Jueves, 23 Julio 2026 11:54

La pelota en el ropero; la política copa el escenario – Por Vicente Massot

Digámoslo sin anestesia, aunque contradiga un sinfín de lugares comunes y disienta respecto de muchas de las afirmaciones que se han echado a correr respecto de la performance de nuestra selección en el Mundial de fútbol que acaba de terminar: ni este es el mejor equipo argentino de la historia —no resiste el análisis compararlo con el de Cesar Luis Menotti, de l978, el de Carlos Bilardo, de l986, o el de Qatar— ni el punto de inflexión del partido disputado el domingo en Nueva Jersey resultó ser la expulsión de Enzo Fernández, ni el combinado nacional salió a la cancha con un plan cuyo propósito fuera ganar el partido.

Desde un principio quedó en evidencia que la intención era amurallarse atrás, tratando de conservar el 0 a 0, y llegar a la lotería de los penales. Un dato lo dice todo, y debería obligarnos a pensar dos veces antes de buscar excusas en aquella expulsión o en la lesión de los dos zagueros centrales: hubo un solo tiro al arco defendido por Unai Simón recién a los 117 minutos de juego, que se fue por arriba del travesaño.

 

El guion propuesto por Scaloni, sin embargo, casi funciona; y no porque la defensa fuese infranqueable y los españoles se hubiesen estrellado una y otra vez contra ella.

La paridad en cero fue producto de una tarde magistral de Dibu Martínez y de la suerte que nos acompañó hasta el segundo tiempo del alargue. Pero lo cierto es que los dirigidos por de la Fuente bien podrían haber ganado 5 a 0 con toda justicia. En realidad y para utilizar una palabra del tablón, nos bailaron en medio de una demostración exquisita de fútbol. Nada, pues, que discutir.

Estamos a años luz de diferencia de un equipo —el peninsular, se entiende— que gambetea, tira paredes, ataca y defiende en bloque, genera fútbol a partir de un medio campo proverbial y nunca se sale del esquema que se ha planteado.

El contraste con nuestro team, sin picardía, sin capacidad ofensiva, sin jugadores capaces de desbordar por las puntas o entrar al área con pases filtrados, no pudo ser mayor.

La genialidad innegable de Lionel Messi esta vez no alcanzó. Bastante lejos llegamos jugando —fuera de los últimos 45minutos contra Inglaterra— tan mal.

Corazón, vergüenza y temple, sobraron. La calidad como conjunto, brilló por su ausencia. Punto y aparte.

Ahora sí, cerrado el ciclo mundialista, la política ha vuelto para reclamar sus fueros e instalarse en el centro del escenario. El gobierno ha podido ufanarse —y no sin motivos que lo justificasen— de la baja del índice de precios al consumidor.

La suba de 1,9 % que registró junio, y los pronósticos acerca de los meses por venir le han permitido a los libertarios respirar con mayor tranquilidad y planear los pasos a dar —de manera especial, en términos de su agenda parlamentaria— sin los temores que los habían atenazado desde junio del año pasado.

Habrá que recordar que entonces comenzó una suba ininterrumpida que se prolongó hasta marzo del presente, cuando la inflación marcó un preocupante 3,4 %. En abril comenzó lo que parece ser un ciclo descendente y ahora, en el ministerio a cargo de Luis Caputo, proyectan un segundo semestre venturoso.

Como es fácil de entender, el tema no es menor ni mucho menos. Con una economía que crece a instancias de los sectores que requieren menor mano de obra y un consumo masivo que no tiene esa fuerza, que la inflación tenga una tendencia a la baja es un logro fundamental de cara a los comicios que se substanciarán en octubre de 2027 y que, de aquí en adelante, marcarán el ritmo de la política.

El IPC en un país como el nuestro resulta, sin lugar a dudas, la condición necesaria para obtener un triunfo en las urnas y hasta podría ser —en determinadas circunstancias— también la condición suficiente.

No es menester que alguien le recuerde a Javier Milei y a su ministro de Economía cuán riesgoso es votar con una inflación en alza y que tan beneficioso, en cambio, resulta hacerlo con los precios y la economía estabilizados.

Para toda administración que desee prolongar su estadía en la Casa Rosada, es algo así como el abc de la política. Por ese motivo es que cualquier factor que pueda poner en riesgo esta deriva será fulminado sin miramientos.

El superávit fiscal y la lucha contra la inflación, pues, seguirán siendo prioritarios hasta el último día de la gestión mileísta.

Es cierto que en no pocas encuestas la corrupción ha vuelto a figurar entre las principales preocupaciones de los argentinos y que a eso han ayudado, en no escasa medida, los casos de Libra, el desmanejo en la Andis y —de manera especial— el affaire protagonizado por el ex–jefe de gabinete, Manuel Adorni.

No obstante, al momento de ingresar al cuarto oscuro lo que demuestra con claridad la historia reciente es que los manejos oscuros de los dineros públicos tienen una incidencia poco significativa si se los compara con la situación del bolsillo, al decir de Juan Domingo Perón ‘la víscera más sensible del ser humano’.

Hay cuestiones —en este orden de cosas— que sólo son percibidas y analizadas por un sector minoritario de ciudadanos a los cuales la política verdaderamente les interesa. La justicia transaccional que se halla a la vista de todos, es un escándalo que a gran parte de la población lo tiene sin cuidado.

De buenas a primeras uno de los jueces más despreciables de Comodoro Py, Ariel Lijo —que Milei deseaba nombrar en la Corte Suprema— pretende quedarse como si fuera propia con una de las causas principales vinculadas al rulo financiero instrumentado en los tiempos en que Sergio Massa manejaba los hilos de la economía. Habría que ser un ignorante o demostrar una candidez superlativa para no darse cuenta a que apunta su interés.

Al mismo tiempo, el gobierno, que mide con una vara para beneficiar a sus jueces amigos, Carlos Mahiques y Pablo Bertuzzi, la tira a la basura y utiliza otro criterio para deshacerse de Martin Irurzun y Leopoldo Bruglia. Por su parte, los magistrados de la Cámara de Casación, Mariano Borinsky y Diego Barroetaveña, cambian de opinión como de camisa —algo que no es de extrañar en atención a sus antecedentes— con el propósito de darle una ayudita a Tapia y a Toviggino en la causa de la mansión de Pilar. El titular de la cartera de Justicia, a todo esto, encantado.

Si un reportero televisivo saliese a la calle y le preguntase a los transeúntes, al boleo, qué opinan sobre los episodios reseñados, nadie sabría qué responder. Referido a la ignorancia supina de las tribus urbanas, basta escuchar y ver en Instagram las preguntas sobre presidentes contemporáneos que les hace a los jóvenes en la vía pública Christian Amabile Mattano, y las respuestas disparatadas que recibe, para tomar conciencia de la falta absoluta de cultura de esa gente.

En octubre del año que viene, poco si acaso algún efecto tendrán Manuel Adorni; la bandera de Malvinas que sacaron a relucir los jugadores del seleccionado después de dar cuenta de Inglaterra; los chanchullos del Chiqui y sus conmilitones en la AFA; la interna en la cual disputan supremacías Karina Milei y Santiago Caputo y las negociaciones espurias en el seno de la judicatura.

Los secanucas y los corruptos apenas poseen algún peso entre quienes forman la opinión pública ilustrada. Los demás —que son legión— están atentos a la inflación, el empleo y el nivel de los salarios, los tres factores básicos que decidirán quién ocupará el sillón de Rivadavia desde diciembre de 2027 a diciembre de 2031.

Hasta la próxima semana.

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