Jueves, 08 Enero 2026 00:15

¿Para qué sirve un diputado? - Por Fernando Iglesias

Hacer leyes es lo de menos. Un balance de tres mandatos en el Congreso contra el sentido común de la antipolítica.

Distancia creciente entre dirigentes y votantes. Deserción electoral y voto en blanco. Disminución de la calidad legislativa. El tópico de la falta de representatividad política y parlamentaria acumula ya más intervenciones que los amores entre Wanda e Icardi, y con similar utilidad interpretativa.

Me ha tocado terminar el tercero de mis mandatos como diputado y he sacado algunas conclusiones a contramano de los sentidos comunes imperantes. Algo creo haber aprendido, y quisiera compartirlo con ustedes, amigos. Lo hago porque creo que una de las razones más poderosas del repudio generalizado a los diputados es la casi completa ignorancia de lo que hacen y de para qué sirven, si es que sirven.

No es mi intención defender corporativamente un grupo al que ya no pertenezco, ni evitar las críticas, sino ayudar a focalizarlas mejor: no en el cumplimiento de parámetros arbitrarios y tareas imposibles, sino en lo que se puede hacer y no se hace por incapacidad o por desidia.

En primer lugar: es un grave error pensar que la principal función de un diputado sea la de hacer leyes. Esta visión, ampliamente predominante en el torbellino que hoy suena en la radio, ignora la realidad y las necesidades del país, pero lo vemos reproducido impunemente a cada rato por la patria panelista especializada en tomar las sesiones anuales de la Cámara como índice de dedicación y eficiencia.

Como si el problema del país fuera la escasez de leyes y como si Messi sólo trabajara los días de partido. Esta visión cuantitativa del Congreso como una fábrica de salchichas termina en una ciudadanía que cree que los diputados deberíamos cumplir horarios de 9 a 17, encerrados en cubículos y dedicados a inventar normas salidas de nuestras cabezas, sin levantarnos para ir al baño ni la ayuda de asesores. Agarrá la pala, Iglesias.

Una imbecilidad. Lo digo como uno de los diputados con asistencia perfecta a sesiones y mayor presencia en comisiones y en su despacho; todo verificable, porque hay archivos. También existe Internet, donde cualquier legislador provisto de una herramienta de inteligencia artificial puede presentar varios proyectos de ley por día, proclamarse campeón de la productividad, ganar el Martín Fierro al legislador del año o, al menos, calmar a las fieras.

Basta descargar leyes –digamos– finlandesas, subirlas a ChatGPT, traducirlas al español y presentarlas como propias. Total, ninguno de los refinados hipercríticos productivistas del Congreso va a leerlas, ya que una cosa es reclamar desde el micrófono que los diputados agarren la pala y otra cosa es agarrar la pala y tomarse el trabajo de leer sus proyectos.

Si la Argentina padece algún problema legislativo, no es la falta de leyes sino su abundancia y mala calidad.

Además, si cada diputado presentara un proyecto de ley por semana, como algunos pretenden, se producirían más de 10.000 proyectos de ley por año: una cifra imposible de manejar en las comisiones; entre otras cosas, porque los diputados no podrían asistir a ellas por estar enfrascados en la redacción de proyectos.

Pero la idiotez es aún más completa: la visión del Congreso como fábrica responde a una visión industrialista de la vida y a una necesidad inexistente: si la Argentina padece algún problema legislativo, no es la falta de leyes sino su abundancia y mala calidad. Leyes, sobran; y añadir otras sin ton ni son podrá aliviar por un rato las frustraciones de gente obligada a trabajar de 9 a 17 con una pala, pero no va a ayudarlos a salir de la pobreza ni a superar la frustración consiguiente.

Un horario de ocho horas por día, dicen otros. Lo que no me dijeron es dónde había que firmar. De manera que, durante años, mi vida ha transcurrido entre dos modestos infiernos: el de los guapos de X que me pedían que trabajara y el de mi esposa, que me preguntaba cuándo iba a dejar de trabajar.

