Como dice Pérez Reverte, vivimos “una esclerosis selectiva, iletrada, analfabeta, que impide el análisis y las lecciones de la historia”.
Esto se observa, sobre todo, en aquellos que envuelven al hombre del común con sentencias amparadas por una supuesta “libre información fidedigna” (sic), que no es información, ni tan libre, sino simplemente una opinión más entre muchas, ya que muy pocos se despojan de atavismos deformados de la realidad en su pretensión de instalar una supuesta “hegemonía moral”.
La sospecha de que mucho de lo publicado constituye una solemne mentira -si se lo mide en un contexto objetivo-, exige desterrar un lenguaje rígido que propicia la ausencia de cualquier debate, para instalar un veredicto dictado por quienes más vociferan.
Estos eslogans circulan en los periódicos, los medios de comunicación y aún los institutos de investigación; y el “streaming”, en cuyos diferentes blogs y plataformas digitales se contribuye a amplificar el valor de comentarios realizados por analistas que se arrogan la “obligación” de advertir a la sociedad (vaya rasgo de falsa humildad), acerca de lo que está ocurriendo, supuestamente, en tiempo “real”.
El cambio que propicia el actual gobierno, está bastante influido por esta tendencia cultural y empalidece las virtudes de sus principales postulados virtuosos en pos de la libertad.
Si sus referentes comprendieran cuál es el verdadero camino de la reconciliación con un pasado en el que todos hemos tenido participación –activa o pasiva-, podrían aportar una herramienta valiosa para aceptar el hecho de que salir de nuestras crisis recurrentes requiere desterrar el lenguaje autoritario, descortés y muchas veces violento de quienes se arrogan un protagonismo excluyente.
El objetivo debería ser la construcción de una pluralidad sostenida por la aceptación de que los debates públicos y privados deben beneficiar una unión nacional de la que estamos huérfanos desde hace décadas, superando definitivamente una era de decadencia política y social.
Para lograrlo, los eventuales adversarios no deberían ser tomados como enemigos porque eso no forma parte de la cultura de la libertad y contribuye a la instalación de un campo de batalla perpetuo.
A buen entendedor, pocas palabras.
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Existe una cierta omnipotencia en quienes, amparados por una supuesta “autoridad” intelectual, derraman frases simplistas para describir cuestiones que deberían sufrir análisis de mayor hondura y severidad. 