Si bien sus declaraciones enseguida generaron fuertes críticas de la oposición, la pregunta que me surge es en estos tiempos cibernéticos, de la IA, y de un nuevo modelo de política internacional, ¿para qué sirve un embajador?
En mis primeros pasos por la carrera diplomática, allá por los 70, tuve la oportunidad de llegar a Cuba a trabajar en la embajada argentina en ese país. Con la llegada del peronismo-camporista, las relaciones se habían reestablecido luego de once años y José Ber Gelbard, entonces ministro de Economía había otorgado a ese país una línea de crédito de 1.200 millones de dólares que jamás fueron devueltos.
Poco después al golpe del 76 y quizá teniendo en cuenta el apoyo que el Partido Comunista de la Unión Soviética y el Politbureau otorgó a la Junta Militar, las relaciones jamás se deterioraron y la embajada permaneció abierta durante todos los años del gobierno de facto, inclusive asumiendo posiciones muy favorables en ocasión del conflicto por las Islas Malvinas. Recordemos esa foto icónica publicada por este mismo diario el 4 de junio de 1982 marcando el efusivo abrazo entre el Canciller Nicanor Costa Méndez con Fidel Castro.
Al llegar a La Habana, mi entonces embajador, Francisco Molina Salas, me convocó a su oficina y me dio la siguiente instrucción: “Acá adentro no harás absolutamente nada, porque nadie externo puede entrar y te aburrirás en mirarles las caras a los que están”.
Al mejor estilo de Jim (personaje de Peter Graves en Misión Imposible) me dijo; “ Desde mañana, tu misión será estar todo el día en la calle, ver lo que pasa afuera y los fines de semana, llenas el tanque y te vas a recorrer el interior del país. Allá verás y me contarás lo que pasa en la verdadera Cuba. No me interesa que estés a favor o en las antípodas del pensamiento, sino que encuentres caminos de coincidencias, de diálogo y de hacer sentir la presencia de nuestro país más allá que las relaciones hoy no son de lo mejor”.
Durante mis tres años posteriores en Cuba, esa misión traté de realizarla a pleno, recorriendo cada rincón de la isla, promoviendo temas, actividades que no generaban conflictos ideológicos y a partir de esas acciones, creo haber podido suavizar algunos de los tantos tira y afloja de una relación ríspida y dificultosa,
Por lo tanto, las palabras del embajador Lamelas no las considero como una postura que bordea “el intervencionismo y desconozca la soberanía” como lo mencionó el gobernador de Tierra del Fuego, Gustavo Melella, sino que, en el pleno ejercicio del federalismo, permiten reforzar el intercambio comercial y facilitar un clima de negocios entre partes. Recordemos las experiencias a fines de los 80s, del Banco Ciudad de Buenos Aires que abrió representaciones en las principales ciudades europeas y las del gobierno de Cesar Angelóz, en Córdoba, que tuvo una visión abierta al mundo en la creación del Ministerio de Comercio Exterior para la construcción de nuevas relaciones comerciales, tanto para la provincia como para los empresarios cordobeses.
Recibo cotidianamente información de las actividades que realizan muchos embajadores argentinos en sus funciones diplomáticas en el exterior y celebro la hiperactividad de muchos de ellos recorriendo la totalidad el país donde están acreditados, visitando universidades, conversando con jóvenes, artistas, con cámaras empresarias, marcando el territorio y construyendo lazos que fortalezcan nuestra identidad.
Hoy me encuentro viviendo en un país que, si bien tiene lazos históricos con la Argentina y una de las sociedades comerciales más importantes del continente, por actuales diferencias ideológicas de sus gobiernos (que merecerían un capítulo aparte para analizar) lamentablemente no se percibe el papel activo de nuestra embajada y existe una ausencia total de representatividad. Pareciera que la misión está detenida y escondida a partir de dichos laberintos ideológicos.
Sin embargo, como bien refleja esa frase, de Salvatore Tessio cuando se da cuenta que descubren su traición hacia Michael Corleone, “dile que me perdone, pero todo es una cuestión de negocios”, creo que la función de toda cabeza de misión es dejar de lado esas distancias que puedan surgir con el gobierno central y paralelamente apuntalar, estrechar lazos, marcar la presencia del país en provincias y ciudades las cuales más allá de las eventuales brechas ideológicas, existen desde hace décadas, muchos lazos cimentados, radican una gran cantidad de compatriotas y hay numerosas oportunidades de negocios.
Ojalá que las embajadas entiendan que ya pasó el tiempo de la comodidad de sus despachos, de utilizar los cargos como una zona de confort y se conviertan en los verdaderos albañiles de esta nueva Argentina en construcción que debemos mostrar al mundo.
(#) Consultor internacional y analista político
https://www.clarin.com/opinion/sirve-embajador_0_fLRlJv5EcA.html


Ya pasó el tiempo de la comodidad de los despachos, de utilizar la representación del país en el exterior como una zona de confort. 