Parecía que a la Casa Rosada se le había acabado la pólvora y sólo era cuestión de tiempo para que los dos hermanos, que desde allí dirigen el rumbo gubernamental, se dieran por vencidos. Pero cuando algunos dirigentes estaban repartiéndose cargos en el gabinete de unidad nacional que imaginaban reemplazaría al que sería barrido del mapa, las urnas vomitaron, en el comicio del 26 de octubre, unos guarismos que dejaron a sus vaticinios en ridículo. El triunfo de los de color violeta fue de tal contundencia que la idea según la cual Javier Milei tenía el boleto picado debió archivarse.
Ninguno de los virulentos críticos de la administración libertaria ensayó un mea culpa. Se entiende que las voces que se habían hecho oír desde las tiendas de campaña peronistas no se retractasen. Distinto es el caso de una serie de periodistas, analistas políticos, economistas de fuste, sociólogos y columnistas de radio y televisión que no sólo nada dijeron respecto de sus pifies sino que volvieron a la carga, siempre con la intención de poner de relieve lo que —según ellos— son los escollos que difícilmente el oficialismo podrá sortear con éxito en los dos años que le faltan andar hasta 2027.
Como sería ridículo ignorar la victoria cosechada a lo ancho y a lo largo del territorio nacional y la fenomenal suma de diputados y senadores que ahora engrosan las filas del oficialismo, sostienen aquéllos que las negociaciones para obtener las mayorías necesarias en las dos cámaras del Congreso serán más difíciles que las que se llevaron a cabo en 2024 y en el año en curso.
Como resultaría insensato negar el espaldarazo que casi la mitad de los votantes le dieron al mileísmo, lo que puntualizan sus opugnadores es que el proyecto puesto en movimiento desde el Palacio de Hacienda no podrá sostenerse mucho más.
‘Basta ver las empresas que cierran, los puestos de trabajo que se pierden, las multinacionales que venden sus activos y se van de la Argentina para caer en la cuenta de que las cosas marchan por mal camino’ —afirman, como si fuesen dueños de la verdad.
No se crea que estas impugnaciones le llueven a la plana mayor del gobierno de parte de Axel Kicillof, Cristina Kirchner, Sergio Massa, José Mayans y Juan Grabois —para citar a las primeras espadas del colectivo K. Por supuesto que los ataques de estos resultan feroces. Sin embargo, son liberales de toda la vida, republicanos de alguna notoriedad y celosos defensores de la democracia representativa los que machacan a diario en contra de la administración libertaria en general y del presidente en particular, al que acusan de ser populista de ultraderecha. Los mismos que hace dos años deslizaban —abierta o encubiertamente— que Milei era un loco o poco menos y lo daban por acabado después de septiembre-, ahora levantan el argumento no tanto de su presunta inestabilidad mental sino de unos pujos autoritarios que lo harían parecido a Néstor y Cristina.
Como quiera que sea y más allá del empeño puesto por quienes sólo parecen querer resaltar los defectos del experimento libertario, el gobierno goza de excelente salud, se halla en la plenitud de sus fuerzas, carece de enemigos que puedan hacerle siquiera una mínima sombra y se encamina a enfrentar el tercer año de su gestión, plenamente convencido de que no tendrá mejor oportunidad que la actual para dar cuenta de las que cabría llamar sus asignaturas pendientes.
El Milei de finales de 2025 es, en punto a su poder de fuego y a la relación de fuerzas respecto de sus contrincantes, similar al Menem de 1994 y al Kirchner de 2007. Salvo que se produjese un imponderable en contra suya de una dimensión inusitada, está blindado.
Hace veinticuatro meses que Javier Milei entró a la Casa Rosada, el 10 de diciembre de 2023. Un análisis retrospectivo indica a las claras que ha sido más lo que ha ganado que lo que ha perdido. Pero en términos políticos no es tan importante hacer un balance de lo actuado como poner la lente del análisis sobre lo que se recorta en el horizonte.
El año a punto de iniciarse estará marcado a fuego por las reformas de carácter estructural que el presidente fijó como prioritarias desde antes de vencer a Sergio Massa. Él sabe que pasará a la historia si es capaz de culminar de manera exitosa el proceso revolucionario que encabeza. Cuanto lo diferencia de cualquiera de sus predecesores en el manejo de la cosa pública es la convicción puesta de manifiesto en punto a la necesidad de meter el bisturí hasta el hueso. Por lo tanto, los retoques y afeites hechos al gasto público no bastan.
Hay que barajar y dar de nuevo en materia laboral, impositiva y previsional, al menos. Y para empezar esa tarea ciclópea —no para lograr todos sus objetivos, lo que puede llevar décadas— sólo tiene un año, 2026. El próximo, en cambio, estará consagrado a la reelección.
El apuro en convocar a sesiones extraordinarias y desde el vamos plantear el tema laboral transparenta el timing presidencial y la decisión de dar pelea con ventajas indiscutibles a su favor. La primera batalla decisiva será contra el poder sindical peronista que —a pesar de haber perdido parte de su poder— no se dará por vencido. Si las comparaciones se extendieran a derechas cabría sostener que la ultraactividad, la cuota solidaria y los convenios por rama de actividad son a los gremios lo que las tasas municipales son a los intendentes y los ingresos brutos a los gobernadores. Sin esas canonjías ni los Gordos de la CGT, ni los jefes comunales ni los mandatarios provinciales podrían prolongar su dominio omnímodo sobre sus respectivos territorios.
Si Kiciloff sigue teniendo luz verde para salir en busca de U$ 3.500MM en los mercados de deuda, si Achával —intendente de Pilar— está en condiciones de cargar con tasas abusivas a las empresas de su municipio —a semejanza de sus pares de Lomas de Zamora, Lanús, Luján, Quilmes, Hurlingham, Moreno, Bahía Blanca y tantas más— y los capangas gremiales siguen manejando a su antojo los convenios colectivos y las obras sociales, la productividad argentina seguirá estancada.
La disputa electoral ha terminado. En breve, dará comienzo una pulseada contra los intereses medulares del corporativismo criollo.
Hasta la próxima semana.


No deja de resultar curiosa la forma en que los enemigos y adversarios del gobierno han modificado —como producto del resultado que tuvo la contienda electoral sustanciada a fines de octubre— el ángulo desde el cual apuntar en contra de los libertarios. 