Miércoles, 07 Enero 2026 18:05

El decisionismo de un sheriff – Por Vicente Massot

Los poderes hegemónicos actúan, de ordinario, como les da la gana, privilegiando siempre sus intereses nacionales o imperiales por sobre cualquier otra consideración a la hora de actuar en el concierto internacional.

En este orden de cosas, no ha existido ni existirá diferencia alguna entre las naciones democráticas y las autocráticas.

Que unas declamen defender los derechos humanos y justifiquen su derrotero con base en los presupuestos del derecho internacional público mientras las otras obren diciéndose custodios del proletariado universal, de los mandatos de Alá o la raza elegida, no hacen mayor diferencia. En el fondo, sólo adoptan distintas máscaras para justificar su acción.

Por razones que de momento no están del todo claras, Estados Unidos creyó conveniente avanzar a expensas de Nicolás Maduro. Lo hizo de manera discrecional, sin consultar previamente —como hubieran deseado los ‘bienpensantes’— a ningún organismo multilateral (cuya utilidad en situaciones de carácter extraordinario resulta en extremo dudosa).

Tampoco iba a perder el tiempo Donald Trump pidiéndole permiso a la oposición demócrata acerca de si correspondía o no tomar el toro por las astas, ni buscando consensos con la Unión Europea o en la OEA.

Sólo los países débiles, sin predicamento ninguno a escala planetaria, deben atenerse a las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas o a los fallos de la Corte Internacional de Justicia de La Haya.

Los poderes hegemónicos —en cambio— obran por su cuenta y riesgo; y si acaso se creen en la necesidad de dar alguna explicación, lo hacen con posterioridad al acto que han gestado. Primero el presidente de los EEUU capturó al presidente —al menos, de facto— de otro país, asumió el control indirecto de sus decisiones soberanas, anunció que explotará sus recursos naturales petroleros para compensar expropiaciones pasadas y utilizó la fuerza,sin buscar autorización del Congreso ni de las Naciones Unidas.

A esta altura de los acontecimientos que se han sucedido en la tierra de Bolívar desde el pasado viernes a la noche, lo que se aprecia es una estrategia que apunta a privilegiar el mantenimiento del orden en la transición que ha comenzado —aun cuando ésta sea lenta y hasta discutible para muchos opositores del chavismo. La restauración de la democracia ha quedado relegada a un segundo lugar. No será inmediata en atención a los riesgos que Trump ha querido evitar.

Imaginar que sin una considerable fuerza militar de ocupación y un baño de sangre más o menos acusado se hubiera podido, de un día para otro, eliminar a los seguidores de Hugo Chávez y colocar en el Palacio de Miraflores a Edmundo González Urrutia o a Corina Machado, es no entender la situación de esa nación caribeña y la perspectiva norteamericana.

Esto significa que sin lugar a duda hubo una negociación previa con lo más granado de la dirigencia chavista —léase DelcyRodriguez, DiosdadoCabello y Vladimiro PadrinoLópez— a los efectos de acotar el grado de violencia que arrastraría la operación para tomar prisionero a Nicolás Maduro.

Es evidente que alguno de los arriba nombrados o los tres en su conjunto le brindaron información a la Casa Blanca respecto de su paradero, y se pusieron de acuerdo para no utilizar las armas a su disposición.

De lo contrario, resultaría inexplicable que tamaña flota de helicópteros y aviones de combate pudieran burlar el espacio aéreo venezolano cuyo sistema de seguridad se basa en radares chinos y lanzadores misilísticos rusos S-300. Es probable que hayan sido neutralizados por los equipos electrónicos estadounidenses, pero de cualquier manera resulta extraño que no hayan tenido una sola baja el grupo Delta ni los Navy Seals.

El régimen se quebró desde adentro por obra y gracia de una traición. La felonía del triunvirato seguramente será recompensada con un exilio dorado cuando deba dar un paso al costado. Mientras tanto, será el representante de la superpotencia hegemónica en su propio suelo.

Los Estados Unidos requieren los servicios de Rodríguez, Cabello y Padrino López a condición de que sean los garantes de la paz en las calles y sigan al pie de la letra las instrucciones que se les hará llegar. Cuando Trump afirma que gobernará Venezuela no peca de verborrágico o de omnipotente. Sabe lo que dice. Sus procónsules —por raro que parezca— ya están instalados en los lugares que hacen falta.

Los tiempos que llevará la transición nadie está en condiciones de fijarlos en virtud de que —más allá del plan norteamericano, que no conocemos— las cosas pueden tomar rumbos inesperados. El principal inconveniente con el cual puede tropezar es una reacción en las calles de de la ciudadanía, que desafiase abiertamente a un gobierno enclenque.

Una cosa era reaccionar de manera violenta y sin miramientos cuando el poder estaba en manos del chavismo, y otra bien distinta es que —frente al clamor de cientos de miles de personas— las fuerzas represivas del triunvirato gobernante se animen a perpetrar una matanza indiscriminada.

A la luz de la cooperación que Delcy Rodríguez está dispuesta a desenvolver, ello parece imposible. Salvo —claro— que los incondicionales de Maduro que puedan haber quedado sueltos conserven un poder de fuego que les permitiese torpedear el acuerdo.

El segundo inconveniente que no es de descartar, se relaciona con una posible disputa entre los tres procónsules a medida que quede al descubierto su traición y hagan las veces del jamón del sandwich entre sus mandantes del norte y el reclamo de la gente para que paguen por sus crímenes y le abran la puerta a la democracia.

El hombre más poderoso del mundo no mandó a sus cuerpos de élite y sus helicópteros de última generación con el solo propósito de encarcelar a Maduro, vanagloriarse de haber acabado con el tirano, y mantener a sus gerifaltes en el gobierno de Caracas.

Si movió hostilidades contra ellos lo hizo para reintroducir la democracia en ese país en algún momento y para asegurarse un lugar de privilegio —por no decir excluyente— a la hora de definir su futura política energética.

Pagaría un precio descomunal en los comicios de medio término, que se substanciarán en el mes de noviembre, si el chavismo residual se mantuviese en el Palacio de Miraflores como si nada hubiese pasado.

La enseñanza que deja el episodio de marras no hace más que ratificar la primacía del realismo sobre las buenas intenciones. En el estado de naturaleza de raíz hobbesiana, lo fáctico prima siempre sobre la normativo.

Hasta la próxima semana.

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