Sábado, 16 May 2026 15:47

Milei, espejo de una sociedad fracturada: el producto, no la causa, de la violencia afectiva argentina - Por Ricardo Raúl Benedetti

El 14 de mayo de 2026, en una entrevista en el streaming Carajo, el presidente Javier Milei lanzó una andanada de insultos contra la periodista Débora Plager: la llamó “cómplice de asesinatos”, “cómplice de genocidio” y “sorete”, vinculándola a la ley de aborto y a la caída de la natalidad. No fue un exabrupto aislado.

El informe anual de FOPEA, presentado el 29 de abril de 2026, registró un récord histórico: 278 ataques a la prensa durante 2025, un 55% más que en 2024 y un 139% más que en 2023. De ellos, Milei concentró 119 casos, el 43% del total. Y según el informe “El insulto como estrategia”, el 15,2% de sus 113.649 posteos en X hasta septiembre de 2025 contenían agravios o descalificaciones: 16.806 insultos en total.

 

Pero acá aparece una verdad incómoda que gran parte del sistema político, mediático e intelectual argentino todavía se resiste a admitir: Milei no es la causa originaria de esta violencia verbal. Es su producto más acabado. El espejo roto de una sociedad que acumula desde hace décadas frustraciones económicas, humillaciones culturales y miedos existenciales que terminaron explotando en forma de odio político.

El Presidente no inventó el enojo. Lo interpretó antes que el resto. Lo canalizó, lo amplificó y lo convirtió en identidad política. Y millones de argentinos lo eligieron justamente porque veían en él algo más que un programa económico: veían un desahogo emocional. Una forma de devolverle un golpe al sistema que sentían que los había estafado durante años.

Porque la mayoría de las personas no vota como un economista frente a una planilla Excel. Vota como ser humano frente a una experiencia concreta de frustración, miedo, bronca o esperanza. Cuando una familia descubre que trabaja más que hace diez años pero vive peor; cuando un profesional vuelve a la casa de sus padres a los 35; cuando un jubilado debe elegir entre medicamentos o comida; cuando un comerciante siente que paga impuestos para sostener un Estado que nunca le devuelve nada, la política deja de procesarse solamente desde la racionalidad técnica y empieza a atravesarse emocionalmente. Eso no vuelve “irracional” al votante. Lo vuelve humano.

Me solidarizo con Débora Plager y con todo periodista, opositor o ciudadano que recibe un trato violento desde la máxima autoridad del Estado. Nadie merece ser humillado, degradado o convertido en enemigo público por pensar distinto o ejercer su trabajo. Pero tampoco alcanza con demonizar a Milei como si hubiese aparecido de la nada, como un accidente aislado de la historia argentina.

El propio Milei contó públicamente durante años el maltrato que sufrió en su infancia: golpes físicos, humillaciones y violencia psicológica de parte de su padre. “Empezó a pegarme trompadas y patadas. Me fue pateando a lo largo de toda la cocina”, relató en distintas entrevistas. Después vino la degradación emocional: “Siempre me dijo que era una basura, que me iba a morir de hambre”. Esa herida personal no excusa absolutamente nada. Pero sí ayuda a comprender algo más profundo: la historia de Milei conecta con una sociedad que también siente haber sido golpeada, humillada y traicionada durante décadas por gran parte de su dirigencia.

Y ahí aparece el verdadero núcleo del problema argentino. La teoría clásica de la frustración-agresión, desarrollada por John Dollard y reformulada luego por Leonard Berkowitz, explica que cuando expectativas legítimas —trabajo estable, ascenso social, futuro para los hijos— se bloquean sistemáticamente, la rabia busca un destinatario visible. En Argentina, esa frustración no nació con Milei. Viene de la crisis de 2001, de la inflación crónica, de la decadencia salarial, del deterioro educativo, de la sensación permanente de retroceso y de aquella promesa incumplida del “que se vayan todos” que nunca terminó de cumplirse.

El psiquiatra Enrique Stola lo sintetizó con crudeza: “La violencia verbal de Milei combina descalificación y deshumanización con alusiones a la violencia sexualizada. Es la institucionalización de la violencia verbal”.

