadavia. No se comprende, en cambio, la permanencia de Sebastián Pareja, salvo por el hecho de que —a semejanza de Lule Menem— es un soldado del Jefe y, por lo tanto, fuera del alcance de las balas.

El primer problema que se recorta, pues, en el horizonte libertario es psicológico y atañe exclusivamente a los dos hermanos. La dependencia del presidente de la Nación respecto de la secretaria general es evidente y, a la vez, contraproducente porque carece de solución.

En paralelo, tenemos las complicaciones de carácter socioeconómico y político.

Aun dando por sabido que hubo tres motivos principales que explican el resultado adverso cosechado en el principal distrito electoral del país —la situación social, el trato presidencial y el efecto Spagnuolo— el oficialismo no tiene demasiado espacio para remontar dos de esas adversidades en los cuarenta días que faltan para que se abran nuevamente las urnas. Esto no supone que su suerte se encuentre echada y no tenga más alternativa que prepararse para sufrir otro fracaso.

Sólo anticipa los obstáculos que deberá sortear en las próximas seis semanas.

El plan económico no puede sufrir modificaciones de bulto. En eso no se equivocó el primer magistrado cuando redobló la apuesta, apenas anoticiado del triunfo de Kicillof. En el discurso de ayer, al presentar el Presupuesto 2026, demostró que no dará el brazo a torcer y, al propio tiempo, que fue capaz de dejar la intemperancia y los insultos de lado para hablar con el arco opositor. Si por un lado no le alcanzarán los días para aliviar los pesares de los más necesitados, por el otro prometió —en consonancia con los gastos previstos para el año próximo—aumentos en el área de la salud, en las jubilaciones y en materia educativa. No es poco en atención a lo que había sido su política de intransigencia, inaugurada a poco de llegar al despacho de Balcarce 50.

A diferencia de otras oportunidades, en las cuales gobernantes aturdidos por una derrota inesperada actuaron a tontas y a locas, en este caso Javier Milei ha sabido bajar varios cambios, no dejarse llevar por un carácter volcánico, y no abandonarse a la desesperación. Hay cosas que no está en condiciones de cambiar —las listas de candidatos y la falta de alianzas que su hermana y los Menem decidieron cuando se creían dioses olímpicos— pero nada está definido en punto a la trascendental pulseada de octubre. Después de todo, Milei todavía conserva un ascendiente sobre una considerable porción de la población dispuesta a seguirlo sin desmayo.

El desafío principal que tiene por delante no se centra en su núcleo duro sino —tal cual quedó en evidencia el primer domingo de septiembre en tierras bonaerenses— en los desencantados que no fueron a votar. Cómo recuperarlos es la pregunta del millón que, como cualquiera puede imaginarse sin demasiado esfuerzo, es difícil responder.

La idea de que sea el presidente quien asuma la tarea de ponerse la campaña al hombro y que su protagonismo resulte relampagueante, parece la más indicada. Claro que podría tropezar con una valla insalvable en la medida que lo haga, en todo momento, junto a su hermana.

No es del caso analizar en detalle por qué Karina Milei es hoy el blanco de cuanta critica se halle dando vueltas, pero es algo innegable que le sería fácil resolver a cualquiera que no tuviera la dependencia antes mencionada. Mientras el escándalo generado por los audios de Spagnuolo no amaine, resultaría en extremo atinado ponerla a la secretaria general de la Presidencia lo más lejos posible de los escenarios públicos. Meterla de lleno en la campaña representaría, en correspondencia con lo expresado antes, la peor de las decisiones.

¿Por qué? Básicamente en razón del otro frente que el gobierno no controla. Cuánto le ha costado al oficialismo la sospecha echada a andar de que hay una red de corrupción en el nivel más alto de la administración, es algo complicado de mensurar.

Sin embargo, es claro que ha tenido un costo que puede ser de mayor envergadura si el escándalo escalase en el curso de las próximas semanas. Las recientes declaraciones de Fernando Cerimedo —uno de los dueños de La derecha Diario, simpatizante de los libertarios e insospechado de kirchnerista— en cuanto a que el ex–director de la Andis le refirió hace meses lo mismo que se deja escuchar en los audios de todos conocidos, no es una buena noticia para la Casa Rosada. En tanto y en cuanto la citada sospecha mantenga su verosimilitud, los libertarios no podrán descansar tranquilos.

Que la relación de Javier Milei con la sociedad se ha modificado, está fuera de duda.

Que lo del 7 de septiembre no fue un tropezón sino un golpazo de proporciones todavía no bien dimensionado, también. Pero de ahí a suponer que el gobierno tiene los días contados, especular con la posibilidad de que Victoria Villarruel vaya a reemplazar al presidente en ejercicio, o que el peronismo tradicional lo necesita a Juan Schiaretti en el Congreso para el caso en que se abriese paso una Asamblea Legislativa, representan otros tantos disparates de analistas tirabombas o de algunos cenáculos kirchneristas interesados en meter miedo.

Hasta la próxima semana.

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