Una semana atrás señalábamos en esta columna que se trataba de un festejo precipitado y que más le convenía “esperar hasta el domingo para cantar victoria”. Es cierto que Bolsonaro había ganado con dos puntos de ventaja la primera vuelta, pero la prudencia aconseja no comer el postre antes del plato principal.
IL MORTO QUI PARLA
Entre la primera elección y la elección decisiva, del último domingo, Bolsonaro sumó más de dos millones de votos, pero Lula Da Silva sumó casi siete millones y dejó segundo al candidato de la derecha. Bolsonaro recogió casi un 48 por ciento de los votos emitidos en el comicio más concurrido de la historia de Brasil. Y 48 horas más tarde, con su evasión, dejó esa herencia vacante. Los quinieleros saben cómo se descifra el número 48. Flavio Bolsonaro intentó una interpretación épica de su fuga: dijo que necesitaba estar lejos para liderar a su fuerza política y abundó en ejemplos prestigiosos: entre otros, la venezolana María Corina Machado. Pero lo cierto es que la premio Nobel de la Paz se mantuvo en su patria liderando la resistencia política a una tiranía y sólo se fue de Venezuela después de que su fuerza derrotó electoralmente al aparato de Nicolás Maduro y dio una batalla para que no se consumara el fraude electoral que desconoció aquel triunfo.
Bolsonaro, en cambio, perdió ajustadamente una elección que fue controlada y reconocida como transparente por veedores internacionales, por la justicia brasilera y por sus propios partidarios y abandonó el país subrepticiamente sin avisar ni a los dirigentes de su fuerza ni a sus votantes, casi la mitad del padrón electoral.
El gobierno de Javier Milei, que aspiraba a ser la catapulta regional del gobierno de Bolsonaro, terminó esta peripecia convirtiéndose en auxiliar de su resignación: le facilitó la partida en avión desde Puerto Iguazú y dispuso el monitoreo del operativo por Santiago Caputo, asesor y “longa manus” del jefe de la Casa Rosada, y un grupo de acólitos, funcionarios designados por el oficialismo.
No medió en este trámite ningún pedido de asilo de Bolsonaro, que le habría otorgado indudable legitimidad política. Se trató, principal o exclusivamente, de una ponderable señal de amistad y lealtad personal del presidente argentino a su cofrade ideológico, consumada al precio de un desaire a uno de los poderes constitucionales del gran país vecino, la Justicia, más allá de la coartada legal de que la responsabilidad por el egreso de Brasil le corresponde a las autoridades migratorias brasileras. Balance provisorio: la relación con el vecino se ha complicado y el eventual rédito del operativo se encuentra en la aprobación de Washington, que sin duda estuvo originalmente al tanto de la jugada.
Pero la decepción por la elección brasilera no fue la única mala noticia de la semana para Balcarce 50. Milei ya había llegado de Madrid con el ánimo alterado, molesto porque, de las figuras españolas de cierto relieve, sólo consiguió que lo recibiera Isabel Ayuso, que desde el liderazgo madrileño del Partido Popular compite con Núñez Feijoo por la conducción partidaria. Este, que había eludido un encuentro con Milei, dejó en claro que no comparte “el lenguaje ni la forma del lenguaje que utiliza el señor Milei”. Por eso, el jefe libertario se envolvió alegremente en los brazos de Ayuso, que antes de dedicarse a la política ejerció nada menos que el periodismo, un oficio que el Presidente habitualmente execra.
DIAS DE FURIA
Ya en Buenos Aires, el Presidente tuvo un momento de gozo: festejó el fallo del juez federal Marcelo Martínez de Giorgi quien, admitiendo la solicitud del fiscal Eduardo Taiano, lo sobreseyó (como a su hermana Karina y a otros involucrados en la denuncia presentada por damnificados) en la causa por el espinoso lanzamiento de la criptomoneda $Libra, que dejó un tendal. La causa ahora quedó procesalmente cerrada, no habrá apelaciones ya que la Justicia denegó previamente a los querellantes el carácter de damnificados. Milei celebró increpando (“mercenarios de la mentira”, “fabricantes seriales de operaciones”) a algunos de los periodistas que investigaron el affaire y los acusó de participar en una trama golpista. No inició ninguna causa judicial, pero sugirió que “hay que quemar en una hoguera a los h de p” (y no se limitó a las iniciales).
