Jueves, 28 May 2026 17:35

Entre la parodia de unidad y un banco de suplentes salido del tren fantasma – Por Vicente Massot

Las especulaciones que, en mayor o menor medida, todos estamos tentados de hacer respecto de octubre del año próximo —cuando se substancien las elecciones presidenciales—arrastran una componente difícil de ponderar en atención al carácter, de suyo variable, de los datos sobre los cuales nos apoyamos para tejer hipótesis, presentar escenarios y extraer conclusiones.

Detengámonos, siquiera sea por un instante, en la inflación. Con base en el ataque frontal a tamaño flagelo social el oficialismo ha desenvuelto toda su estrategia de gobierno. Que por ahora esa lucha le ha dado buenos resultados electorales, es algo innegable. Sin embargo, no han faltado quienes han creído ver en el alza del índice de precios al consumidor de los últimos seis meses un signo de debilidad estructural del plan puesto en marcha por Toto Caputo.

 

Como aún falta un año y medio para que marchemos a las urnas y nos metamos en el cuarto oscuro resulta poco serio —intelectualmente hablando— predecir un revés electoral de los libertarios basado en el hecho de que les será harto difícil bajar este año del 20 % - 25 % anual el índice en cuestión. Aunque ello fuese cierto —y probablemente lo sea— cuanto importa es la tendencia que lleve la inflación a partir del segundo trimestre de 2027. Si la deriva fuera claramente a la baja, el escenario sería harto favorable para el mileísmo, cosa que sabe cualquiera.

Pero inclusive si el índice quedara estancado en torno de aquellos valores, ¿por qué imaginar una segura derrota de los violetas?

En un país como el nuestro, acostumbrado desde largo tiempo a vivir acompañado por una inflación alta —imposible de sobrellevar en otras latitudes— que la mayoría de los votantes se escandalizase por los porcentajes antes mencionados, es asunto sujeto a debate. No implica lo dicho antes que el ministro de Economía pueda despreocuparse en este respecto ni que La Libertad Avanza vaya a ganar seguro. Supone, en cambio, que con base en los índices de hoy —de inflación, pobreza, desocupación e indigencia— las proyecciones automáticas de cara a octubre de 2027 representan ejercicios poco confiables.

Está de moda hacer referencia al cierre de miles de empresas desde diciembre de 2023 y los 206.000 empleos formales que se perdieron desde entonces. Las noticias que nos traen los diarios no es que pequen de falsas, como que no siempre dan cuenta de cómo se ha medido el fenómeno, de qué emprendimientos estamos hablando y cuál era su naturaleza. De más está decir que, entre nosotros y por espacio de décadas, el negocio de aprovecharse de un mercado cautivo, aranceles de importación prohibitivos y ventajas otorgadas por un Estado que favorecía a los amigos de turno, estuvo a la orden del día. Para sectores enteros del capitalismo prebendario, las canonjías de las cuales se aprovecharon desde tiempo inmemorial han comenzado a desaparecer.

De modo tal que eso, unido a un mundo globalizado, la presencia china en todos los mercados y la desregulación que lleva adelante el ministerio a cargo de Federico Sturzenegger, ha puesto a parte de la economía criolla patas para arriba.

La obligación de adaptarse a las nuevas reglas de juego es cosa que no siempre han entendido quienes —en caso de no cambiar a tiempo— perderán el tren de manera irremediable.

Esto lleva a pensar que, más allá de los casos en donde parte de los desplazados del sistema no merecieran tal suerte— hay infinidad de empresas que al bajar la persiana patentizan la destrucción creativa de que hablaba Joseph Schumpeter. Ya han desaparecido algunas y desaparecerán otras, no en razón de la protervia del presidente sino por la incapacidad de competir. Es posible, pues, que las miles de personas que se han quedado sin trabajo voten en contra de los libertarios siempre y cuando la economía se paralizase por completo, ningún sector genere empleo, las inversiones desapareciesen y ningún empresario estuviera dispuesto a invertir en estas playas.

Si, inversamente, hubiera capitales que creyesen en el modelo inaugurado por la administración libertaria, el PBI creciera aunque fuese en forma moderada y las oportunidades de conseguir trabajo no faltaran, la probabilidad de Milei de ser reelecto no sufriría mella.

Dónde colocar, en el panorama actual, el fenomenal crecimiento de las exportaciones energéticas, traccionado por Vaca Muerta; la explosión de la economía del conocimiento que, de buenas a primeras, se ha convertido en el cuarto motor de la economía, generando divisas por un valor de U$10.000 MM anuales; el boom del sector agroindustrial, que producirá una cosecha récord este año y que, a favor de la baja de las retenciones recientemente anunciadas, tendrá un incentivo más para no detener un crecimiento sin horizonte a la vista si —como también se ha hecho público— en 2030 el gobierno eliminase todos los derechos de exportación que hoy recaen sobre la producción primaria.

Sin dejar de lado los proyectos mineros, que parecen convertirse, favorecidos por el RIGI, en un soporte extraordinario del crecimiento de la actividad económica.

Es indudable que el oficialismo ha descendido en la consideración pública desde marzo en adelante, y que los groseros errores no forzados, producto de la ceguera de los hermanos gobernantes a la hora de darle un corte definitivo al escándalo protagonizado por Manuel Adorni y la incapacidad del presidente de ponerle coto a la riña de gallos estallada en el seno de la clase dirigente del gobierno, no han hecho más que acrecentar las dudas de muchos independientes que habían votado a Milei tanto en 2023 como en los comicios legislativos del pasado mes de octubre.

Ha sido la falta de timing y de realismo de la Casa Rosada la responsable del clima de insatisfacción que se ha generado en parte de la ciudadanía. Con esta particularidad, que resulta imprescindible analizar: a pesar de la crisis que golpea a sectores importantes de la clase media y media baja, sobre todo, las pocas encuestas que dan cuenta de la intención de voto revelan la fuerza electoralque todavía conserva el gobierno.

Opina Argentina y Synopsis han puesto en circulación los números de dos relevamientos recientes y en ambos el oficialismo retiene entre 30 % y 34 % de respaldo frente a una segunda fuerza —el peronismo— que en realidad no existe como tal. Preguntarle a la gente si respaldaría al peronismo en el cuarto oscuro es hacer trampa, en la medida que asistimos a una balcanización por momentos inédita del movimiento creado el 17 de octubre de 1945. Si para muestra vale un botón, alguien debería explicar por qué se rompió la bancada en la cámara alta del Congreso de la Nación, que respondía en cuerpo y alma a Cristina Fernández.

A la hora de darle un nuevo acuerdo al camarista de la Casación, Carlos Mahiques, acusado por la ex–presidente de ser uno de los responsables del lawfare que ella tanto detesta, sólo 11 senadores de 25 votaron en contra.

La parodia de unidad que ensayó el oficialismo en los actos conmemorativos de la Revolución de Mayo no ayudó mucho a despejar las dudas que genera la pasividad del presidente.

Si Javier Milei quiso ofrecer una imagen de cohesión entre los antagonistas de puertas para adentro del gobierno, ciertamente no lo logró. Ninguno de ellos quiere dar marcha atrás ni está dispuesto a reconciliarse. Basta escucharlos hablar en petit comité, lejos de los micrófonos y de las cámaras, a los Menem de Santiago Caputo, y a éste de los riojanos. Menos lindos, se dicen de todo. Pero, mientras tanto, en el banco de suplentes los jugadores que de momento tiene allí un lugar seguro, parecen salidos del tren fantasma.

Hasta la próxima semana.

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