«Productividad mínima: en 2025, el Congreso sancionó el menor número de leyes de la última década», titula cierta tribuna de doctrina. Pero la motosierra es también disminuir la cantidad de leyes y mejorar su calidad, en lugar de aumentarlas.

Transformar las salchichas en bifes de lomo; no hacer más salchichas. Sturzenegger básico. Ayudaría, también, un breve repaso de las últimas décadas legislativas argentinas, en las que los gobernantes elegidos al Poder Ejecutivo por los ciudadanos han sido los responsables, por lejos, de las principales iniciativas legislativas. Muchachis: el principal generador de leyes en Argentina es el Gobierno, no el Congreso, carente casi siempre de poder legislativo; ya sea porque los ejecutivos son demasiados fuertes durante los ciclos peronistas, y prefieren transformarlo en una escribanía; ya sea porque los ejecutivos son demasiado débiles durante los ciclos no peronistas, y el único recurso para poder gobernar es hacerlo por decreto y confiar en el escudo del tercio legislativo.

Podrá gustarnos o no, pero es lo que sucede. Y no sucede por casualidad sino porque la mayoría del gran pueblo argentino, salud, desprecia a los legisladores y cree solamente en la iniciativa presidencial.

De manera que la crítica al Congreso termina siendo un perro que se muerde la cola: más presidencialismo, menos Congreso, más críticas al Congreso por su inutilidad, más presidencialismo.

La idea de que la principal actividad de un diputado sea la de redactar y hacer sancionar leyes se refuta también por el absurdo: si así fuera, habría que suprimir a los representantes de la oposición, a quienes resulta habitualmente imposible aprobar leyes.

Lo digo como diputado que, entre resoluciones, declaraciones y pedidos de informes, presentó más de 1.000 proyectos. «Récord para un diputado opositor sin estructura», opina Grok.

Entre ellos, 112 proyectos de ley (muchos, de actualidad, como la reforma y democratización de las entidades sindicales y deportivas, la reglamentación de la prisión domiciliaria, el voto de los argentinos en el exterior, la creación de la CONADEC (Comisión de Investigación de los Delitos Cometidos por el Estado Durante la Cuarentena), la digitalización de las actividades de los partidos políticos y la radicación de universidades extranjeras).

Y sin embargo, después de 12 años en la trinchera, no logré aprobar un solo proyecto de ley. ¿Habrá sido por mi incapacidad rosquero-legislativa, que reconozco, o será porque solamente formé parte de un bloque gubernamental durante dos de esos 12 años y fueron los dos finales de Macri, cuando la corrida cambiaria dejó a Cambiemos sin ninguna capacidad legislativa? Misterio.

Representar es comunicar

De manera que no: un diputado no sirve –al menos, no necesariamente ni principalmente– para hacer leyes. ¿Para qué sirve, entonces?

«Para ayudar a aprobar acuerdos internacionales con fuerza de proyecto de ley» podría argumentar yo para responder a mis críticos productivistas, ya que como presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores batí el récord de tratados aprobados en un solo año: de las 44 leyes sancionadas en 2024, más del 70% fueron acuerdos internacionales aprobados unánimemente por mi comisión; el 99%, con el acompañamiento de todos los bloques, incluido el peronismo: tratados de extradición, contra la doble imposición fiscal, de favorecimiento comercial, aeronavegación, lucha contra el crimen organizado, etcétera.

Nada revolucionario, pero sí normas internacionales imprescindibles para muchos sectores y necesarias para seguir integrando nuestro país al mundo; uno de nuestros grandes déficits, si no el mayor.

Muy bien, Iglesias. Entonces: ¿para qué sirve un diputado? Para tres cosas: para representar –es decir: para hablar–, para controlar al Poder Ejecutivo y, fundamentalmente, para votar. Veamos.

