Martes, 23 Septiembre 2025 11:06

Lo cortés no quita lo valiente – Por Carlos Berro Madero

El eventual deseo del Presidente de pasar al panteón de los próceres históricos algún día, lo lleva a mezclar este sentimiento con expresiones explosivas de su parte, que comienzan a ser rechazadas por una sociedad castigada por años de fracasos sostenidos por discursos políticos altisonantes.

No se trata, a nuestro modo de ver, de una discrepancia con los objetivos propuestos por su gobierno y ciertas determinaciones que duelen “en el cuerpo”, pero se intuyen claramente como necesarias para salir del pozo en el que estábamos sumergidos: son el desagrado con el modo utilizado por Milei en sus discursos, que parece excluir en forma tajante a quien no adhiera públicamente a sus ideas, calificándolo como partícipe de una ruindad espiritual execrable, cuyo objetivo es echarlo afuera del escenario político nacional.

Sumado a ello, agrega un desdén inexplicable por sus adversarios, utilizando calificaciones degradantes sobre quienes  pretenden contradecirlo.

La “puesta entre paréntesis” (esperemos transitoria) de sus indudables logros en materia económica, ha sido una consecuencia directa de todo esto. Porque mucha gente comienza a criticar un individualismo extremo que pone en evidencia uno de los peores rasgos del temperamento de algunos individuos: el cultivo teórico y práctico del narcisismo.

Milei contribuye a ello fulminando cualquier crítica a su gestión, proveniente de muchos ciudadanos que apoyan sus propuestas en general, pero se sienten molestos por cualquier imposición extrema respecto de las mismas de su parte.

Comete además otro error: considerar la validez de sus ideas basada en cuestiones esencialmente religiosas (¿las “fuerzas del cielo”?), anteponiéndolas a cualquier cuestión antagónica supuestamente “profana”, que provenga de un empecinamiento por persistir en el error (aunque esto sea así).

Este escenario de “resurrección” que plantea el Presidente de manera excesivamente airada, lo termina acercando peligrosamente al discurso de su peor enemigo declarado: el kirchnerismo. Y muchos comienzan a sentir que no quieren más de lo mismo.

Por lo menos en ese aspecto y con ese tono.

Porque si ha habido un movimiento que se caracterizó históricamente por la violencia verbal de sus imposiciones ha sido el representado por las huestes K.

Frente a ciertas formas de expresión altaneras de las mismas características, la sociedad ha comenzado a rechazar y/o desconocer -tibiamente aún-, las virtudes de la nueva propuesta, descreyendo de una redención para sus miserias e indiferencias que esté emparentada con lo místico.

Conmover un sentimiento casi pétreo que la ha llevado a vivir por años el síndrome de Estocolmo respecto de sus gobernantes, requiere pues mucho tacto y una invitación enérgica pero más sosegada respecto de un eventual cambio de rumbo, donde no se confunda nunca más la adversidad con la injusticia.

¿Será demasiado tarde? ¿O el Presidente nos está poniendo frente al refrán que señala: “genio y figura hasta la sepultura”?

De ser así, no habrá mecanismos de ayuda –aunque estos provengan de los Estados Unidos-, que den abasto para sostener cambios propuestos por un gobierno que ha iniciado un camino difícil pero auspicioso en muchos aspectos de su gestión.

A buen entendedor, pocas palabras.

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