El politólogo Philip Kitzberger habló de “brotes de irracionalidad racionalmente administrada”. Y los investigadores Agustina Falak e Ignacio Ramírez describieron una dinámica donde el adversario deja de percibirse como rival político para convertirse en amenaza moral y existencial.

Eso explica por qué palabras como “casta”, “ensobrados”, “zurdos”, “mandriles” o “parásitos” encontraron tanta potencia social. No eran solamente insultos. Eran códigos emocionales compartidos. Una parte de la sociedad sintió que, por primera vez en mucho tiempo, alguien expresaba en voz alta la rabia acumulada que llevaba años tragándose en silencio.

También hay un componente cultural imposible de ignorar: el rechazo al “políticamente correcto”, el backlash frente al feminismo, la sensación de pérdida de estatus y el miedo al futuro. Milei capitalizó todo eso con una narrativa brutalmente confrontativa, escatológica y performática. No creó el odio. Lo legitimó como lenguaje político aceptable. Y Argentina no es una excepción.

Milei forma parte de una ola global que ya tuvo expresiones previas en Donald Trump y Jair Bolsonaro. Distintos países, distintos contextos, mismo clima emocional: frustración económica, polarización digital y una creciente percepción de abandono por parte de las élites tradicionales.

Trump llamó “enemigos del pueblo” a periodistas y medios. El 6 de enero de 2021, miles de seguidores asaltaron el Capitolio de los Estados Unidos. Hubo cinco muertes en las 36 horas posteriores, 174 policías heridos y cuatro oficiales se suicidaron en los meses siguientes. Bolsonaro habló durante años de fraude electoral y “prensa vendida”. El 8 de enero de 2023, manifestantes bolsonaristas invadieron el Congreso, el Supremo Tribunal Federal y el Palacio del Planalto en Brasilia: hubo más de 80 heridos y más de 1.430 detenidos.

En los tres casos, la violencia verbal dejó de ser solamente retórica. Evolucionó hacia hostigamiento social, agresiones físicas y deterioro institucional. Pero el combustible ya existía antes de los líderes. Lo que ellos hicieron fue darle dirección política, estética y narrativa.

Por eso el problema argentino no se resuelve únicamente cambiando de presidente o esperando que baje el tono de Twitter. La violencia política actual expresa algo mucho más profundo: una sociedad agotada, desencantada y emocionalmente fracturada.

El insulto permanente expresa frustración acumulada por décadas de promesas incumplidas. Expresa resentimiento hacia una dirigencia que muchos perciben como privilegiada e impune. Expresa miedo al descenso social, al futuro incierto y a perder incluso lo poco que todavía queda. Y también expresa una búsqueda desesperada de agencia: la sensación de alivio catártico que produce creer que “por fin alguien dice lo que todos pensamos”. Ese es el corazón del fenómeno Milei. Y también su mayor peligro.

Porque una sociedad puede empezar votando enojo como mecanismo de defensa y terminar naturalizando la humillación como forma legítima de hacer política. Puede acostumbrarse a que el adversario sea tratado como basura moral. Puede incluso empezar a celebrar la crueldad simplemente porque parece auténtica.

o se trata de más insultos ni de más polarización. Se trata de reconstruir confianza institucional, recuperar movilidad social y volver a crear espacios donde el conflicto político no implique destrucción emocional del otro. Porque si la frustración material sigue creciendo y el resentimiento continúa organizando identidades políticas, el próximo Milei —o el próximo líder que logre interpretar esa misma bronca— probablemente no sea más moderado. Será peor. Y la sociedad que vuelva a elegirlo no podrá decir que no lo vio venir.

Porque los países no se rompen de un día para el otro. Primero se acostumbran al grito. Después al desprecio. Y finalmente terminan confundiendo la violencia con sinceridad.

Fuente: https://periodicotribuna.com.ar/milei-espejo-de-una-sociedad-fracturada-el-producto-no-la-causa-de-la-violencia-afectiva-argentina/

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