El Congreso Nacional no es solamente el lugar de la actividad legislativa sino también el de la actividad parlamentaria, en la que –como indica el verbo italiano parlare– lo más importante es hablar. Y cuando digo hablar no me refiero solamente al recinto sino también a los medios de comunicación y las redes sociales, lugares fundamentales de expresión de las posiciones políticas y de la representatividad.

Gobernar es explicar. Legislar es comunicar.

Por eso son tan ridículas las invitaciones recibidas durante todos estos años a que dejara de tuitear e ir a programas de televisión y me dedicara a trabajar.

La comunicación es la parte fundamental del trabajo de un diputado, y de las más pesadas. Por el esfuerzo de tener que estar enterado de todo, todo el tiempo (¿Cómo es que el diputado no sabe el precio del boleto Constitución-Villa Ortúzar?); por terminar de trabajar a medianoche y –sobre todo– por las repercusiones tremendamente negativas en la vida familiar y personal.

Si me siguen invitando a programas de TV, si tengo casi un millón de seguidores en mis redes sociales, si “Es el peronismo, estúpido” fue un best seller que marcó un cambio de época sobre lo que se podía y no se podía decir del peronismo y cómo hacerlo, y si la gente me para por las calles para agradecerme o para criticarme es porque he ejercido bien esa parte de mi trabajo: la representatividad.

En efecto, si tuviera que adjudicarme un mérito en estos años, elegiría el de haber sido una voz firme frente al discurso único K y la hegemonía política que pretendió imponer el peronismo.

Es más, creo que es lo que más me reconocen miles de ciudadanos que acaso no coincidían en todas mis opiniones pero valoraban la actitud de decirles lo que pensaba en la cara a los muchachos del movimiento.

Pero no es algo personal. Hoy nadie se acuerda de las iniciativas legislativas –generalmente pésimas– de la diputada Carrió; seis períodos legislativos en total.

Pero nadie puede negarle, sin pecar de mala fe, el rol fundamental que tuvo su palabra durante las últimas décadas, decisiva a la hora de poner en agenda la denuncia de la corrupción, la importancia de las instituciones republicanas y el peligro de la entrada del narco en la escena nacional.

Gobernar es explicar. Legislar es comunicar. Por eso son tan ridículas las invitaciones recibidas durante todos estos años a que dejara de tuitear e ir a programas de televisión y me dedicara a trabajar.

Participé de estos esfuerzos como diputado independiente en la Coalición Cívica en mi primer mandato, de 2007 a 2011, y me enorgullezco.

De hecho, si me preguntan qué hice de importante en estos años, no puedo dejar de mencionar el haber acompañado las primeras denuncias de Carrió, comenzando por la de 2008, que señaló por primera vez al kirchnerismo y sus secuaces (De Vido, Jaime, Báez, José López) como una asociación ilícita.

Fue esa denuncia que abrió el camino a todas las demás, como la de Vialidad, que terminó con Cristina en prisión.

Me dirán panqueque, pero yo estoy orgulloso de haber elegido siempre el lugar correcto: como miembro de un pequeño bloque de 10 diputados que con sus denuncias puso en jaque al todopoderoso kirchnerismo (2007-2011); como defensor del gobierno de Cambiemos durante los dos años más difíciles (2017-2019); como fuerte opositor a la horrible gestión de Alberto (2019-2023) y hasta el final de mi mandato, que concluyo en el PRO, votando junto con mi bloque en apoyo a un Gobierno que representa el cambio y es nuestra última esperanza (2023-2025).

«¿Para qué sirve un diputado?» es una pregunta que se responde con otra: ¿podría Carrió haber instalado la agenda republicana anticorrupción sin ser diputada? Yo creo que no. Y aunque lo hubiera hecho, no habría tenido el mismo valor.

La patria panelista suele defender sus muchos años de decir «son todos lo mismo» y mirar para otro lado usando a Lanata; figura importante pero que apareció en escena con sus denuncias frontales bastante después de que el camino fuera abierto por el bloque de diputados de Carrió.

