Pues bien,algo parecido se desenvuelve en estos días entre las distintas fuerzas políticas que pugnan por sentarse con ventajas sobre sus adversarios en la Cámara de Diputados de la Nación. No es un secreto para nadie que, ni bien se conocieron los resultados de la última elección y con base en el rotundo triunfo del oficialismo, se lanzó una carrera contra reloj —entre el kirchnerismo y los libertarios— para determinar si los K seguirían ostentando el status de primera minoría o si el oficialismo estaría en condiciones de arrebatarle ese puesto.
A primera vista lucía difícil la parada del mileísmo, atento a que la relación numérica en favor de sus enemigos era de 98 a 80. Sin embargo, conforme transcurrieron las semanas y fueron decantando las negociaciones entabladas a toda velocidad por el gobierno, la diferencia se achicó de manera dramática. Al extremo de que llegarán este miércoles prácticamente empatados.
al recinto, y quienes deberán inclinar la balanza —en uno u otro sentido— serán los distintos peronismos del interior del país. Uno de los que tenía la sartén por el mango —el gobernador de la provincia de Catamarca, Raúl Jalil— movió el tablero.
De él dependía si retiraba o no de la bancada del PJ —hegemonizada por la desfalleciente autoridad de Cristina Fernández— a los cuatro representantes que le responden. Hizo lo que se esperaba y separó a tres de sus representantes —el cuarto reporta a la viuda de Kirchner— con el propósito de conformar un bloque junto a sus pares de Tucumán, Salta y Misiones.
La paridad de 94 diputados plantea interrogantes de último momento sobre lo que pueda pasar hoy en el Congreso. Si acaso algún mandatario provincial más decidiese hacer rancho aparte o plegarse a las fuerzas del Cielo, la suerte de Fuerza Patria estaría echada.
La balcanización del peronismo es un hecho innegable que no tiene vuelta atrás y que se incrementará, más temprano que tarde y a una velocidad todavía difícil de determinar, en forma proporcional a la pérdida de poder de la ex–vicepresidente presa. Es algo sobreentendido desde el nacimiento del justicialismo que sus acólitos, cuando son derrotados, sólo acompañan a sus responsables hasta la puerta del cementerio.
Nunca se inmolan por los compañeros caídos en desgracia. Por lo tanto, el reacomodamiento en la cámara baja, a expensas de los seguidores del matrimonio santacruceño, es sólo una cuestión de tiempo. Nada puede salvar al compacto pero menguante núcleo duro que comanda el incoloro, inodoro e insípido Germán Martinez.
Hoy el gobernador con más poder de fuego es el santiagueño. Imaginar que un dirigente tan astuto —kirchnerista incondicional hasta hace poco— vaya a incinerarse en el altar de San José 1111, es no conocerlo. Otro tanto vale decir de muchos de sus pares, que sacan cuentas, miran de qué lado calienta el sol y llegan hasta Santilli con pedidos de fondos de todo tipo. Nada que no hayamos visto antes.
Respecto de la puja en cuestión está claro que las ventajas con las que cuenta el oficialismo son enormes. Por de pronto, sus aliados naturales desde el punto de vista ideológico —los del Pro— siguen pasándose a sus filas sin solución de continuidad. En el curso de la semana pasada sumaron tres más y no sería de extrañar que, de los 14 que todavía responden al mando de Christian Ritondo, alguno que otro opte por hacerse de una garrocha y salte sin pedir permiso hacia el bando violeta.
Mientras La Libertad Avanza es un polo de atracción para quienes no desean quedar relegados a un lugar insignificante en el Parlamento, al kirchnerismo le pasa exactamente lo contrario: invita a la fuga porque poco tiene que ofrecerles a sus seguidores. Luego de un revés electoral de proporciones sobre sus espaldas, y la inexistencia de un programa atractivo para la gente, su destino inmediato es el desgajamiento.
