Se trata menos de una alianza geopolítica que de una suerte de empatía, en donde los factores ideológicos e idiosincráticos de los dos presidentes juegan un papel trascendental.
Tener el respaldo explícito del país más poderoso del mundo —que probó ser incondicional en una instancia crítica— obra como un reaseguro que pocas —si acaso alguna— de las administraciones que antecedieron a esta, tuvieron.
Por otro lado, se encuentran las que cabría denominar, para diferenciarlas de la anterior, ventajas domesticas: el espaldarazo de casi la mitad del electorado que recibió Milei en las últimas elecciones; el notable crecimiento de su poder parlamentario transparentado en el número de diputados y de senadores que hoy responden a la Casa Rosada; y por fin, el proceso de licuación del peronismo, necesitado de hacer su travesía del desierto sin líderes, con más caciques que indios y sin nada sugestivo que plantearle a una sociedad cada vez más demandante de algo nuevo.
La relación de fuerzas en favor del oficialismo es de alguna manera similar a la que Carlos Menem, primero —durante los años ’90—, y los Kirchner, más tarde, aprovecharon para poner en ejecución políticas públicas muy diferentes entre sí pero, de todas formas, semejantes en punto a la discrecionalidad con la cual se manejaron. Las atribuciones de hecho que se ha tomado el actual presidente de los argentinos tienen más de un punto en común con las que en su momento hicieron suyas el riojano y el matrimonio patagónico.
Lo expresado no significa, ni mucho menos, que tenga sentido plantear un común denominador populista o autoritario entre los tres. Ciertas formas —es verdad— los hacen parecidos. El fondo de sus respectivos guiones pone en evidencia, en cambio, contrastes abismales.
Como quiera que sea, el terreno que pisa Milei —habiendo cumplido sus primeros veinticuatro meses en Balcarce 50— es sólido.
Hasta que se substancien las elecciones de medio término en los Estados Unidos no hay razón para pensar que pueda existir alguna diferencia de consideración entre los dos presidentes. Y aun en el caso de que Trump fuese derrotado nada hace suponer que vaya a darle la espalda a Milei. Los lazos de amistad forjados parecen estar a buen cubierto.
Si con Washington todos son confites, no otra cosa sucede de puertas para adentro del país. Los diputados y senadores que sumó La Libertad Avanza en los últimos comicios de octubre no van a cambiar de bando. Y en lo que hace al peronismo, la situación no puede resultar más propicia para los libertarios y más preocupante para los seguidores del general.
Si se pasa revista a la feroz disputa que separa a Cristina Fernández de Axel Kicillof se podrá tener una idea aproximada de cuanto se halla en juego, aunque para conocer el panorama completo será menester fijar la atención en el proceso acusado de balcanización del justicialismo,
que carece de vuelta atrás en la medida que no surja un líder de carácter nacional capaz de poner fin a las rencillas de campanario y ordenar a la tropa, desde Jujuy a Tierra del Fuego.
El gravísimo problema que aqueja a ese movimiento es producto de la falta de conducción y de unidad. Recomponer lo que se ha roto resultará una tarea larga y de final incierto.
Es que, en la medida que no haya un ganador claro en la pulseada entre la viuda de Kirchner y el gobernador de Buenos Aires, ninguno de los jefes provinciales con algún poder territorial se encuentra en condiciones de asumir un liderazgo nacional que —si se probaran ese traje— ab initio les quedaría demasiado grande.
A su vez, tanto si gana la Señora como si el triunfador fuese el mandatario bonaerense, ninguno de los dos podría disciplinar a las fuerzas centrifugas dentro del espacio que ocupan, ni tampoco convencer a los sectores independientes del electorado de por qué
deberían votarlos.
Ni qué decir tiene que ninguna de las candidaturas opositoras por fuera de las facciones peronistas mueven el amperímetro. Ni Mauricio Macri, ni los radicales ni tampoco las minúsculas capillas de la izquierda nativa se hallan en condiciones de competir en una elección de carácter presidencial. Todos, en mayor o menor medida, han quedado reducidos a su mínima expresión.
Deberán resignarse, pues, a ser convidados de piedra, meros espectadores, o furgones de cola.
Si hubiese que definir, con arreglo a una frase breve y sentenciosa, la razón en virtud de la cual el libertario lleva todas las de ganar, sería esta: no le entran las balas. De momento al menos —y por mucho tiempo, si las condiciones fuesen las mismas que ahora— Javier Milei podrá dormir tranquilo.
Apunta lo expresado hasta aquí a poner de relieve que las ventajas acumuladas por los libertarios difícilmente se modifiquen en el curso de este y del próximo año. Esta presunción es la que ha habilitado a los hermanos Milei a poner en marcha —por ahora, tímidamente— la idea de la reelección.
En un contexto distinto, en donde la relación de fuerzas no fuese tan asimétrica en favor del oficialismo, hubiera constituido un sinsentido pensar con tanta anticipación en permanecer en la Casa Rosada después de 2027. Pero, en correspondencia con la distancias que los separan de sus competidores, la decisión tiene plena lógica. Cualquiera, en su lugar, hubiese hecho lo mismo.
Hasta la próxima semana.


La gestión libertaria entra en su tercer año con cuatro ventajas descomunales res