Jueves, 01 Octubre 2026 13:08

La manía de negar la realidad – Por Vicente Massot

Como era de esperar, ha comenzado la cuenta regresiva de cara a las elecciones que se substanciarán en los meses de octubre y noviembre del año próximo y, en consonancia con este dato, la incertidumbre respecto de cuanto pueda suceder en aquellos comicios se recorta, cada vez con mayor nitidez, en el horizonte político de los argentinos.

No está demasiado claro si el citado fenómeno ya ha afectado a los mercados pero en el curso de la semana pasada, mientras el presidente y su comitiva se hallaban en los Estados Unidos, las noticias que se conocieron de índole económica no pudieron ser peores: baja sensible del crecimiento proyectado, del consumo que no levanta cabeza, aumento respecto al semestre anterior del índice de la pobreza, y suba del riesgo país que orilló los 630 puntos. A eso se le suma la sombra de una indeseable recesión que para algunos analistas —los de JP Morgan, por ejemplo— está a la vuelta de la esquina, aunque Milei lo haya negado en Nueva York de manera categórica.

 

Lo que sucede con las afirmaciones del jefe libertario es algo que de ordinario ha horadado la credibilidad de buena parte de las administraciones que hemos conocido en las últimas décadas. Cuando los gobiernos deben hacer frente a números que no calzan con sus expectativas y son objetivamente malos, lo primero que se les ocurre es negarlos de plano o quitarles importancia.

Según nuestro jefe de Estado hablar de cambio real ‘es de cobardes’, y el consumo está ‘en máximos históricos’. Ello sin contar el tiro por elevación gratuito que enderezó contra las estadísticas del INDEC. El problema reside en que el intento de tapar el cielo con un harnero nunca ha dado buenos resultados. Representa un esfuerzo baldío, condenado, de suyo, al fracaso.

En más de una oportunidad hemos señalado qué tanto ganaría Milei si fuese capaz de poner freno a la incontinencia verbal que lo caracteriza. La arrogancia delante de una realidad que no luce como él quisiera, es el peor expediente al que echar mano cuando hay tanto en juego.

No solo pecó de soberbio en la materia sino que cometió un segundo error al hacer mención del riesgo kuka en el país del norte, sin pensar dos veces en las consecuencias que tendría. Porque al nombrarlo al mandatario bonaerense puso en evidencia una preocupación o un temor que es conveniente no ventilar en público. Mientras su ministro de Economía no se cansa de proclamar a los cuatro vientos que no hay tal peligro, él se empeña en situar al enano comunista —así lo llaman en Balcarce 50— como su principal contrincante.

En lugar de dejar que decante la feroz interna del kirchnerismo para, recién después, cargar en contra de quien sea el candidato, Milei repite el error que cometieron Raúl Alfonsín respecto de Carlos Menem, y Mauricio Macri respecto de Cristina Fernández. Es probable que el actual gobernador de Buenos Aires termine siendo su adversario en la segunda vuelta, el último domingo de noviembre de 2027.

Pero en la meca del capitalismo mundial, en el preciso momento en que Kicillof también había desembarcado en la ciudad que nunca duerme, y cuando no pocos de los más reputados actores del mundo financiero internacional comienzan a preocuparse por el peligro político, lo lógico hubiese sido sacar pecho y dar por sentado que las elecciones las ganará sin duda La Libertad Avanza. Hablar de Kicillof es alentar, sin quererlo, la dolarización preelectoral.

Las dificultades que enfrenta la administración libertaria son directamente proporcionales a lo que en épocas macristas se llamó ‘brotes verdes’. Hay un abismo de diferencia entre la experiencia libertaria y la iniciada con tantas esperanzas en 2015, y finalizada sin pena ni gloria en 2019. Son pocas las similitudes a la hora de comparar a Mauricio Macri y Javier Milei.

Aquél probó ser un timorato, mientras éste es un osado. El del Pro creyó a pie juntillas en las bondades del gradualismo, en tanto el Javo es un convencido acerca del shock. El primero nunca se animó a avanzar seriamente en las reformas estructurales, algo que es el núcleo duro del mileísmo. Como quiera que sea, así como los de color amarillo esperaron en vano aquellos brotes, de la misma manera los de color violeta necesitan que levante el consumo y crezca el poder adquisitivo del salario.

