Do ut des (Doy para que me des) – Por Vicente Massot
Vicente Massot
El juicio que acaba de dar comienzo con base en los cuadernos redactados por el chofer Oscar Centeno tiene —pues no podía ser menos— varias aristas dignas de ser consideradas. Sin ánimo de subestimar a las que quedan fuera del presente análisis, hay cuatro que se destacan de las demás.
Por de pronto, el grado de impunidad con el cual se manejó, desde el comienzo de su ciclo a cargo de la presidencia de la Nación, el matrimonio Kirchner. Aun cuando la técnica que pusieron en práctica para delinquir haya sido de una tosquedad indisimulable —algo que sólo halla explicación en la creencia de que nunca se animarían a juzgarlos—, cierto es que marido y mujer estuvieron a punto de salirse con la suya.
El segundo aspecto que salta a la vista es la decisión fortuita y la prolijidad de un ex–suboficial, de anotar nombres, fechas y lugares del circuito de la corrupción, sin las cuales la ex–presidente se encontraría en una situación de relativa comodidad. La liebre saltó por el lugar menos esperado. El tercer aspecto refiere a la poca importancia que entre nosotros, al momento de votar, se le otorga a la deshonestidad de los políticos.
En pocos lugares del planeta una delincuente como la viuda de Kirchner suscitaría —después de comprobarse sus malandanzas— tamaños apoyos. Aunque el resultado de las urnas no le haya sido favorable, de todas maneras el número de votos que cosecharon sus representantes no deja de resultar sorprendente.
Por último, sobresale la cobardía y falta de vergüenza de los empresarios que se prestaron a pagar coimas millonarias a cambio de jugosos contratos públicos. En buena medida, los integrantes de la Cámara Argentina de la Construcción (de la Corrupción, como la denominó Javier Milei) han sido y son —salvo rarísimas excepciones— la quintaesencia de la Patria Contratista.
La discrecionalidad con la que se manejaron los venidos de Santa Cruz desde 2003 hasta 2023 —exceptuados los cuatros años que gobernó Mauricio Macri— representó un caso único, comparado con cualquiera de las otras gestiones presidenciales que se sucedieron a partir del retorno de la democracia ,de la mano de Raúl Alfonsín. Con todo, es de suponer que nadie se llamará a engaño a la hora de considerar qué tan arraigadas están esas prácticas —que, por supuesto, no son un invento de los K— en nuestro país.
El uso que de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino) hace la dupla conformada por el Chiqui Tapia y su mano derecha dentro de la organización, Pablo Toviggino, sería inconcebible que sucediese en algún remoto país bananero del tercer mundo. Aquí, en cambio, es moneda corriente y aceptada por la totalidad de los dirigentes de clubes —excepción hecha del dignísimo Juan Sebastián Verón— que, a semejanza de los dueños de la CAC respecto de los Kirchner, obran indistintamente como títeres o cómplices de sus actuales mandantes. Julio Humberto Grondona, al lado de Tapia y su monje negro, parece más una carmelita descalza que un capo mafia.
Como quiera que sea, ni por los estrados judiciales ni por los tablones futboleros pasa hoy el meridiano de la política. Conoceremos día tras día, a medida que los arrepentidos ventilen sus miserias delante del tribunal oral que los juzga, nuevos capítulos de la corruptela kirchnerista, y no dejaremos de sorprendernos hasta dónde puede llegar el descaro de Tapia & Co.
en su afán de castigar a Estudiantes, lograr por medio de árbitros comprados que Barracas Central se consagre campeón, o regalar títulos de la manera que lo hizo con el Canalla rosarino. Sin embargo, el eje rector de la política está en el gobierno, que se propone prolongar la siesta parlamentaria hasta después del 10 de diciembre.
La intención de la Casa Rosada arrastra una lógica a prueba de balas: ¿para qué dar pelea en las dos cámaras ahora, en situación desventajosa, si a caballo de la segunda semana del último mes del año contará con un poder —tanto en diputados como en el Senado— incomparablemente mayor? Quedarán postergados distintos proyectos de importancia substancial a la espera de que las negociaciones que lleva adelante Diego Santilli con la mayoría de los gobernadores den los frutos apetecidos por el gobierno. En la jugada se combina algo de astucia y mucho de realismo.
Nadie en su sano juicio, si tuviese la oportunidad de elegir dónde se posicionará para dar batalla, le facilitaría a sus enemigos el terreno más conveniente.
En la nueva relación de fuerzas que se estableció luego de que fueran substanciadas las elecciones de medio termino, los libertarios se destacan del resto por su poderío. Pero enfrente de ellos —contra lo que podría pensarse— no se recorta la sombra de un peronismo atomizado, sino la de una liga de hecho, no del todo articulada, que dará mucho que hablar en tanto y en cuanto acierte a consolidarse: la de los mandatarios provinciales. Éstos no se asumen como enemigos del oficialismo ni tampoco en Balcarce 50 los consideran tales. Sólo ocurre que el peso específico que mueven alcanza para considerarlos —sin exageración— como la segunda la fuerza política en danza.
En la ronda de conversaciones que ha entablado, el flamante ministro del Interior pudo dejar afuera —sin ningún problema ni cargo de conciencia— a Axel Kicillof y a sus pares de Tierra del Fuego, Formosa y La Rioja. Cosa que jamás se le hubiese ocurrido hacer con el gobernador Gerardo Zamora y sus iguales de Tucumán, Catamarca, Mendoza, Salta, Santa Fe, Salta, Córdoba, Misiones y tantos otros. En la mesa virtual en la que se hallan sentados los nombrados, es imprescindible prestarle atención a un actor que en última instancia —con el visto bueno del presidente de la Nación— desempeñará un rol decisivo al momento de sellar acuerdos de carácter económico a cambio de votos en las dos cámaras del Congreso: Luis Caputo.
Las que se substancian en estas horas son negociaciones en donde unos requieren fondos y los otros necesitan masa crítica en las cámaras parlamentarias. El común denominador que permite pensar en la consolidación de una liga de gobernadores de hecho es su carencia de unos fondos que sólo los pueden obtener del Tesoro nacional.
En esto consiste la fuerza del gobierno: en el unitarismo fiscal. Por su parte, la debilidad del oficialismo reside en que para poner en ejecución reformas inéditas y polémicas —nunca vistas en estas playas—, su espectacular triunfo electoral no le alcanza.
Por ende, se le hace necesario abrir la billetera en un juego al que hasta el momento ha sido reacio, que bien podría condensarse en el latinazgo do ut des: doy para que me des.
Hasta la próxima semana.


