La decisión está tomada desde hace rato y cualquier movimiento, negociación o guión que se ensaye a partir de ahora quedará subordinado al único objetivo estratégico que le interesa a la Casa Rosada: la permanencia del actual presidente en Balcarce 50 por cuatro años más, a contar desde diciembre de 2027.
Las últimas doce encuestas procesadas por Clarín en su edición de ayer permiten tener una idea clara de las preferencias electorales de la ciudadanía. Sin excepción a la regla, en todos aquellos relevamientos tanto La LibertadAvanza, como fuerza política, y su jefe, como candidato individual, le ganan con comodidad al peronismo y a Axel Kicillof, el mejor posicionado del arco opositor a expensas de Myriam Bergman y de Mauricio Macri.
Si bien es cierto que cualquier mortal se halla al tanto de las pifias en las cuáles han incurrido —entre nosotros y en otros países no precisamente subdesarrollados— los muestreos referidos a la intención de voto, también lo es que muy difícilmente tantos especialistas en la materia puedan equivocarse de tal manera.
Los seis/siete puntos de ventaja —poco más o menos— que Milei le saca en una eventual primera vuelta, y también en una segunda, al principal referente del justicialista parecen indicar algo en extremo importante: el alto nivel de adhesión que conserva la figura del presidente a pesar del ajuste que no ha terminado de implementar, la caída del consumo masivo y las dificultades que atraviesan, en términos del poder adquisitivo del salario, franjas enteras del tejido social criollo.
Más allá de cuánto machaquen en su discurso los libertarios acerca de cuidar la plata, no exagerar los gastos y no repetir en el periodo previo a las elecciones las prácticas proselitistas con base en el Tesoro nacional, a nadie que no sea un ingenuo le pueden caber dudas de cuál será la política que instrumentará el oficialismo a medida que se acerque el día de los comicios.
Echará mano a los recursos a su disposición —que los opositores no tienen— para sumar adhesiones. Es la ventaja que conserva todo oficialismo. No hacerlo sería una estupidez.
La radiografía que ponen al descubierto las encuestas señaladas más arriba es cosa que no ignoran los diferentes actores que habrán de dirimir supremacías dentro de quince meses a lo largo y ancho del país. Estas aproximaciones a las preferencias ciudadanas en materia de voto
no les pasan desapercibidas a ninguno de los candidatos definidos o todavía dubitativos respecto de si presentarse o no. Los obligan —en mayor o menor medida, según los casos— a realizar un análisis finísimo antes de elegir un curso de acción.
Si así decantan las simpatías de la gente, ¿les conviene al Pro y al radicalismo aceptar la eliminación de las PASO? ¿Tiene sentido mantener la pelea de perro y gato que desarrollan Cristina Fernández y Axel Kicillof sin darse tregua? ¿Pueden Mauricio Macri, Victoria Villarruel y Jorge Brito pensar seriamente en figurar al tope de alguna boleta partidaria el año que viene?
Preguntas que —de momento— carecen de respuesta pero no son antojadizas ni mucho menos.
Pasemos ahora, sin escalas intermedias, al fútbol.
La ilusión de salir campeones del mundo por segunda vez consecutiva sigue intacta, pero después de vencer al sexto rival que se le puso enfrente desde el comienzo del torneo disputado en los Estados Unidos, nuestra selección no luce compacta.
Se ha impuesto siempre —es cierto— aunque no sin una dosis notable de sufrimiento. Y no porque haya tenido mala suerte en el fixture que le tocó —en rigor, no pudo ser mejor— o en virtud de que debió lidiar con arbitrajes parciales en los partidos que disputó hasta el momento, sino por falencias que están a la vista de todos y parecen no tener remedio. Al menos por ahora, Scaloni no le ha encontrado la vuelta al intríngulis que —no se requiere ser adivino para darse cuenta— debe quitarle el sueño.
El director técnico sabe mejor que nadie los problemas de funcionamiento colectivo que arrastra el combinado que dirige desde hace años con enorme éxito. No es que adolezca de individualidades, todas descollantes en los clubes donde cada uno se desempeña —Lionel Messi en el Inter de Miami; Julián Álvarez en el Atlético de Madrid; el Dibu Martínez en el Aston Villa y Lautaro Martínez en el Inter de Milán, para nombrar sólo a algunos— como que falla a la hora de jugar en conjunto.
Negarlo sería una muestra clara de necedad. Ganarle sin pena ni gloria a Jordania, Argelia y Austria, en la primera ronda, y después sufrir como condenado para imponerse frente a Cabo Verde, Egipto y Suiza, es la demostración más cabal de que algo anda mal.
A diferencia de cuanto ocurrió cuatro años atrás en Qatar, los once de Scaloni no han ido de menor a mayor. Eso no significa que no puedan dar cuenta de Inglaterra dentro de unas pocas horas y que les sea imposible alzar el máximo trofeo futbolístico el próximo domingo en Nueva Jersey. Supone tan sólo reconocer que —por lo demostrado hasta aquí— su nivel ha sido mediocre.
Para superar a Inglaterra y a Francia necesitará mejorar sensiblemente en el medio campo —donde ninguno de sus integrantes ha sido capaz de generar fútbol de calidad— y que explote su línea delantera. Repárese en el hecho de que sus dos estrellas apenas si han hecho un gol cada uno.
Como quiera que sea, hoy comienza el Mundial en serio. Los cuatro equipos que han llegado a las semifinales son los que encabezan el ranking de la FIFA, de modo tal que bien podría argumentarse que los encuentros anteriores han sido para Francia, España, Inglaterra y la Argentina una suerte de preparación o de puesta a punto a los efectos de hacer frente a los compromisos que están a la vuelta de la esquina y que son los que de verdad importan.
Ojalá que nos acompañe la voluntad de los dioses.
Hasta la próxima semana.


No es una novedad para todos aquellos atentos a los avatares de la cosa pública, que el oficialismo espera la finalización del Campeonato Mundial de Fútbol para acelerar el plan de reelección de Javier Milei.