Miércoles, 16 Septiembre 2026 20:52

El guion oficialista – Por Vicente Massot

Es verdad que con el superávit fiscal no se come, pero no es menos cierto que la estabilidad lograda por la administración libertaria —transparentada en el índice de precios al consumidor girando en torno a 1,5 % mensual— permite a la gente saber a qué atenerse, hacer planes y poner una barrera sólida al flagelo de la inflación.

En el curso de la semana pasada las dos caras del país se hicieron notar y mostraron que habrán de convivir, en tensión creciente, hasta que toque a su fin la gestión mileísta.

 

Por un lado, están los datos rutilantes, que no ofrecen dudas respecto del crecimiento de las exportaciones —50 % en los últimos tres años—, la notable disminución del gasto público, la suba de las reservas del Banco Central y la previsibilidad que ha generado el gobierno, dejándonos a cubierto de los clásicos sobresaltos que jalonaron nuestra historia reciente.

Por otro lado,se recortan los números ominosos, que pone de manifiesto —por si cupiesen dudas—lo difícil que resulta ejecutar un plan de reforma estructural de la economía cuando es acompañado por 1.700.000 nuevos pobres y la pronunciada caída en julio de la industria manufacturera y de la construcción, con todo lo que implican. Queda en claro que lo bueno y lo malo son caras de una misma moneda y que, en el corto plazo, imaginar que habrá cambios substanciales es no entender la dinámica del proceso.

Dicho de manera diferente: mientras que en materia de inflación el oficialismo pasará de año con una nota sobresaliente, en punto al poder adquisitivo de los salarios y la ocupación, apenas logrará sacarse un cuatro.

Por supuesto que los hermanos Milei han tomado debida nota de las dos velocidades con que marcha la economía criolla y —por poco dados a reconocer la asignaturas pendientes que arrastran— bien saben que en las elecciones el descontento con la marcha del gobierno —65 % de la población, de creérsele a la mayoría de las encuestas conocidas— de seguro habrá de influir en la intención de voto.

Desconocerlo sería —más que una muestra de tozudez— un indicio claro de que no aciertan a darse cuenta de dónde se hallan parados. Ello los ha llevado a vertebrar un plan de acción, de cara a los comicios que se nos vienen encima, a uno, con base en la política propiamente dicha, y al otro, en el manejo de la caja. Por de pronto, la responsabilidad que han asumido los Menem, Santilli y Patricia Bullrich —bajo la atenta mirada de la hermana— es conseguir la suspensión o —en el mejor de los casos— la eliminación de las PASO.

El guion que han hecho suyo los popes oficialistas contempla una posición de máxima y otra de mínima. Si las internas obligatorias no pudiesen ser exorcizadas con éxito, los libertarios se conformarían con que no fuesen obligatorias y que de su costo se hiciesen cargo los respectivos partidos.

Al mismo tiempo, la secretaria general de la Presidencia —que lleva la voz cantante en todo aquello que no sea estrictamente económico— no ha dejado dudas de cuál será la actitud del gobierno central a la hora de negociar con los gobernadores: que unifiquen primero las fechas de los comicios provinciales con los nacionales y luego se sienten a negociar adelantos del Tesoro.

La condición necesaria para llegar a algún genero de acuerdo es que ninguno desdoble los comicios. Sobre el particular, quien primero ha cantado el presente ha sido el mandatario de Catamarca.

Ni lerdo ni perezoso, se ha asegurado que el unitarismo fiscal lo tenga en cuenta a cambio de hacer los deberes en la materia electoral tal cual lo exige el Poder Ejecutivo Nacional. Claro que no es el único al que le han llegado las promesas desde Balcarce 50.

En la Casa Rosada suponen que Rolando Figueroa, de Neuquén; Alberto Weretilneck, de Rio Negro; Alfredo Cornejo, de Mendoza; Carlos Sadir, de Jujuy; y Marcelo Orrego. de San Juan, pueden seguir los pasos de Raúl Jalil en los meses por venir. Y Jorge Macri, de CABA, y Rogelio Frigerio, de Entre Ríos, parecen estar listos en las gateras.

En paralelo, y como no podía ser menos, el tema de las candidaturas agita las filas del peronismo kirchnerista y saca a la luz, cada día que pasa con mayor claridad, las diferencias que separan a sus principales -contrincantes. No se crea que lo dicho sólo atañe a los que han hecho pública su intención de competir —Axel Kicillof y Sergio Unac, por ejemplo— sino a aquella a quien le está vedada la posibilidad de presentarse —Cristina Fernández— y, por fin, a los que comienzan a dar vueltas, sumar voluntades, tejer acuerdos y preparar equipos por si se diesen las circunstancias propicias: Sergio Massa.

En el justicialismo nada está definido, y si bien el gobernador de Buenos Aires corre con enormes ventajas frente a Uñac y a Quintela, no puede darse el lujo de ignorar a la ex–presidente presa ni quitarle los ojos de encima al antecesor de Javier Milei.

En un rincón del ring se halla el mandatario bonaerense, en el opuesto la viuda de Kirchner, y en medio de los dos, revoloteando, escondiéndose cuando le conviene y dejándose ver cuando hace falta, se encuentra el más vivo de los tres. Es el que menos votos tiene pero —llegado el momento— si aquellos no terminasen de fumar la pipa de la paz, podría ser un candidato de transacción.

A Massita no hay que subestimarlo nunca.

En otro orden, están a las puertas tres elecciones en otros tantos países, que en particular a Javier Milei, y a su gobierno en general, le interesan en distinto grado. Dos tendrán lugar en octubre y la última se substanciará en noviembre. Dentro de tres domingos, en el Brasil dirimirán supremacías el presidente, Luis Lula da Silva, y el opositor de derecha, Flavio Bolsonaro.

Es probable que ninguno de los dos sea proclamado ganador en la primera vuelta, lo que obligaría a definir la contienda el 25 de octubre, el mismo día que en Israel habrá unos comicios parlamentarios que determinarán el destino de Benjamín Netanyahu.

Es de sobra sabido hacía qué lado decantan las simpatías del primer magistrado argentino, pero más allá de que él preferiría que los representantes de la derecha se erigiesen vencedores, tanto en el país vecino como en el del Oriente Medio, nada estratégico se juega para la Argentina en esas pujas electorales.

Distinto es el caso de los Estados Unidos, en donde la pulseada tendrá un impacto importante y directo —según sean los resultados— en el segundo tramo de la gestión de Donald Trump. Por lo tanto, cuanto ocurra en el país del norte repercutirá fuerte en el nuestro. Entre el escenario de los republicanos perdiendo a manos de los demócratas el dominio de las dos cámaras del Congreso y la retención por parte de aquéllos de la de senadores, media un verdadero abismo.

El cambio de la relación de fuerzas en sede parlamentaria —si se produjese—obraría por necesidad lógica un recorte en las facultades extraordinarias con las que se ha manejado Trump hasta ahora, y dejaría intranquila a la administración libertaria.

Hasta la próxima semana.

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