Pero también cabe la posibilidad de que en tanto y en cuanto la administración libertaria insista en no ofrecer explicaciones respecto de los mismos, escalen sin solución de continuidad.
El oficialismo cuenta, al respecto, con una ventaja importante —no hay elecciones a la vista hasta dentro de un año, al menos— y como contrapartida arrastra la desventaja de que esos deslices le hagan parecerse a la casta que tanto ha criticado —y con razón— su jefe, desde el momento en que se puso el traje de candidato presidencial.
Los trascendidos refieren a que la decisión estaría tomada. Si en el curso de las próximas dos semanas aparecieran nuevas desprolijidades del ex–vocero, podría hacerse a un lado.
Los hermanos, por el cariño que le profesan, desearían evitar su salida del gabinete. Sin embargo, desde que tomó estado público el viaje de su mujer a Nueva York, la seguidilla de casos que lo han dejado a Adorni en el ojo de la tormenta, no ha hecho más que crecer. La escapada a Punta del Este, la casa en un country que al parecer no estaría declarada y los contratos de la consultora
B+, perteneciente a su esposa, lo tienen a mal traer. Para colmo de males, su defensa ha sido tan deslucida que da lugar a una sospecha mortal: calla porque carece de argumentos, y no los tiene en virtud de que se halla flojo de papeles. Si todo hubiese quedado circunscripto a los dos viajes con su cónyuge, seguramente luego de soportar un chubasco —de suyo pasajero— nada grave le habría pasado.
Ahora los respaldos no parecen tan sólidos. Los Milei, que salieron a defenderlo a capa y espada la semana pasada, callan. No porque deseen soltarle la mano —como hicieron, sin despeinarse, con Nicolás Posse, Osvaldo Giordano, Ramiro Marra o Diana Mondino— sino porque no pueden darse el lujo de que su permanencia en el cargo de semejante importancia le cueste demasiado caro a la gestión gubernamental.
En un aspecto, el estrépito es similar al que se produjo, en vísperas de los comicios de octubre, con José Luis Espert. Al principio, el apoyo que le brindó Javier Milei a quien entonces encabezaba la lista de diputados nacionales de La Libertad Avanza en la provincia de Buenos, fue total. Cuando la situación se volvió insostenible para los intereses electorales, el economista se tuvo que ir a su casa.
Mas allá del singular barullo generado por las torpezas arriba señaladas, se han levantado voces que hablan de ‘un desastre inminente’ o de un plan económico definitivamente fallido. Apuntan a una situación doméstica que, solapada con las consecuencias de la guerra en Medio Oriente, corre el riesgo de hacer agua por los cuatro costados en la medida que no haya un cambio de guion a la brevedad, por parte del presidente y el titular de la cartera de Economía.
El carácter agorero de semejantes afirmaciones habría que dejarlo de lado, cosa que no obsta para poner atención a un escenario con claroscuros evidentes.
Conviene, siquiera sea a vuelo de pájaro, señalar los principales datos inequívocamente positivos que arroja el derrotero libertario: sólidos superávits fiscal y comercial, un crecimiento del Producto Bruto Interno de 4,4 % en 2025 y un escenario energético, agroindustrial y minero inmejorable en el corto y mediano plazo.
Luego vienen los que cabría calificar de neutros: un proceso de desinflación exitoso que se ha estancado, y el índice de desempleo que apenas subió un punto porcentual respecto a un año atrás, en medio de un fenomenal proceso de ajuste.
En cuanto a los hechos que preocupan, sobresalen el freno de la actividad económica, el alza de la morosidad del crédito y la necesidad de endeudarse para llegar a fin de mes de un porcentaje cada vez mayor de hogares.
Es cierto que una inflación anclada entre 2,5 % y 3 % y una reactivación que tarde en llegar no es el mejor escenario para nadie.
En este orden, la duración que tenga el conflicto que ocupa a los Estados Unidos, Israel e Irán no sólo no ayuda sino que puede complicar el desenvolvimiento de la administración libertaria. Está claro que si se entablan negociaciones rápido y las partes beligerantes se llaman a sosiego, los efectos de la contienda no serán dramáticos.
Si, en cambio, las hostilidades se agravan y duran dos o tres meses más, por supuesto repercutirán fuerte sobre las importaciones, el precio de los combustibles, la actividad doméstica y el consumo, cuando menos.
El gobierno tiene por delante un desafío que antes han debido enfrentar, con resultados dispares, no pocos de sus predecesores que pasaron por la Casa Rosada: elegir entre darle prioridad a la lucha contra la inflación, a riesgo de postergar la reactivación economía, o al revés, privilegiar a ésta aunque el índice del costo de vida sufra un alza.
En teoría, es posible lograr las dos cosas a la vez. En la práctica, la tarea luce mucho más difícil. Hasta aquí la mira de Milei y de Caputo estuvo puesta en bajar la inflación y es indudable que acertaron en el diagnóstico y en el remedio.
Pero en todos los planes de estabilización conocidos en las últimas décadas —sin excepción a la regla— ha quedado en evidencia que descender del 200 % anual al 20 % ó 30 % es dable conseguirlo en un par de años. Luego, para llegar a un dígito anual, la lucha se hace cuesta arriba y llegar a la meta bien puede tardar unos años más.
Las encuestas de opinión perciben no un hartazgo de más de la mitad de la ciudadanía sino unos reclamos que tienen que ver con mejores ingresos y más empleo. La preocupación que comienza a percibirse en distintos sectores de la población no es un fenómeno desconocido o que preanuncie un estallido social.
Es producto de los efectos desagradables que trae aparejados cualquier plan de ajuste y estabilización como el que se ha puesto en marcha. Era inevitable que algo así sucediese. El problema es cómo asumirá el gobierno el reto que plantea la realidad, en atención a que la magia no existe y los milagros son hechos excepcionales, que rara vez se producen.



