Todo lo contrario de lo ocurrido con los lentos y anunciados pases “a domicilio” de los pupilos de Scaloni. A quienes no restamos mérito por la devoción que exhibieron al interpretar su libreto.
El deseo de conseguir algo es legítimo en este mundo. A menudo, como dice William James, es lo único que transforma un eventual resultado favorable en algo concreto. Pero debe estar acompañado siempre de la conciencia de nuestra verdadera fuerza y capacidad para obtenerlo.
La otra fe, la que abre la puerta hacia lo mágico, lleva a desatar muchas locuras conceptuales. Las mismas que hemos venido arrastrando desde hace años en diversos quehaceres de la vida nacional.
El Campeonato Mundial de Fútbol 2026, ha sido un claro ejemplo del modo en que muchos argentinos fueron perdiendo poco a poco la correcta evaluación de lo que estaba ocurriendo desde el principio mismo de la contienda: la presencia de un equipo de individualidades “autónomas”,unidas por el convencimiento de que un “grupo humano maravilloso” (Scaloni dixit) y contar con los servicios del jugador quizá más talentoso de la historia –Lionel Messi-, nos podría llevar a la victoria nuevamente, sin lubricar convenientemente otros mecanismos técnicos más idóneos.
Hemos visto crecer así algo parecido a “lo santo”, tratando de concretar el resultado apetecido mediante un grupo de jugadores que evidenciaron una exasperante lentitud mental para trabajar en conjunto. Salvo Messi, claro está.
La locura colectiva se trasladó (¿O nació?), a medios de comunicación, que una vez más trataron de rodear de un aura épica algo que se trataba simplemente de una competencia deportiva más. Y vimos nacer así una suerte de preocupación frágil de lo que suele llamarse “salvación”.
Proveniente acaso de ese enorme complejo con el que solemos atropellar siempre a todos aquellos que compiten con nuestra supuesta grandeza inmaculada e inviolable.
Es bien sabido, que la voluntad de creer “a toda costa” -casi proverbial en algunos campos de la acción humana-, surge siempre de flaquezas y angustias remendadas por una insípida arrogancia.
Eso es lo que ha quedado a la vista, una vez más, durante todo el campeonato. Quizá porque muchos argentinos se han hecho socios del fracaso como sentimiento colectivo.
A buen entendedor, pocas palabras.
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