Aducen que el país que ayudó a forjar un mundo con arreglo a los principios del derecho internacional público y a la Carta de las Naciones Unidas, ahora no ha hecho más que demolerlo. Y temen que el intervencionismo del presidente más poderoso del planeta —reflejado en sus amenazas públicas respecto de Groenlandia, Irán, Cuba y Colombia— genere condiciones de inestabilidad en extremo peligrosas.
Se entenderían las críticas si el líder republicano hubiese roto una larga tradición de apego a las instituciones propias del multilateralismo y de respeto irrestricto a la moral aplicada a los asuntos de la política. En realidad, Trump —con toda la ampulosidad, insolencia, intolerancia y omnipotencia que lo caracterizan— no ha innovado demasiado en la materia.
En rigor, cuanto lo diferencia de sus predecesores y de sus pares en la actualidad es su incorrección política al momento de definir a sus enemigos, amenazarlos y ponerlos contra las cuerdas.
Que Javier Milei haya decidido desde el comienzo de su gestión presidencial optar —en punto al desenvolvimiento de la política exterior argentina— por el alineamiento automático con Washington no es algo que pudiera considerarse a priori ni bueno ni malo. Dependería y dependerá de qué beneficios o perjuicios le cause a nuestro país semejante decisión.
El libertario hizo una apuesta riesgosa antes de que se substanciaran en Norteamérica las elecciones presiden ciales, cuando nadie se animaba a arriesgar quién triunfaría en la pulseada, si Kamala Harris o Donald Trump (quien venía de superar una investigación judicial que incluyó un allanamiento en su casa de Mar-a-Lago). Públicamente cerró filas junto a los republicanos y a su candidato, sin prestarle atención ninguna a las voces que le aconsejaban andarse con pies de plomo sobre el particular.
El hecho de que acertara no fue tan importante como la recompensa —si cabe llamarla así— que recibió del gobierno estadounidense en el preciso instante en que la administración mileista parecía haber perdido la pulseada contra el mercado y encaminarse a una crisis financiera de órdago.
Fue Trump quien le ordenó a su secretario del Tesoro, Scott Bessent, la puesta a punto de una ayuda de carácter extraordinario que le permitió a los libertarios sortear el abismo. Antes también había hecho valer el excluyente poder que arrastra EEUU en el directorio del Fondo Monetario para darle aire al programa económico criollo.
En tren, pues, de hacer una suerte de resumen y compendio de los pros y contras que arroja la relación bilateral, la conclusión no se hace esperar: hasta hoy, para nosotros, los provechos claramente se imponen a las desventajas. Lo cual no significa que el balance no pueda más adelante sufrir modificaciones.
Sobre todo en razón de que en el próximo mes de noviembre se llevarán a cabo los comicios de medio término y el panorama —según las encuestas que se conocen— no luce favorable para el oficialismo.
Si acaso fuese derrotado dentro de diez meses, difícilmente Trump podrá manejarse con el grado de discrecionalidad que ha demostrado hasta aquí. No está de más recordar qué tantos reproches le fueron enderezados de parte de sus rivales demócratas al ocupante de la Casa Blanca cuando le extendió diversas ayudas a su amigo de la Casa Rosada.
De igual forma que alzó su voz solitaria en medio de la campaña electoral del país del norte para quebrar una lanza en favor de Trump, en el caso venezolano el presidente argentino no dudó un segundo. Su respaldo a la acción de la Delta Force y los Navy Seals fue absoluto.
Mientras Macron, el papa León XIV, Sánchez y tantos otros dirigentes mundiales jugaron al empate, en el reportaje que le hizo el periodista de la CNN, Andrés Oppenheimer, Milei no pudo ser más explícito. Consultado acerca de una posible intervención internacional en Venezuela, fue categórico: “No lo llamaría invasión, lo llamaría liberación... Estoy dispuesto a colaborar y prestar el apoyo que me requieran”.
Es posible que el compromiso inquebrantable que lo une a su igual norteamericano
le permita a Javier Milei imponerse como el líder del grupo de países iberoamericanos, gobernados por partidos de derecha o afines, que el presidente argentino pretende crear. De momento, es un proyecto al cual le falta algo de maduración, pero da la impresión de que avanza sin obstáculos a la vista.
Un cálculo hecho a mano alzada indicaría que tanto en Perú como en Colombia ganarían en el curso de este año los candidatos de la derecha, mientras lo contrario podría pasar en Brasil.
La desventaja de la izquierda al sur del Río Grande no puede ser más acusada.
Mientras Javo da que hablar en el mundo entero, quiebra una lanza en favor de los Estados Unidos, recibe con alborozo el acuerdo largamente esperado —llevó casi 25 años— del Mercosur y la Unión Europea y volverá a ser una figura descollante en Davos el 19 de enero, sus principales desafíos siguen siendo domésticos.
En este orden de cosas y a medida que se acerca febrero, algunas de las primeras espadas del oficialismo —Santiago Caputo, Patricia Bullrich, Manuel Adorni, Diego Santilli y Martín Menem— se multiplican en su afán de cerrar tratos y asegurarse los votos de los gobernadores que serán decisivos cuando se discuta la reforma laboral en la cámara alta.
La administración libertaria puede en pocos días más darse el lujo de perder su primer batalla parlamentaria de 2026, cuando se trate el decreto presidencial que amplió las facultades de la ex–SIDE. Puede ocurrir que los representantes de la UCR y de Provincias Unidas en ambas cámaras abracen una postura contraria a la del oficialismo en ese punto.
Pero sería lamentable que naufragase el intento de convertir en ley el plan de Modernización Laboral. La puja entre el gobierno y los sindicatos peronistas, junto al grueso de las fuerzas kirchneristas, será a todo o nada. Nadie imagina que los contrincantes se den cuartel.
Hasta la próxima semana.


Los intelectuales, analistas y personalidades relevantes de todas las observancias ideológicas —con rarísimas excepciones— compiten a la hora de rasgarse las vestiduras y de clamar indignados contra las formas empleadas por Donald Trump para intervenir y tomar prisionero a Nicolás Maduro, liquidar a su guardia personal cubana y juzgarlo en una corte de justicia neoyorquina. 