Miércoles, 04 Febrero 2026 20:43

De chatarras, leyes laborales e índices inflacionarios – Po Vicente Massot

De no haber irrumpido Javier Milei en el escenario como una tromba dispuesta a llevarse todo por delante, seguramente la discusión que se levantó a raíz del contrato que perdió Techint la semana pasada no hubiera escalado en la forma en que ocurrió.

Pero el presidente no pudo con su genio. A esta altura del partido resulta innecesario hacer referencia a su carácter volcánico.

Cualquiera que haya seguido su derrotero desde el momento en que decidió meterse en las procelosas aguas de la política, sabe bien que al líder libertario la cadena se le sale con facilidad.

Analizada la cuestión a partir de las formas, está claro que calificarlo a Paolo Rocca —CEO de aquella empresa— de Don Chatarrín, es una vulgaridad. Se entendería si se tratase de una disputa de hinchas desaforados en medio de una tribuna. Parece incomprensible tratándose del jefe del estado argentino.

En cambio, vistas las cosas ateniéndose al fondo del tema, el gobernante lleva más razón que el empresario. Veamos.

El disparador fue —y es de la mayor importancia ponerlo de relieve— una licitación de carácter privado para la provisión de caños de acero destinados a la construcción de un gasoducto que va desde Vaca Muerta, en Neuquén, hasta el Golfo San Matías, en Río Negro.

Licitación que llevó adelante un consorcio integrado por Pan American Energy (Bulgheroni), Pampa Energía (Mindlin), la sociedad inglesa Harbour Energy y la noruega Golar LNG. Como se puede apreciar, el Estado nacional no tuvo arte ni parte en el asunto. Aquí nadie pagó coimas, ninguno de los oferentes tuvo acceso a información privilegiada, ni hubo un caballo del comisario, como se estila en las contrataciones públicas.

Lo cierto es que Techint perdió la compulsa frente a la empresa india Welspun, que presentó una oferta 40 % más barata. Con poca cintura política —algo sorprendente tratándose de tamaño peso pesado en el mercado mundial— Paolo Rocca salió con los tapones de punta y amenazó acudir a la Justicia aduciendo que es un claro caso de dumping.

Como si fuera poco, también dejó trascender —nueva torpeza— que podría presentar una oferta 40 % inferior que la original.

En resumidas cuentas, dejó picando la pelota en el área chica sin arquero para que sus adversarios se hiciesen un verdadero picnic. Milei aprovechó la oportunidad —cierto que actuó con modales criticables— para dejarlo mal parado a Rocca.

Lo que ha quedado al socaire —más allá de los caños y gasoductos— es el cambio que ha comenzado a operarse en la economía argentina a raíz del modelo impuesto por la administración libertaria.

Por de pronto, es fundamental entender que en una transición de un sistema prebendario, inflacionario, intervencionista y cerrado, a otro cuyo énfasis se halla puesto en el equilibrio fiscal, la estabilidad, las prácticas de mercado y la apertura al mundo, habrá ganadores y perdedores como pocas veces se ha visto antes entre nosotros.

Hay sectores enteros —metalúrgico y textil, para poner dos ejemplos— que difícilmente puedan sobrevivir. A otros —como el minero, el energético, el agro y el relacionado con la economía del conocimiento— se les abre un futuro promisorio. Pero todos deberán competir.

Es lo que no entendió Techint, acostumbrada a pujar con sus iguales en Estados Unidos, Arabia o México —por su naturaleza multinacional— y desacostumbrada hasta ayer a competir en estas latitudes.

El sopapo sonoro —del cual no termina de reponerse— fue recibido a lo largo y a lo ancho del espacio empresarial nativo con asombro. Era cosa de otro mundo que un gobierno se animara a tratar así al capo de ese holding de alcance planetario. Pasado el estupor inicial, una parte importante del Círculo Rojo y de los capitanes de la industria nucleados en la UIA han puestos sus barbas en remojo. Porque se han dado cuenta de que las grandes obras han pasado a ser materia de competencia de los privados, donde las reglas de juego —sin ser perfectas— existen.