Pero si algo sirve para demostrar la importancia de la enunciación de un discurso desde la Cámara de Diputados en términos de construcción de una representación, está el ejemplo insuperable de Milei, quien a pesar de sus críticas a la casta legislativa tuvo que pasar dos años por la Cámara en su periplo de opinador televisivo a presidente de la Nación. Caso único en el mundo: un bloque de dos diputados que en dos años terminaron de presidente y vicepresidente de una nación. ¿Para qué sirve la Cámara de Diputados?

Ahí tenés

Pero la utilidad discursiva de un diputado excede ampliamente la instalación de una nueva agenda. En algunos casos, sirve para sostener la esperanza en momentos de extrema dificultad. Siempre me gustó pensar a aquel bloque de la Coalición Cívica que integré como los partisanos que sostuvieron la moral democrática de Italia durante el fascismo, y al PRO como al ejército estadounidense que después desembarcó y acabó con Mussolini y su República de Saló.

Cosas que suelen suceder de manera misteriosa: Carrió sacó el 24% de los votos en las presidenciales de 2007 y el 1,8% en 2011, en uno de los downgrades electorales más notables de la historia. Y sin embargo, un año después, 2012, los argentinos salimos a las calles defendiendo la que había sido la agenda legislativa de aquel bloque de diputados.

Fue así que se derrotó el intento K de «democratizar la justicia» y de consagrar definitivamente una ley de medios que habrían acabado con la República.

Lo que nos lleva al otro punto fundamental de la acción legislativa en un país presidencialista como Argentina: el control parlamentario del Poder Ejecutivo, un aspecto de la respuesta a la pregunta «¿para qué sirve un diputado?» que a esta altura de la nota no es necesario desarrollar.

Siempre fui uno de los que dio la famosa batalla cultural a pesar de que odio esa forma militarista de denominar al debate público que impuso el partido del General.

Y, digan lo que digan, muchas veces lo hice desde el punto de vista afirmativo. Cuando Macri me propuso volver a ser diputado lo hizo, según me explicó, porque sin formar parte del Gobierno era el que mejor lo defendía en los medios.

Dicho y hecho. Apenas llegado a la Cámara sufrimos el ataque de las 14 toneladas de piedras, y unos meses después, la corrida cambiaria que acabó con el ciclo ascendente y las posibilidades de reelección de Cambiemos.

Era difícil defender a un gobierno cuyo presidente había puesto como parámetro de su performance el descenso de la pobreza y que –más allá de buenas intenciones, herencias recibidas y acción destituyente del peronismo– terminaba el mandato con inflación y pobreza crecientes.

Las PASO 2019 fueron un ulterior mazazo en la cabeza. No éramos muchos los que poníamos la cara, todas las noches, para defender aquella gestión. Yo estuve como el soldado Ryan, en primera línea, aunque sin patrulla de rescate. Lo hice, y lo volvería a hacer, por convicción.

Porque creo que el peronismo es el principal mal que aqueja a la Argentina y que todos los intentos de la sociedad nacional por escapar al yugo peronista deben ser reivindicados.

Cada vez que en la Cámara se justificaba el golpe de 2001 contra De la Rúa en nombre de una supuesta protesta social fui yo, y no el bloque radical, el que lo defendió; no por sus escasos logros, sino por su intención.

Lo mismo hice con Macri; y lo mismo con Milei.

No sólo, sino junto a mi bloque y cumpliendo con la voluntad expresa del presidente del PRO, quien al anunciar el reciente acuerdo electoral con La Libertad Avanza declaró: «El PRO cerró un acuerdo para acompañar el cambio que está en marcha en todo el país. Creemos que esta decisión refleja un reclamo de muchos: unir fuerzas, priorizar en lo que estamos de acuerdo y seguir el rumbo que eligió la sociedad».

El peso del voto

¿Para qué sirve un diputado?