La incógnita mayor radica en cómo se reposicionarán los bloques menores —que, a la larga, serán los que decidan los proyectos de ley más copetudos. Para pasar exitosamente las orcas caudinas de la cámara baja el gobierno necesita 129 voluntades alineadas y —en el mejor de los casos— contará con unas 94. Por ende, los catorce diputados macristas, los pocos con que se ha quedado el radicalismo, los pertenecientes a Encuentro Federal, y los integrantes del conglomerado Provincias Unidas, tendrán un papel determinante a la hora de conseguir las mayorías necesarias para aprobar las leyes que pretende votar el oficialismo.
En el supuesto caso de que se uniesen, rondarían los treinta. Serían —vistos desde un ángulo— una bolsa de gatos con afán de protagonismo y celos a flor de piel pero a pesar de su musculatura de mosquito, si dejan las rencillas de campanario aparte, estarían en condiciones de tener arte y parte en el resultado final de las reformas estructurales que piensa poner en marcha la Casa Rosada.
Mención aparte merece el escándalo que lleva el nombre de AFAgate. Si bien, como quedó de manifiesto en la entrega de la semana anterior, las tropelías del dúo Tapia-Toviggino no son determinantes ni mucho menos en términos de la gran política, poseen una importancia desproporcionada en virtud de lo que significa entre nosotros el deporte del balompié.
Si en ese aspecto la Argentina fuese Luxemburgo o Andorra — donde el fútbol significa poco o nada— todo no pasaría de ser una anécdota. Sin embargo, como este es uno de los países más futboleros del planeta, desentenderse del asunto es algo que ninguna administración con un mínimo de conocimiento de la sociedad criolla haría.
Hay tres razones en virtud de las cuales Javier Milei, que ha sabido poner de rodillas al peronismo en las urnas, cuenta con el aval de por lo menos la mitad de la población —ejerce el poder en plenitud y carece de flancos débiles capaces de poner en riesgo la gobernabilidad— no puede doblegar de momento a un impresentable como el Chiqui Tapia.
La primera y principal es que la época y los reglamentos de FIFA han cambiado. Cuanto el gobierno de Juan Carlos Onganía pudo hacer—intervenir la AFA y colocar a su frente a un gran señor como Martín Oneto Gaona Milei le está vedado.
¿Por qué? En razón de que la FIFA ha dispuesto que cualquier país en donde las autoridades políticas intervengan a la asociación que regula su fútbol, queda automáticamente excluido de las competencias internacionales de ese deporte. Dicho en buen romance: a Tapia lo pueden despedir, pero, en tal caso, la selección nacional no podría participar el año próximo en el campeonato mundial que se llevará a cabo en Estados Unidos.
Sólo un suicida se pondría en contra a la población futbolera en su conjunto a menos de doce meses de la iniciación de aquel certamen.
Pero hay otros tres motivos no menores: la alianza, al menos temporaria, que algunos de los más relevantes jugadores de la selección —Messi, De Paul y Di María— mantienen con el ex–suegro de Hugo Moyano; la dependencia casi absoluta de la mayoría de los clubes —en particular, los chicos— de las finanzas paralelas y en negro que manejan los capos de la AFA desde la época de Grondona (lo cual hace que Tapia cuente siempre con sus votos) y, por último, la maniobra que en su momento implementó de manera inteligente el Chiqui, cambiando la dirección de la sede social de la Asociación que dirige con mano de hierro.
En lugar de seguir en su sede histórica de la calle Viamonte de la capital federal, ahora está en Ezeiza. Ello le permitió salirse de la jurisdicción de la Inspección General de Justicia porteña —que se rige por patrones transparentes y no ideológicos— para pasar a depender de la de la provincia que maneja Axel Kicillof, su aliado incondicional.
Milei desearía terminar con esa mafia pero para ello el timing —por ahora— no lo acompaña. Quienes en masa sí han hecho escuchar su repudio a tanta impunidad son los cientos de miles de hinchas que en los estadios, e incluso en recitales multitudinarios como el que congregó el fin de semana pasado Andrés Calamaro, corearon a viva voz eso de “Chiqui Tapia botón, Chiqui Tapia botón...”. Algo es algo. Después del Mundial, distinta podría ser la relación de fuerzas y la situación.
Hasta la próxima semana.



