Con esta particularidad, digna de tenerse en cuenta: no es un escándalo de corrupción más, de los muchos que sin solución de continuidad estallan a instancias de la clase política en un país ya acostubrado a soportarlos. Este tiene algunas particularidades inéditas entre nosotros.
Los montos sujetos a investigación resultan, si se los compara con los de la época kirchnerista, por ejemplo, son insignificantes. Adorni confrontado con De Vido, Cristina, López o Muñoz —para sólo nombrar a los de mayor relevancia— resulta, apenas, una carmelita descalza.
Sin embargo la crisis que ha desatado es desproporcionada con respecto al volumen de dinero involucrado. El segundo dato que carece de antecedentes y salta a la vista es la vehemencia que ha puesto de manifiesto Javier Milei. Nada tendría de malo que hubiese quebrado una lanza en favor de su vocero si no existiese duda ninguna acerca de su honorabilidad. La extrañeza viene dada porque Adorni ha mentido, no ha presentado en tiempo y forma su declaración patrimonial y ha abusado de las prerrogativas propias de un funcionario de su categoría.
Que así y todo, en la última reunión de gabinete el primer magistrado haya dicho que prefiere perder la elección del año entrante a soltarle la mano a una persona honesta, es insólito por donde se lo analice.
El intríngulis ha llegado a un extremo tal que Adorni parece más relevante que su valedor. Debería ser, como todo colaborador presidencial, un fusible susceptible de saltar sin protesto en una instancia critica. En cambio, a estar a las declaraciones mencionadas antes, Milei preferiría hundirse amarrado a su subordinado antes que pedirle la renuncia. El medio ha cobrado
más entidad que el fin y, de buenas a primeras, venimos a enterarnos de que la figura de un ex–vendedor de autos devenido en improvisado jefe de gabinete resulta más importante que la continuidad de la administración libertaria en 2027. Si fue una boutade —como tantas otras— Milei debería pensar dos veces antes de hablar. Si, inversamente, es lo que piensa, la cuestión cobra un gravedad inusitada.
A esta altura del affaire no hay quien no se pregunte qué ha llevado a los hermanos gobernantes a prestarle tamaño apoyo a Adorni. De las muchas especulaciones que se escuchan sobre el particular, se destacan estas las siguientes.
1) Convencimiento. Javier Milei luego de escuchar las razones que frente a él y su hermana expuso Adorni, no tuvo dudas en cuanto a su honorabilidad y se decidió a defenderlo a sol y a sombra.
2) Calculo. El mandamás de los libertarios supone que el perjuicio que le ocasionaría hacer a un lado al jefe de los ministros siempre sería más grave que cualquier beneficio que obtendría con su despido. Como cree que detrás de las acusaciones hay una suerte de complot de los medios para tumbarle a uno de sus colaboradores más apreciado, estima que si ahora da el brazo a torcer el periodismo, tarde o temprano, querrá cargarse otro funcionario, y así sucesivamente.
3) Karina. Quien se halla en la mira de todo el mundo es el enfant gate de la hermanísima, cuyo poder Javier no piensa cuestionar.
4) Complicidad. Según esta explicación, su protegido es parte de un engranaje que involucra a la Casa Rosada y, por lo tanto, hay que morir con las botas puestas antes de correrlo del cargo que ocupa.
En atención a los problemas que se recortan en el horizonte referidos a los tejes y manejes de Adorni, es poco probable que pueda gambetear con éxito una indagatoria que está al caer. Son tantas y tan contundentes las pruebas en su contra que ni el juez más oficialista del país podría darle largas al asunto sin padecer las consecuencias. Aun si el gobierno pudiese echar mano a un nuevo Oyarbide y de la noche a la mañana apareciese de la nada un mutuo —hasta ahora desconocido— que le permitiese justificar algunos de sus gastos, igual quedarían cabos sueltos inexplicables.
El barullo —por llamarlo así— ha tenido otro efecto no menos importante que los ya mencionados: ha tapado o, si se prefiere, relegado a un segundo plano a varias noticias, de suyo provechosas, que en otras circunstancias hubieran llenado de júbilo a los libertarios y, sin duda, habrían sido explotados al máximo y con razón por la propaganda oficial.
La semana pasada la calificadora de riesgo Fitch elevó la nota soberana argentina, con base en la consolidación fiscal, la acumulación de reservas y el avance de reformas de carácter estructural. Si bien el resto de las agencias no acompañó la nota B- de Fitch, y el promedio se mantiene en CCC+, de todas manera representa un gran paso adelante. El lunes el riesgo país perforó los 500 puntos, la inflación de abril es probable que resulte menor en un punto a la de marzo, y el juzgado en lo Contencioso Administrativo No 12 acaba de dejar sin efecto la medida cautelar que había suspendido la vigencia de 81 artículos de la ley de Modernización Laboral en una causa iniciada por la CGT en contra del Estado Nacional. Nada mal.
Cuanto no ha entendido Javier Milei desde que se lanzó al ruedo político es que el salto cualitativo que supone pasar del llano —donde se hallaba relativamente cómodo como economista profesional o incluso como diputado nacional— al manejo del Estado lo obliga a posponer a los amigos en beneficio de los más capaces, a la hora de elegir a sus colaboradores de primera línea como así también a los diputados y senadores nacionales. Los dos casos más resonantes de corrupción publica que corroen hoy los apoyos a su gobierno y a su figura son producto de haber escogido a amigos o conocidos —Adorni y Spagnuolo— para ejercer funciones que excedían con creces su capacidad.
Todo hace suponer que el caso se extenderá en el tiempo y —salvo que le resulte intolerable su presencia— Javier Milei seguirá aferrándose con todas sus fuerzas —que no son pocas— al que ha pasado a ser un salvavidas de plomo. Por las razones que fuere su decisión está tomada, y parece no importarle, o bien no termina de convencerse del error no forzado que comete.
Por lo tanto y aunque canse escuchar hablar del mismo tema, salvo un imponderable hay Adorni para rato.
Hasta la próxima semana.


Por momentos el caso Adorni aburre pero —instalado en todos los medios de difusión y en las redes sociales— no ha hecho más que escalar en punto a su calado político a partir del día que el jefe de gabinete tomo la decisión de subirla a su mujer al avión presidencial para que fuese parte de la delegación argentina que acompañaría a Javier Milei a los Estados Unidos. 