Bulgheroni, Mindlin y sus socios extranjeros no iban a aceptar una oferta 40 % más cara en razón de que una planta de Techint en Valentin Alsina fuese a cerrar y peligrasen cuatrocientos puestos de trabajo. Semejante discurso ya no asusta a nadie.

Lo que en este momento pueda decir Paolo Rocca, al gobierno no le quita el sueño.

Otras son las preocupaciones que se hacen sentir en la Casa Rosada. Por de pronto, la deriva de la reforma laboral que Patricia Bullrich dijo que sería aprobada el 11 del presente mes. Si hoy se contasen los votos, según un sesudo análisis hecho por el diario La Nación y publicado en su edición del pasado domingo, el oficialismo tendría 26 votos asegurados, el kirchnerismo llegaría a 25 y habría otros 21 representantes de la cámara alta pendientes de definición que por razones obvias tendrán en sus manos la suerte del ambicioso proyecto gubernamental.

De cómo decanten sus preferencias dependerá si habrá o no un principio de modernización en las relaciones del trabajo en nuestro país.

Parece obligado entonces precisar que esa veintena de senadores responden —con pocas excepciones— a sus gobernadores. Ello explica el porqué del rally de Diego Santilli por toda la geografía nacional, cuyo propósito especifico ha sido seducir a los capangas provinciales.

La discusión decisiva se encuentra entablada entre el Poder Ejecutivo y unos siete u ocho mandatarios que no levantan objeciones de bulto respecto de los artículos laborales del proyecto pero sí objetan el capítulo referido a la rebaja del impuesto a las ganancias para las empresas. Aducen que la menor recaudación afectará —por ser coparticipable— a sus finanzas en un contexto que presumen desfavorable.

Si los cuestionamientos de los jefes del interior son exagerados o si tienen asidero, es aspecto de menos trascendencia que su poder de fuego. Dicho de manera distinta: el resultado de la votación parecería que pasa no por la alicaída CGT, la Señora presa por corrupción o los movimientos sociales sino por la decisión que adopten los Jaldo, Jalil, Sáenz, Cornejo, Pullaro, Llaryora, Torres y algunos más que se han plantado y parecen no estar dispuestos a dar marcha atrás.

No quieren resignar fondos bajo ningún concepto y son conscientes de su fuerza de negociación en el ámbito parlamentario. Por su parte, del otro lado del mostrador, si bien hay halcones y palomas, quienes tendrán la última palabra serán Luis Caputo y —claro está— Javier Milei.

En Balcarce 50 saben que no será posible imponerle el proyecto de prepo a aquellos gobernadores. De modo tal que, si en el Ministerio de Economía no hay voluntad para modificar el artículo sobre Ganancias, o bien tendrá el oficialismo que prometerle a sus aliados beneficios extras, vía adelantos del Tesoro o algún otro medio que todavía no ha sido mencionado en la negociación.

Es impensable que Milei no tenga su ansiada ley en el curso de este mes. La pregunta por ahora sin respuesta es qué tanto del proyecto original será dejado de lado a los efectos de poder poner en marcha la reforma.

Mención aparte merece la renuncia inesperada de Marco Lavagna al INDEC, que dejó traslucir las dudas que todavía aquejan al elenco que órbita bajo las órdenes de Luis Caputo, sobre la marcha de la inflación. Todos sabíamos que se preparaba desde hace tiempo una nueva fórmula para medir las subas y bajas del costo de la vida. Es más, el ahora ex–funcionario había anunciado que sería hecha efectiva cuanto antes.

Sin embargo, en el camino se cruzó el titular de la cartera económica, que se negó en redondo a modificar el sistema vigente. Lavagna no quiso quedar desairado y se fue a su casa.

Caputo, por su lado, que para hablar en público no es el mejor, dio una explicación acerca de la marcha atrás que hubiera sido mejor callar.

Como quiera que haya sido, lo cierto es que el gobierno sospechó una maniobra tendiente a que la nueva metodología de medición arrojase un número que orillase 3,5%, y suspendió toda innovación. Si bien el tema no pasará a mayores, es innegable que a Caputo el tiro le salió por la culata.

Hasta la próxima semana.

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