Last but not least. Cartel francés. Lo más importante que hace un diputado es votar. Se dice por ahí que los parlamentos tuvieron origen cuando nos dimos cuenta de que contar votos era más inteligente que contar soldados.

Y los argentinos hemos tenido demostraciones recientes de la importancia del número de los diputados y de sus votos alrededor del famoso escudo legislativo de dos tercios (los «87 héroes» de Milei), esencial para impedir el juicio político y garantizar la gobernabilidad de un presidente elegido por el 56% de los votantes y al cual la retorcida Constitución argentina de 1994, tan aclamada, lo dejó con 9% de los senadores y 15% de los diputados.

Al respecto, sin ninguna pretensión de heroísmo, estoy orgulloso de lo que he votado siempre.

En contra de la 125; de la confiscación estatal de los fondos de los jubilados privados; contra la ley de medios y la «democratización» de la Justicia K; y contra la autorización de tratamientos irreversibles de cambio de sexo en menores; las moratorias jubilatorias; el impuesto PAIS y la tasación de las grandes fortunas en nombre de un «aporte solidario» que expulsó a los mayores contribuyentes, entre otras.

Y estuve a favor de la despenalización del aborto y el matrimonio igualitario, de la modificación de la fórmula de movilidad jubilatoria de diciembre de 2017; de la responsabilidad penal de las empresas; de la Boleta Única de Papel; del Registro de Datos Genéticos de los delincuentes; de la Ley Bases y de los DNU y los vetos presidenciales que sostuvieron el plan económico en sus peores momentos de dificultad.

¿Arrepentimientos? Varios. No siempre se vota lo que se quiere sino lo que se puede. Yo habría votado contra la autorización al Gobierno de Alberto F. de renegociar la deuda; pero todo mi bloque estaba –por responsabilidad institucional, sostenían– a favor. Mi voto en contra no hubiera cambiado nada, de manera que –por única vez– decidí ausentarme del recinto durante la sesión.

Algo parecido me pasó con la ley de alquileres de Lipovetzky, que era horrible. Hice mi discurso explicando las razones por las que iba a llevar –como llevó– a un empeoramiento del mercado inmobiliario y un encarecimiento de los alquileres, pero después me abstuve.

¿Por qué? Porque la unidad de un bloque legislativo es importante para sostener posiciones efectivas, necesarias para aprobar una ley o defender una gestión. Y existe una tensión entre esa exigencia común y el propio y libre pensamiento que no es fácil resolver.

Votar en contra de los propios principios, nunca. Tratar de no romper la unidad de un bloque es otra cuestión. Y distinguir entre ambas situaciones no es fácil. Tampoco sé lo que haría en estos casos hoy.

Se dice por ahí que los parlamentos tuvieron origen cuando nos dimos cuenta de que contar votos era más inteligente que contar soldados.

Lo que sí sé es que mi mayor remordimiento es no haber logrado constituir un bloque verdaderamente opositor durante los dos primeros años del gobierno de Alberto Fernández.

A pesar de sus errores y fracasos, Macri había logrado concluir su mandato después de cinco gobiernos civiles no peronistas derrocados, y se había ido en 2019 con más votos que los de 2015: el 41%.

Era una excelente base para reafirmar al PRO como la principal oposición al sistema corporativo peronista.

Pero en 2020/21, durante la cuarentena eterna y sus incontables arbitrariedades y abusos, nuestra representación política quedó en manos del gobierno de la Ciudad (es decir, de Larreta, que decidió formar parte del Trío Pandemia) mientras que en diputados nunca logramos hacer pie como verdaderos opositores a Massa y su Massapalooza.

Mientras la sociedad argentina se quedaba sin trabajo, cerraba sus empresas y sufría un encierro crecientemente abusivo; mientras sucedían el vacunatorio VIP y las festicholas de Olivos; y mientras las cajeras de los supermercados y los equipos sanitarios ponían el cuerpo en primera fila, los diputados nos refugiábamos en nuestras casas y asistíamos a sesiones vergonzosas en las cuales uno de nosotros se dedicó a succionar los pechos de una señorita.

