Miércoles, 28 Octubre 2026 21:00

Lo esencial y lo accesorio – Por Vicente Massot

Como lo que estará en juego en las elecciones que se substanciarán en octubre y noviembre de 2027 será la continuidad o caducidad del modelo puesto a andar por Javier Milei, corresponde medir en términos analíticos los hechos políticos en función de cuánto pueden favorecer o perjudicar las chances del líder libertario de prolongar su estadía en la Casa Rosada por espacio de cuatro años más.

Es cierto que un criterio por el estilo corre el riesgo de ceder al pecado reduccionista, pero no lo es menos que no hay a la vista otro acontecimiento semejante en importancia a esos comicios en los cuales —salvo imponderables— dirimirán supremacías el actual presidente y el candidato que salga de la interna kirchno-peronista.

 

No se necesita aguzar el ingenio con el propósito de demostrar que la que tendrá lugar dentro de doce meses estará lejos de ser una pulseada ordinaria. La trascendencia del evento es algo que cae de maduro y no requiere de mayores explicaciones. En cambio, no está claro qué cosas dinamizan las posibilidades del oficialismo

de repetir su performance de 2023 y cuáles obran como una mochila de plomo y, por lo tanto, conspiran contra su suerte.

Un razonamiento lineal aplicado al tema diría que todas y cada una de las desmesuras verbales del jefe de Estado argentino no hacen más que exponerlo de mala manera ante una opinión pública cansada de sus desplantes, insultos y mala educación, enderezados a expensas de periodistas, pares suyos alrededor del mundo, keynesianos, comunistas y cuantos se animen a llevarle la contra.

Sin embargo, no siempre es lícito suponer que las reglas de politesse que causarían escándalo en la corte de Saint James o en el Jockey Club de Buenos Aires son el parámetro de medida de la mayoría de las personas a la hora de entrar al cuarto oscuro.

Hay una inmensa minoría a la cual le desagradan cada vez más los acciones desmesuradas —fronterizas con el desequilibrio emocional— de Javier Milei. Sólo que es un conjunto de almas cuyo peso específico resulta raquítico a la hora de contar sufragios. Además, estos sectores, en una segunda vuelta, si tuviesen que elegir entre Javier Milei y Axel Kicillof o Sergio Massa, no dudarían un segundo. Se inclinarían por aquél aun si para ello debiesen taparse la nariz.

No hay duda de que levantar infundios contra determinados periodistas que no le son afines, tenerlos por corruptos y recomendar que se los queme vivos, es cosa que pocas si acaso alguna vez hemos visto u oído en el último medio siglo de vida política criolla. Con razón ha suscitado la reacción de ADEPA, de la SIP y de no pocas instituciones que han advertido acerca de los peligros que corre la libertad de prensa entre nosotros.

Viajar a España y protagonizar papelón tras papelón es muy posible que lo conviertan a Milei en el hazmerreír del mundo diplomático y de parte de la prensa internacional. Y no reconocer el triunfo de Lula —por mucho que le disguste el personaje— no resulta conveniente para el derrotero que necesita seguir nuestra diplomacia.

Apenas un necio o un funcionario servil —de los que abundan en los círculos oficialistas— aplaudiría la tozudez de Balcarce 50. Ejemplos iguales o parecidos podrían seguir enumerándose sin solución de continuidad y todos apuntarían a lo mismo. Ahora bien, hay razones para no ceder a la tentación de atribuirle a estos comportamientos descomedidos una influencia decisiva en punto a las preferencias electorales de la ciudadanía.

La totalidad de aquellos errores no forzados cobran alguna importancia sólo si se los analiza en el contexto económico en el que se mueve el país. Dicho de manera diferente: si el PBI creciese al 5 % anual, la inflación orillase el 0,9 % mensual, el desempleo estuviese en torno al 6%, los salarios medios le ganasen claramente al costo de vida y nos hallásemos en el comienzo de “los mejores dieciocho meses” que hayamos vivido —para tomar prestado el fallido vaticinio del titular de la cartera de Economía—, el carácter zafio de Milei sería un elemento secundario, al que pocos le prestarían atención.

Después de todo —y por si cupiesen dudas respecto de qué tanto influyen la corrupción, el nepotismo o el maltrato— conviene repasar los guarismos de las elecciones legislativas de octubre de 2025. La LibertadAvanza arrolló a sus competidores sin que los casos protagonizados por José Luis Espert, Diego Spagnuolo, y los Milei en el escándalo de Libra, contaran para nada.

Lo que sucede hoy, y representa el quid de la cuestión, es que “la economía no crece como se esperaba”, confesión que por primera vez en casi tres años de gestión hizo el presidente pocos días atrás. Llegados a esta instancia, le resulta imposible al oficialismo tapar el cielo con un harnero.

Si para muestra no bastasen los números conocidos recientemente sobre la deriva del consumo, la industria y el empleo, corresponde mirar la última conferencia de Ricardo Arriazu, el más respetado de los economistas de la City y el mayor defensor del cambio propuesto por Milei, durante la 3a Cumbre Aseguradora Argentina. Sostuvo que la actual política monetaria está destruyendo el crédito.

No son las boutades ni los calificativos despectivos que utiliza Milei los que han hecho subir el riesgo país y generado una notoria retracción de los grandes inversores extranjeros en punto al proceso de privatizaciones que ha inaugurado la administración libertaria.

Hasta aquí, los que han competido y ganado son hombres de negocios nacionales. ¿Por qué? Básicamente porque las dudas respecto de la duración del modelo —riesgo kuka, que le dicen— se acrecientan día a día fuera de nuestras fronteras. No es que los mercados descrean de la voluntad presidencial de mantener el rumbo. Pasa que los resultados que pondrían al gobierno a cubierto de cualquier tropiezo en los comicios venideros no se recortan con claridad en el horizonte. Como consecuencia lógica el wait and see está a la orden del día.

Hay, por último, otro factor que comienza a hacer mella en todo el espinazo libertario: Patricia Bullrich. Tenemos dicho que la senadora decidiría presentarse por las suyas, abandonando para ello al gobierno que por ahora la cobija, sólo si fuera imparable la caída de la intención de voto del presidente.

El diario Clarín analizó el domingo 25 de este mes once estudios nacionales que se dieron a conocer en los últimos veinte días. En promedio le otorga a La Libertad Avanza 32,8 % de la intención de voto, en tanto el kirchnerismo llega a 28,4 % en una eventual primera vuelta.

En el balotaje, aquélla supera a su seguidor por 42,2 % a 38,9 %. En la medida que Milei siga siendo competitivo, la ex–ministro de Seguridad no sacará los pies del plato. Lo cual no quita que esté en su naturaleza y en su plan de acción tomar distancia de los que juzga errores u horrores de la gestión libertaria, marcándole la cancha al mismísimo líder de la tribu gubernamental. Más allá de si finalmente decide cortar amarras o quedarse dentro del espacio libertario, los cortocircuitos entre Milei y Bullrich obran efectos contraproducentes para la estrategia de los color violeta.

De un tiempo a esta parte las dos figuras no trasparentan una armonía a prueba de balas como antaño. Por el contrario, sus idas y venidas, a vista y paciencia de la gente y los mercados, producen ruidos de todo tipo y en nada ayudan a robustecer la confianza en un gobierno que la necesita.

Hasta la próxima semana.

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