El superávit fiscal y la inflación domada —los méritos innegables y hasta extraordinarios de la actual gestión gubernamental— son la condición necesaria para ganar las elecciones pero no la suficiente.

Más allá de no dar un paso en falso —para no ponerse en su contra a todo el arco peronista que lo mira con recelo— el ex–niño mimado de Cristina Fernández desenvuelve sin prisa y sin pausa su plan tendiente a alzarse como el candidato que enfrente al oficialismo dentro de doce meses.

Formalmente, Kicillof no lo anuncia a los cuatro vientos ni se pone el traje correspondiente. Sin embargo, cualquiera sabe que esa es su aspiración y que —llegado el momento— cantará presente. Nadie le quita de la cabeza de que es el mejor posicionado en atención al hecho —sin vuelta atrás— de que la mujer que cumple prisión domiciliaria en su departamento de la calle San José 1111 se encuentra imposibilitada de competir.

Basta mirar la totalidad de las encuestas para tomar conciencia de que la seguridad con la que se mueve no es fruto de un capricho ideológico o de un arranque de egolatría. De un tiempo a esta parte, en las muestras de índole cuantitativa que se conocen, su intención de voto ha crecido sin solución de continuidad. Ello lo coloca a distancia de cualquier competidor que pudiese aparecer por dentro o por fuera del PJ, y apenas atrás de Javier Milei. A esta altura del año no es poca cosa.

Mientras tanto, todos los pesos pesados que integran las diferentes tribus peronistas tienen un tema que los obliga —a pesar de sus disidencias, fobias, recelos y enemistades— a pensar en conjunto: qué camino tomar si acaso los libertarios, contando con el inapreciable apoyo de sus aliados del Pro, del radicalismo, de gobernadores justicialistas afines y de al menos dos otras fuerzas provinciales, lograsen suspender, reformular o lisa y llanamente anular las PASO.

Las ideas de todo tipo, tamaño y color que han comenzado a barajarse no hacen más que trasparentar el peso específico de la cuestión y el nerviosismo que ha ganado —en estos momentos, por igual— tanto a Cristina Fernández como a Sergio Massa, a Sergio Uñac, a Ricardo Quintela, a Gerardo Zamora y a Axel Kicillof, para sólo nombrar a los más copetudos.

De entre ellos, el que parece más apurado y desde hace varios meses trajina las tiendas partidarias con su libreto a cuestas, es el ex–gobernador de San Juan y hoy senador. Insiste Uñac en que resulta menester resolver lo antes posible una forma alternativa a las PASO para dirimir supremacías entre los precandidatos en el supuesto de que el gobierno se saliese con la suya.

Con buen criterio aduce que conviene adelantarse a los hechos y estar preparados para que no tengan que salir a las apuradas si no hubiese primarias abiertas, simultaneas y obligatorias. Su plan es llevar a cabo en forma escalonada y por regiones esas internas, y lo significativo es que —si bien inicialmente, cuando voceó la inquietud, clamó en el desierto— hoy es escuchado con atención creciente por sus pares. Claro está que no es el único que ha adelantado una idea de cómo proceder. Que se sepa el Frente Renovador massista no se ha dormido y también ha presentado su guion.

En un aspecto esas tribus coinciden: sería contraproducente —por no decir suicida— apelar al dedo de Cristina o considerar que es posible hacer los deberes con base en un acuerdo de cupulas. Sólo en dos oportunidades de su larga historia el movimiento justicialista decidió, desde el lugar reservado a la oposición, inclinarse por esa solución: Juan Domingo Perón impuso a Héctor Cámpora en 1972 y Cristina Fernández hizo otro tanto con Alberto Fernández en 2019.

En los dos casos el experimento funcionó mal. Ahora, con el general muerto y la ex–presidente presa, repetir la maniobra no entra en los planes de nadie. Habrá que votar. El dilema es cómo, cuándo, dónde, con qué reglas de juego y con arreglo a qué padrones. Los tiempos apremian tanto para el oficialismo como para sus enemigos. Antes de fin de año la cuestión será zanjada en el Congreso de la Nación.

Hasta la próxima semana.

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