Se sumaron otros sinsabores. Patricia Bullrich (a menudo arriba de Milei en las encuestas de imagen) señaló que “está preparada” para la Presidencia. De inmediato agregó que la delantera la lleva Milei: ella no quiere apresurar ninguna ruptura, sólo va preparando el terreno para el caso de que la figura del Presidente como sinónimo del “proyecto”, se siga devaluando. En el curso de este año, Milei perdió 20 puntos de respaldo. Hay malpensados que sospechan que la senadora espera que esa devaluación ocurra, pero esas son suspicacias improbables. O incomprobables. Lo cierto es que la senadora Bullrich insiste en diferenciarse y pedir una economía que dé “respuestas rápidas a las necesidades de los hogares”, que es una crítica transparente a la situación económica. También ha dado un paso más que la Casa Rosada en relación con la elección brasilera. "La gente decide en las urnas y su voluntad se respeta. Ese es el principio fundamental de toda democracia. Tenemos profundas diferencias políticas con el nuevo gobierno de Brasil, pero nuestros países comparten una historia, intereses estratégicos y enormes oportunidades de cooperación", twiteó Bullrich. En relación con el reclamo de la justicia brasilera sobre Bolsonaro, agregó un argumento que en algún momento podrían llegar a citar los seguidores de Cristina Kirchner: “Es importante que la democracia no sea binaria en la que el que gana gobierna y el que pierde va a la cárcel".
DISTINTOS TONOS DE AZUL
Milei es el único de los presidentes de la región que no reconoció la victoria de Lula ni lo llamó para felicitarlo. “El gobierno toma nota de la elección brasilera”, transmitió el vocero Adrián Ravier. Otros presidentes de la llamada “onda azul”, cofrades de Milei, si se quiere, como los líderes de Paraguay, Ecuador o Perú reconocieron la victoria del dirigente del PT y lo felicitaron. Es interesante citar lo que dijo Abelardo de la Espriella, el presidente de Colombia: “En la campaña presidencial colombiana, el presidente Lula apoyó abiertamente a Iván Cepeda y gané yo. En la campaña brasileña, apoyé a Bolsonaro y ganó Lula. Ni Lula decide por los colombianos ni yo decido por los brasileños. ¡Decide la gente! Y cuando el pueblo se pronuncia en las urnas, su voluntad se respeta porque es sagrada. ¡En eso consiste la democracia! El presidente Lula y yo tenemos grandes y profundas diferencias políticas e ideológicas, pero coincidimos en algo fundamental: Brasil y Colombia se necesitan mutuamente. Ninguna consideración puede estar por encima de los intereses de nuestras naciones. Colombia y Brasil son países hermanos, con enormes desafíos y oportunidades compartidas. Tenemos mucho por hacer y trabajar en beneficio de nuestros pueblos. El respeto mutuo, la soberanía y la cooperación deben marcar nuestras relaciones, así como la lucha contra el narcoterrorismo y la minería ilegal, la protección de la Amazonía y el bienestar de nuestros ciudadanos”.
Argentina y Brasil necesitan encontrarse en función de los intereses nacionales, pasando por encima de las divergencias ideológicas. Hasta Donald Trump ha sido capaz de corregir su primer reflejo, impulsado por la ideología, y retiró de sus expresiones la referencia a “elecciones amañadas” en Brasil para disponerse a convivir con la realidad de la presidencia de Lula y pensar que lo importante para su país es “business as usual”. Ni Lula puede ignorar el peso de Estados Unidos, ni Washington puede omitir el peso de Brasil, que por otra parte ha sido su histórico aliado en la región. Conviene recordar la frase de un inglés, Lord Palmerston, que es un lema clásico en la política internacional: “No tenemos aliados eternos y no tenemos enemigos eternos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y esos intereses es nuestro deber seguir”.
Jorge Raventos
Fuente: https://www.laprensa.com.ar/Leccion-brasilera-no-conviene-comer-el-postre-antes-del-plato-principal-577358.note.aspx

La fuga de Flavio Bolsonaro, acusado de corrupción, lavado de dinero y evasión fiscal y requerido por la Justicia brasilera, fue el cierre de una semana fatal para el prófugo y también para el presidente argentino, Javier Milei, que había celebrado por anticipado lo que veía como inminente presidencia del representante de la derecha en Brasil.
