Miércoles, 28 Octubre 2026 13:10

Medio país de izquierda, medio país de derecha - Por Pablo Mendelevich

Pablo Mendelevich 24Los países partidos en mitades enfrentadas no son algo novedoso pero el fenómeno se extiende y se agrava cada vez más 

Brasil incomodó, es apenas una forma amable de decirlo, a quienes hace tres semanas y media estaban seguros de que a Lula lo sucedería el hijo de su antecesor. Irremontable, concluyeron unos cuantos analistas, periodistas, influencers, curtidos políticos y efusivos fanáticos bolsonaristas al ver el triunfo del 4 de octubre de 47,03 de Flavio Bolsonaro contra 45,16 de Lula, cuando en verdad en el pasado se revirtieron primeras vueltas muchísimo menos parejas o más chatas. 

La hazaña de Alberto Fujimori contra Vargas Llosa en 1990 es legendaria. El escritor había ganado la primera vuelta (digámoslo sin decimales para facilitar la lectura) por 32 a 29. En la segunda, Fujimori convirtió el 29 en 62. En Guatemala, Jorge Serrano Elías pasó del 26 obtenido en la primera vuelta a 62 en la segunda. Mejor no acordarse de cómo terminaron ambos. Fujimori dio un autogolpe, más tarde cayó y fue condenado a 25 años de prisión. Serrano también quiso dar un autogolpe y siete días después tuvo que huir de Guatemala.

La cuestión de fondo no se refiere simplemente al comportamiento cada vez más impredecible de los electorados y a sus humores cambiantes sino a cómo influyen las reglas de juego en la marcha de las democracias, en qué medida los vaivenes están relacionados con la imposibilidad de esas reglas de cumplir cabalmente con los objetivos para los cuales fueron pensadas.

Hay que recordar que en estos momentos, cuando falta menos de un año para la elección presidencial, la Argentina está sin reglas. Tiene el balotaje, sí, porque es de jerarquía constitucional, pero no se resolvió si habrá o no PASO. Y ya quedó demostrado que existe un efecto sinérgico que se deglute todas las teorías. La combinación de balotaje con PASO (o sin) resulta determinante, porque las primarias obligatorias en la práctica imponen un proceso electoral de tres turnos; funcionan como una primera vuelta que impacta de lleno en la segunda. Es decir, en las elecciones generales. El lunes negro que siguió a las PASO de 2019 y hundió las chances de reelección de Macri constituye una de las mejores pruebas de que los jugadores no son dos, las blancas y las negras, sino tres. Las reglas también juegan. Y no necesariamente cómo pretenden los políticos acostumbrados a manosearlas.

Inventado para que nadie llegue al poder sin un respaldo contundente, el balotaje se parece un poco a esas promociones comerciales que encandilan a los consumidores con espejismos, prometen descuentos espectaculares que al momento de pagar no aparecen. Las segundas vueltas generan la ilusión de robustecer la legitimidad del presidente electo tal vez porque son un invento de cuando los electorados eran menos volátiles que hoy. “Se garantiza la gobernabilidad”, repiten todavía muchos académicos abrazados al “ballotage” de la Quinta República francesa. El mecanismo se propagó por América Latina durante las últimas cuatro décadas mientras se enterraban los colegios electorales en todas partes (menos en Estados Unidos) para instaurar elecciones directas.

Brasil se encamina a mostrar las dos caras de la moneda: el presidente de izquierda respaldado por más de la mitad de los sufragantes tendrá que lidiar con un congreso de derecha, pocos amigos entre los gobernadores (producto de la primera vuelta) y una polarización gangrenosa que quedó bendecida institucionalmente por el proceso electoral. Todo esto en un clima en el que lo belicoso se tironea con lo democrático.

Si Brasil quiere salir adelante, están advirtiendo algunos politólogos, va a tener que ir hacia algo parecido a una cohabitación. El puntapié inicial no parece muy auspicioso: al Bolsonaro que el domingo sacó sesenta millones de votos, el lunes le prohibieron salir del país y le retuvieron el pasaporte. El martes nadie sabía dónde estaba. Horas después apareció, fugado, en Estados Unidos.

Vaya paradoja, cuanto más ajada está la cultura acuerdista, esencia de la democracia, más pretende el sistema que la polarización extrema se licúe por arte de magia y de súbito todo se transforme en una bella y bucólica concordia.

Brasil ya tuvo ocho balotajes presidenciales pero es la primera vez que un perdedor de la primera vuelta gana la segunda. Eso no ha sido algo raro en otros países de América Latina: durante las últimas cuatro décadas hubo reversión del resultado en aproximadamente tres de cada diez balotajes. Tema que los argentinos conocemos mejor que nadie. Sobre un total de dos balotajes efectivizados (porque otros dos, los de Cámpora contra Balbín y Menem contra Kirchner, se mancaron) en el cien por ciento de los casos quien perdió la primera vuelta ganó la segunda. El cien por ciento está formado por Macri (2019) y Milei (2023).

El balotaje argentino ofrece curiosidades para todos los gustos. Es el segundo entre los más antiguos de América Latina (después de Costa Rica); lo introdujo en el país 54 años atrás una dictadura. Pese a lo cual fue estrenado hace apenas siete años. La Argentina ha sido junto con Nicaragua y Bolivia entre los países que lo tienen uno de los que menos lo ha usado.