Pararse de manos contra semejante ignominia y denunciar a Massa como cómplice de Cristina era una obligación ética y una jugada de manual; pero no se hizo.

La única válvula de escape fueron los banderazos, y no es casualidad que de ellos hayan surgido los dirigentes opositores al peronismo que encabezaron la siguiente elección: Patricia Bullrich y Javier Milei.

Fue entonces que, con razón o sin ella, gran parte de nuestra sociedad dejó de ver al PRO como un agente con capacidad para sostener el cambio, con consecuencias que no hace falta enumerar.

¿Otros remordimientos? Casi ninguno. Probablemente, la pérdida acaso definitiva de una vida anónima, normal. Lugares a los que no se puede ir. Lugares a los que se puede ir pero hay que estar atentos a que aparezca algún idiota que me odia por atreverme a criticar al sagrado General.

Amenazas de muerte para mí y mi familia terminadas en breves custodias policiales. Tres juicios penales que –después de 65 años de invicto– me regaló Cristina a través de sus emisarios Florencia Peña, Tailhade, Úrsula Vargues y Dalbón.

Nada grave, felizmente, aunque los costos y los riesgos no fueron pocos. Dios dirá. Pero la primera responsabilidad de un ser humano es la de no permitir que se lo convierta en víctima, dice un tal Tzvetan Todorov, que sabe más de todo esto que nosotros.

La Cámara es un espejo

Cierro por donde empecé: la cuestión de la representación. Conozco bien a la sociedad argentina –por lo menos: a la porteña y la del conurbano– desde muy diferentes puntos de vista: el de profesor de educación física, de voleibol, de tango, de idiomas, de globalización, de integración regional, y el de jugador de vóley, bailarín con 20 años de milonga, camionero por los andurriales de Valentín Alsina y Lanús, etcétera.

Puedo equivocarme, pero mi impresión es que la Cámara de Representantes –como se la llama en Estados Unidos– es perfectamente representativa de nuestra sociedad, con sus virtudes, sus defectos, sus vaivenes ideológicos, sus heroísmos y sus miserias.

Ya sé que no es popular decirlo. Ya sé que suma votos hablar de casta y dar por supuesto que la sociedad argentina es superior a sus dirigentes políticos, pero no. Paso. Si así fuera, las demás dirigencias argentinas serían superiores a la dirigencia política. ¿La sindical? No. ¿La deportiva? Bien, gracias. No se ofendan, pero no parece ser el caso.

Hilando más fino, diría que los dirigentes políticos no peronistas son bastante parecidos al conjunto de la sociedad argentina y que el peronismo sólo representa lo peor de ella.

Nuestro cinismo. Nuestro fanatismo. Nuestra psicopatía y nuestra dependencia del psicópata. Nuestro desprecio por la ley y nuestra corrupción. Nuestra debacle.

No he visto en la Cámara de Diputados comportamientos diferentes a los que vi en las subcomisiones de los clubes de voleibol ni en los frigoríficos y carnicerías de Avellaneda. Tampoco puedo hablar de todos los diputados ni conozco la realidad de otros bloques.

Pero en los que estuve, los de la Coalición Cívica (2007-2011) y el PRO (2017-2025), la absoluta mayoría de sus integrantes eran personas honestas, preparadas y trabajadoras. Es decir, todo lo contrario al arquetipo impuesto desde el panelismo que hoy predomina.

Agrego: una sociedad en la que están vigentes los mecanismos democráticos y que habla pestes de su clase política habla mal de sí misma. Los diputados argentinos se diferencian de los uruguayos y los finlandeses precisamente por eso, por ser argentinos; es decir: por haber salido de la sociedad argentina y haber sido elegidos o descartados por ella.

