Jueves, 23 Abril 2026 13:43

Karina conducción – Por Vicente Massot

Primera escena: el jefe de gabinete, obrando como vocero presidencial, se presta a contestar las preguntas de los periodistas reunidos en la sala correspondiente y, cuando se siente acorralado saca de la galera el argumento de que no iba a responderle a “un simple periodista”.

Pareció olvidarse de que estaba delante de hombres de prensa precisamente, y si esa era su decisión, ¿para qué convocarlos? Desde entonces Manuel Adorni no ha podido explicar sus compras, hipotecas, préstamos y favores hechos a Marcelo Grandío.

 

Segunda escena: el secretario de Turismo y Medio Ambiente, Daniel Scioli, viraliza un video donde promociona los centros de esquí de nuestro país, mientras a le arrojan telgopor en la cara para simular un efecto nieve. Dice, como si fuese un hallazgo conceptual, que esos centros “van a estar colmados de familias brasileras”. Si no fuese porque el programa hace rato que ya no se televisa, cualquiera hubiera dicho que era una joda para Videomatch. Entre las bolitas de nieve de cotillón y la insistencia con los turistas del vecino país que vendrán en la temporada invernal, el ex–gobernador bonaerense hizo un verdadero papelón.

Tercera escena: cruce de aceros verbales del principal alfil de Santiago Caputo en la redes, el Gordo Dan, con la inefable y locuaz diputada libertaria, Lilia Lemoine. Los dos acérrimos defensores de Javier Milei, uno y otro, separados por la inquina que se profesan. Se dijeron de todo menos lindos, y dejaron en claro, por si faltasen pruebas, cuánto se ensancha, día tras día, la grieta que aqueja al oficialismo.

Cuarta escena: el presidente de la república subido a un escenario en Israel, un día antes de la celebración de la independencia de ese país, con el propósito de entonar Soy Libre, la canción que hizo famosa Nino Bravo. ¿Había necesidad de hacer las veces de un cómico de la legua en una nación extranjera, cuando entre nosotros crece el malestar de la ciudadanía y en el seno del gobierno gana en intensidad la pelea entablada entre Karina Milei y Santiago Caputo?

La serie ininterrumpida de errores, pifias y gazapos que han protagonizado en las últimas semanas los hombres y mujeres de La Libertad Avanza parecen hechas a propósito. Cuesta trabajo encontrar una explicación racional de por qué una administración que venía tan bien encaminada puede tropezar, una y otra vez, con la misma piedra.

¿Como pueden hacer el ridículo en forma recurrente y no darse por enterados de que los actos que protagonizan son, por un lado, el hazmerreír de la gente y, por el otro, generan un comprensible fastidio?

Hay dos posibles respuestas. La primera tiene que ver con la idea de que el jefe de los libertarios piensa que la Mano Invisible a la cual hiciera referencia Adam Smith se aplica a la disputa intestina del gobierno. En lugar de hacer valer su autoridad y poner en orden las cosas con un simple ucase, preferiría, según esta explicación, no bajar al barro y dejar que las trifulcas se arreglen por generación espontánea.

La segunda, en cambio —que no se animaría a enmendarle la plana a su hermana— requiere ser analizada con más detalle.

Lo que salta a la vista a poco de comprobar la dimensión de la lucha de la hermanísima y el mago del Kremlin es el hecho de que, a diferencia de lo que pasaba doce meses atrás, poco más o menos, ahora comienza a entorpecer la marcha de la administración de manera creciente. Milei, que es una persona bien formada, tiene que darse cuenta del fenómeno sin que nadie deba explicárselo. Es tan claro que hasta un chico del colegio primario lo percibiría.

Sin embargo, nada hace para ponerle fin.

Imaginar que consideraría apropiado dejar que al entuerto iniciado un año atrás lo arregle la Mano Invisible, es difícil de aceptar. Mas entidad tiene la sospecha de que, en determinadas cuestiones, no está dispuesto a pelearse con la secretaria general. Que fue él quien la empoderó, llamándola desde el primer día de gestión el Jefe, no es cosa que hayamos inventado nosotros o que pueda pasarse por alto, como si fuese una expresión caballeresca, de puro compromiso. A la luz de lo que estamos presenciando hay fundadas razones para pensar que existen áreas en donde Karina decide como quiere y cuando quiere. Si el suyo es un poder vicario o, por el contrario, soberano, es asunto no fácil de desentrañar en atención a la dependencia psicológica del uno respecto de la otra.

Como quiera que sea, lo cierto es que desde la salida de Guillermo Francos, el jefe de gabinete tiene nombre y apellido: se llama Karina Milei. Si se tiene en cuenta que el primer magistrado es reacio a involucrarse en cuestiones de la política gubernamental fuera de aquellas relacionados con la economía, es lógico que los dos contendientes de la interna hayan avanzado sobre distintos despachos públicos con el propósito de construir poder.

En principio, pues, fue la desatención consciente del presidente en punto a la SIDE, el ARCA, el armado partidario, la lista de senadores y diputados y tantas otras cuestiones, la que ayudó a que la interna se intensificara.

El principal problema que plantea lo expresado antes deriva del hecho de que la actual jefe de gabinete es una improvisada. Sus conocimientos son limitados en las materias sobre las cuales debe decidir. Pudo hacer y deshacer a gusto, sin que nadie le pidiese que rindiera cuenta de sus actos, en pasadas épocas de bonanza y de éxitos. Pero en un momento como el presente, de vacas flacas, torpezas propias y una situación económico-social complicada, su omnipotencia le juega en contra.

Si Javier Milei cree que es pertinente delegar el manejo de la administración libertaria en su hermana para dedicarse a seguir el derrotero de la hacienda pública e insistir con sus calificaciones a quienes le disgustan —acaba de hacerlo a expensas del periodista de La Nación, Carlos Pagni— se equivoca de medio a medio. El cambio en el humor de una parte considerable

de la ciudadanía es algo que debería preocuparle salvo que se encuentre mirando otro canal o bien que se esfuerce en tapar el cielo con un harnero. Sea aquello o esto, la caída de la imagen positiva no le da tregua.

Hasta la próxima semana.

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