Asesorado por prestigiosos juristas de varios partidos, entre ellos uno del peronismo, el general Alejandro Lanusse lo había implementado en 1972 con fecha de vencimiento. Si no lo ratificaba en diez años una convención constituyente, caducaba. Por eso rigió para las dos presidenciales de 1973 pero no para las elecciones en las que ganaron Alfonsín en 1983 y Menem en 1989. La convención constitucional de 1994 lo repuso, esta vez tuneado (en vez de exigir el 50 por ciento más un voto, se gana en primera vuelta si se alcanza el 45% de los votos o el 40% con una ventaja de 10 puntos sobre el segundo).

El descarte forzado consiguió otros dos récords dignos del Guiness. El primero fue el acuerdo del peronismo y el radicalismo en 1973, a la salida de la primera vuelta, para consagrar a Cámpora presidente pese a no haber alcanzado la mitad más uno entonces exigida (sacó 49,56 por ciento). Y el otro, en 2003, la consagración de quien resultó segundo (Kirchner) porque el primero (Menem), ante el temor de sufrir en el balotaje una derrota 70-30 o aún más severa, renunció a la competencia. Fue la única vez en el mundo (sin considerar un par de escándalos por fraude flagrante) que un candidato se bajaba antes de la segunda vuelta, frustrándola.

Macri le ganó el balotaje a Scioli por 2,68 puntos (la brecha el domingo en Brasil fue de 3,58). Milei, en cambio, venció a Massa por una diferencia importante, de 11,30 puntos. Pero el hecho de que los resultados sean ajustados no significa necesariamente que haya una sociedad estructuralmente polarizada. Ni viceversa. Valéry Giscard d’Estaing le ganó a François Mitterrand en 1974 por apenas 1,6 por ciento y la democracia francesa funcionaba entonces con aceptable pluralidad. Luis Lacalle Pou venció a Daniel Martínez en 2019 por un punto y medio y Uruguay mantuvo constante su proverbial republicanismo.

Milei fue un claro ejemplo de lo que algunos estudiosos denominan consensos negativos. Consensos electorales que no se forman en coaliciones motivadas tanto por ideas y estructuradas por partidos sino en sumas de votantes asociados por hartazgos. El emergente no es producto de la percepción por parte de inmensas multitudes de un ser íntegro, probo, ejemplar, sabio, desbordante de buenas ideas, idóneo, confiable, sano, gran orador, padre de familia, con un proyecto de país seductor. Sin perjuicio de que tenga alguna de esas condiciones, su virtud principal consiste en conseguir que el rival se quede pataleando en el llano.

El odio como motor político existió siempre, pero las primaveras democráticas hicieron creer durante un tiempo que si no se lo había desterrado por lo menos se lo arrinconaba por considerárselo moralmente abominable. Hoy el odio descuella en los discursos oficiales de los lideres polarizadores.

Los países partidos en mitades enfrentadas no son algo novedoso pero el fenómeno se extiende y se agrava cada vez más -ahora lo escala el más grandote del barrio-, mientras la democracia se rige con una mezcla de reglas viejas y reglas nuevas, aunque no tan nuevas como las tecnologías digitales, que siempre van adelante de todo.

Desde ya que no es cualquier gobierno de izquierda el que se revalidó el domingo en Brasil sino el único que se plantó frente a Trump, el polarizador estelar planetario. Los amantes de la numerología ya se deben haber dado cuenta de que el número clave de América del Sur es ocho. Sobre un total de doce países, ocho fueron las dictaduras simultáneas asociadas con los años setenta (en rigor el pico se alcanzó entre 1976 y 1978). Y ocho fueron también los gobiernos de izquierda en la era en que Néstor Kirchner y Hugo Chávez machacaban diariamente con “la patria grande” pensada para durar hasta la victoria siempre. Pues bien, el domingo los países sudamericanos con gobiernos de derecha, contra tantas previsiones lanzadas en la noche del 5 de octubre, quedaron estancados en siete.

Qué lindo era cuando creíamos que las elecciones funcionaban como un antídoto contra la inestabilidad, como una línea divisoria entre el orden democrático y la barbarie autocrática, y que la democracia se tramitaba mediante un sistema de partidos sólidos y perimetrados. Hoy las mitades casi empatadas que surgen o se desnudan o se exponen en los balotajes son una especie de confirmación científica de que hay dos países, dos mundos supuestamente irreconciliables dentro de uno.

Según el Instituto V-Dem, de la Universidad de Gotemburgo, Brasil lidera en América la nómina de los países más polarizados, seguido muy de cerca por Nicaragua y Perú. Luego vienen Estados Unidos y México. En Europa sobresalen Polonia y Bielorrusia.

El Edelman Trust Barometer, que clasifica a los países según el nivel de hostilidad que los ciudadanos sienten hacia quienes piensan diferente, asegura que América Latina es una de las regiones más afectadas por la fragmentación civil. Tres de cada cuatro personas encuestadas tiene resistencia a confiar o a interactuar con ciudadanos de facciones opuestas. La lista que da de los países menos polarizados es significativa: Omán, Irlanda, Tukmenistán, Noruega y Uruguay.

Suele escucharse que la polarización se extiende donde gobierna la ultraderecha. Es posible, pero no exclusivo. Lo demuestra España. El flagelo, si cabe decirle así, está relacionado con variables muy diversas, desde la desigualdad económica y el estancamiento hasta la propagación de líderes que enarbolan el “nosotros contra ellos”, las redes sociales con su esencia binaria y su centrifugado de indignados, la fragmentación de los medios de comunicación, los cambios culturales acelerados por las nuevas tecnologías. También el languidecimiento de la democracia clásica de partidos políticos con sus instrumentos de representación defectuosos.

Pablo Mendelevich  
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/medio-pais-de-izquierda-medio-pais-de-derecha-nid28102026/

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