Otro lugar común que quisiera ayudar a desmentir es la idea de que los seis mandatos de Carrió (o los tres míos, por caso) constituyen un abuso y deben ser evitados. Tampoco. No hay razones para hacerlo. A diferencia de un presidente, de un gobernador, un intendente o cualquier otro cargo ejecutivo, un legislador no dispone de mecanismos para asegurar su reelección.

Simple demostración: de los 127 diputados que terminaron su mandato en 2025, sólo 21 lograron la reelección: el 16,5%; y de los 24 senadores, sólo cuatro: el 16,7%.

Uno de cada seis, más o menos. Casta parlamentaria, cero. Vista de cerca y evitando las opiniones de verdulería, la Cámara no padece de estancamiento sino de una excesiva renovación que impide que sus miembros adquieran la experiencia necesaria en un oficio complejo.

Una sociedad en la que están vigentes los mecanismos democráticos y que habla pestes de su clase política habla mal de sí misma.

Les gusten o no les gusten mis ideas, soy un diputado mucho más eficiente que el que entró en la Cámara hace tres períodos legislativos.

El mal que sufre la Cámara es el opuesto al que denuncia la sociedad del pensamiento panelístico: no la adicción de los diputados a sus bancas sino su escaso apego a las mismas y a la tarea legislativa; vista por muchos como un simple trampolín a cargos ejecutivos.

Es comprensible que desde los puestos de trabajo degradados y los salarios miserables que se pagan en la Argentina postkirchnerista sea esta una realidad difícil de entender, pero la verdad es que ganar unos 3.000 dólares por la responsabilidad de formar parte de la élite de –digamos– 1.000 personas a cargo de tomar las principales decisiones de un país no es gran negocio.

La simple verdad es que la mayoría de los diputados del último bloque al que pertenecí, el del PRO, ganaban más y ganarían lo mismo o más si ejercieran sus oficios privados, y que –lejos de ayudar– la crítica populista no hace más que amedrentar y expulsar a los honestos y bien intencionados, y promover a los corruptos e incapaces. No digo que nadie se merezca un monumento, pero tengan un poco de consideración, amigos.

«El Senado es el spa; la Cámara, el balneario municipal».

La frase circula por los pasillos del anexo de Diputados, uno de los mayores bodrios arquitectónicos del mundo, que confirman el diagnóstico. Ni despachos razonables, ni autos personales, ni decenas de asesores, ni jubilaciones de privilegio, ni teléfonos pagos con la nuestra. Y dietas por debajo de las dietas de al menos dos tercios de las cámaras provinciales. Pero esta es otra historia.

«Agarrá la pala» se contesta fácil: si creés que agarrando la pala se genera riqueza, agarrá la pala vos, y hacete rico.

En la sociedad del conocimiento y la información no se genera valor agarrando la pala sino tomando decisiones correctas; de las que dependen cada vez más todas las organizaciones.

Parecen haberlo entendido muy bien las empresas, que les pagan cada vez más a sus tomadores de decisiones respecto de lo que les pagan a los encargados de agarrar la pala.

Pero proponerlo para el ámbito político te expone a las críticas, inclusive las de quienes proponen que las estrategias empresariales sean aplicadas sin más al gobierno de la República. Y con esto me despido, acaso para siempre, de mi yo legislativo. Quién sabe.

Quise ser senador y pusieron a Lousteau. Paciencia. Me voy con el consuelo de que el país está peor que cuando asumí mi primer mandato pero mucho mejor orientado.

Yo lo puse todo, y creo que les consta. Ha sido un gusto y un honor. Se hace lo que se puede y lo que no se deja a las próximas generaciones. Esto recién empieza.

Fuente: https://seul.ar/para-que-sirve-un-diputado/?fbclid=IwY2xjawPMF5ZleHRuA2FlbQIxMQBzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEeu3mTkYAR-z7LCNqkCVeLUdL8GfSbzjr2Dmd9jw25FkxIfUUbmb5_KkCQISU_aem_geCgKrtCdZfw20B30y1Z3g  

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