Contra su historia y su naturaleza, Lula asumió el desafío de reinventarse en un terreno que le resultaba hostil, a él y también a su partido. Pasó de lo analógico a lo digital, con André Janones y el Ejército de Lula. Aceptó por primera vez el teléfono como una extensión de su cuerpo, incorporó la Inteligencia Artificial y sumó a una camada de dirigentes jóvenes a su esquema de campaña. En lugar de aferrarse a sus certezas y a su zona de confort, se dejó atravesar por la sangre nueva que circula alrededor de su figura. Esa transfusión lo revitalizó. No fue lo único.
Contra la recomendación de los manuales que él mismo aplicó más de una vez, pasó de la moderación a la audacia. Aprobó la reducción de la jornada laboral, eliminó el 6 x 1, aumentó el Bolsa Familia por primera vez en cuatro años, dio señales a su electorado tradicional, el que había perdido la esperanza y se había quedado en su casa.
Contra los pronósticos, el derrotismo y el posibilismo, Lula pasó de la resignación a la política. Se decidió a ganar y demostró que la política puede mucho. Se puso al frente de la campaña, tomó nota de la decepción con su gobierno, no dio ningún voto por perdido y dejó todo en las tres semanas que cambiaron la historia de Brasil. Lula no aceptó la lectura que se extendió en su electorado, en distintas capas del progresismo y los sectores populares dentro y fuera de Brasil: no se resignó al fatalismo de que la extrema derecha es imbatible en un mundo gobernado por los algoritmos, la subjetividad moldeada por los teléfonos y la alianza de magnates con personajes como Donald Trump, Javier Milei o el clan Bolsonaro. Un fatalismo que, también, es funcional a la autoindulgencia, un derrotismo que sirve para no mirarse al espejo y ver los déficits propios, una resignación que es la negación de la política.
Un dirigente del peronismo que siguió de cerca el proceso electoral y visitó ocho veces Brasil en 2026 dice que Lula tuvo a su favor un partido político que cuando define un objetivo claro puede ser una maquinaria implacable. A eso, hay que sumarle la inyección de energía que recibió Lula desde las bases del PT, los movimientos sociales y las juventudes que se involucraron en la campaña con movilizaciones masivas en distintas ciudades de ese continente que es Brasil. Ante lo que parecía un regreso inevitable del bolsonarismo al poder, decenas de miles de personas no esperaron ninguna señal adicional y salieron a copar las calles del país. Ellos también fueron protagonistas decisivos de la victoria.
Si hay algo que queda claro con la ola de extrema derecha es que la movilización callejera es un problema que buscan erradicar de raíz. En la pasividad social, en esa mezcla de indiferencia y resignación que domina a las clases populares, está la gran victoria de la extrema derecha. Por eso, la lección de la remontada épica del lulismo está en romper el cerco del primer anillo de activismo y sumar a otros sectores. Actores que inventaron formas nuevas de intervención, que no son los que habitualmente se movilizan o no solo los que habitualmente lo hacen, generan un factor sorpresa y logran muchas veces inclinar la balanza. Lula les habló, ellos le hablaron a Lula.
El miedo al regreso de Bolsonaro jugó un papel muy importante. Funcionó en Brasil lo que en Argentina fracasó, cuando sobre el final de la campaña 2023 el Frente de Todos buscó frenar la irrupción de Milei. Puede haber pesado que el ex panelista era entonces un outsider y los Bolsonaro, un clan conocido. Pero también que el tramo final del gobierno del peronismo de la unidad, con la inflación absolutamente descontrolada y sin liderazgo claro, fue bastante más traumático que el del tercer Lula.
De cara a la etapa que se abre, flota un interrogante qué papel van a tener los activistas que recuperaron la iniciativa política en el cuarto mandato de Lula. ¿Tendrán un ida y vuelta con la jefatura política o se van a limitar a propagar las decisiones que se toman en lo más alto? ¿Puede un gobierno como el de Lula prescindir de esa vitalidad sin debilitarse o desarmarse ante los factores de poder que imponen su agenda de prioridades? En otras palabras: si no es su contacto con ese mundo de organizaciones y demandas, ¿cuál es la fuerza de un gobierno popular en un mundo gobernado por algoritmos, corporaciones y embajadas extranjeras?
En el camino, el lulismo recuperó los colores de la bandera brasileña, un símbolo fundamental que el bolsonarismo se había apropiado con astucia y eficacia. Brasil estaba en disputa y la bandera era parte esencial de esa batalla. Algo similar pasa de este lado de la frontera, donde la bandera argentina se convirtió en una fuerza capaz de llevarse puesto a Milei. Tanto que el presidente que admira a Margaret Thatcher tuvo que recibirse tarde de malvinero. Una puesta en escena de patas cortas porque este martes, en el plenario de comisiones de la Cámara de Diputados, La Libertad Avanza dio marcha atrás con las sanciones a los fondos de inversión que están detrás de las petroleras que operan en Malvinas de forma ilegal. No fue un cambio de Milei, sino una imposición de Trump y Marco Rubio que, como reveló El Destape, llamó por teléfono al ex panelista para amonestarlo en público. El llamado al orden de Trump a Milei se completó con la visita del número 2 del Departamento de Estado, Christopher Landau, que admitió en conferencia de prensa su defensa de las empresas estadounidenses en las islas.
El camino que viene para Lula no será sencillo. No solo porque el Congreso va a tener predominio opositor. También y sobre todo, porque la economía de Brasil viene creciendo cada vez menos (a un promedio del 3% anual) y se espera que en 2027 crezca 1,3%. El déficit fiscal de Brasil es de 8,6% del PBI y la exigencia de los actores de poder es que el PT lleve adelante el ajuste ortodoxo que Bolsonaro proponía en su campaña. No es sencillo pero parece urgente: en Brasil hay 81 millones de morosos y no solo por la epidemia de apuestas online sino también por la necesidad de complementar ingresos.
Aunque los mercados reaccionaron mal, no está claro cuáles serán las primeras señales de Lula de cara al nuevo mandato. Si se intentará con un perfil ortodoxo como el de Joaquin Levy, el ex funcionario del FMI que fue ministro durante el primer año de Dilma Rousseff, si Gerardo Alckim o alguien del pensamiento similar al de Fernando Hadad. Pero en el PT hay un debate sobre bajar la tasa de interés -que hoy representa gran parte del déficit fiscal- para favorecer el regreso del crédito o ir a un ajuste ortodoxo. Con un modelo económico que muchos consideran agotado, Lula tendrá que reinventarse ahora también en su proyecto económico para dar respuesta a los millones de personas le permitieron, una vez más, hacer historia. Otra lección para el peronismo y la oposición.
Diego Genoud
Fuente: https://www.eldestapeweb.com/politica/lecciones-lula-peronismo-oposicion-milei-202610280531

En tres semanas, el líder del PT ejecutó una triple transformación. El espejo del peronismo y el pasaje de la resignación a la política. La influencia de la base movilizada y los desafíos económicos que marcarán su cuarto mandato.