Jueves, 05 Noviembre 2026 11:58

Las “religiones” políticas y los políticos dioses - Por Carlos Mira

La llegada del Papa Leon XIV a Latino América nos permite reflexionar cómo justa y particularmente en esta región, la religión (y no me refiero en este caso solo a la católica) ha exportado a la política (y con ello en gran medida a la sociedad) el uso de un sufijo que en la religiones no solo está vastamente aceptado sino que es normal, correcto y sirve para explicar las creencias -comprensibles y respetadas- de cada uno.

Me refiero al sufijo “ismo”. Por el agregado de ese sufijo a un sustantivo que difiere según cada religión, uno puede situar rápidamente a una persona o a un grupo de personas en uno lugar o en el otro. Así, existen el catolicismo, el protestantismo, el islamismo, el budismo y así sucesivamente según cada una de las creencias.

 

En el campo religioso el uso de ese sufijo no es condenable porque claramente separa las creencias totalmente aceptables que cada persona pueda tener y, obviamente, no hay nada de malo en ello porque, en ese terreno, justamente no debe exigirse una unidad de creencias ni de pensamiento.

Pero cuando ese sufijo se traslada a la política la cuestión cambia, en mi opinión, radicalmente. En el laicismo que debería primar de la política lo importante es el acuerdo generalizado de la sociedad alrededor de un conjunto de principios civiles que, más allá de las diferencias de matices que pueda haber, amalgame a todos alrededor de creencias pétreas que, justamente, transformen al grupo humano que vive y pisa un mismo territorio en una nación única e indivisible.

La proliferación (ya a esta altura aceptada con total frescura) en las sociedades latinoamericanas de distintos “ismos” que distinguen tribus políticas con profundas diferencias que prácticamente tornan incompatible la convivencia entre ellas, pone en duda, entonces, la existencia misma de naciones unificadas bajo un inconmovible conjunto de ideas.

Pero hay un detalle que empeora un poco este de por sí oscuro escenario. Se trata del caso en el sufijo “ismo” que ya no se agrega a un sustantivo sino al apellido de una persona real de carne y hueso.

No hace falta enumerar los interminables ejemplos latinoamericanos en los que los distintos países han caído en este síntoma preocupantemente antidemocrático. Peronismo, castrismo, chavismo, lulismo, kirchnerismo, o mileismo son simples casuísticas de cómo los latinoamericanos hemos tendido a convertir a la política en algo parecido a las religiones incluyendo, en muchos casos, ritos de adoración a personas que, por ese solo hecho, se creen con derecho a sentirse por encima de la ley común.

En la Argentina, los casos de Perón y los Kirchner son, claramente, los más emblemáticos. Ayer comentábamos cómo la condenada por robo al pueblo argentino (saben que no me gusta usar el “resbaladizo” término “corrupción”), Cristina Fernández de Kirchner, sigue controvirtiendo la decisión ya tomada por las instituciones de la República respecto de quitarle para siempre la posibilidad de ejercer nuevamente un cargo público.

Ella basa ese desconocimiento en el internalizado convencimiento de que las reglas que se le deben aplicar a otros no corresponde que se las apliquen a ella, porque ella es una persona ungida por el “pueblo” en un altar que se encuentra fuera del alcance del orden jurídico ordinario. Ese es, justamente, un concepto derivado directamente de la visión religiosa de la política que se suponía terminada (por lo menos en la civilización occidental) luego de que cayeran las dinastías absolutas que gobernaron el mundo hasta las revoluciones liberales del siglo XVIII.

Aunque parezca mentira estos movimientos, que son los primeros en llenarse la boca con la palabra “democracia”, son los que retrotraen la manera de entender las relaciones sociales a las que el mundo acostumbraba a tener hace tres siglos, cuando la democracia no existía. Y tanto abogan por ellas que impulsan modificaciones a las constituciones democráticas para dar una pátina de legalidad a lo que no sería otra cosa más que un regreso al absolutismo monárquico.

Si uno observa los países avanzados, comprobará que es difícil encontrar en ellos (más allá de lo que pueden ser elaboraciones que no pasan el escalón de las simplificaciones periodísticas) el uso de “ismos” para distinguir facciones políticas y, mucho menos, utilizar ese agregado para adicionarlo al nombre de una persona de carne y hueso que solo se diferencia de las demás porque en lugar de dedicar su vida a ser médico, por ejemplo, la dedicó a ser político.

No hay “macronismo” en Francia, ni hubo “merkelismo” en Alemania, ni “obismo” en EEUU. Justamente la esporádica aparición del termino “trumpismo” debería ser una señal preocupante para este ultimo país, aunque, de nuevo, no sabemos si cuando vemos aparecer ese termino lo hacemos en el marco de una simplificación periodística o si realmente revela la aparición de un endiosamiento del actual presidente.

Lo que es aun más sintomático es que en esos países ni siquiera se echa mano del famoso sufijo para agregarlo a las denominaciones de los partidos (quizás con la posible excepción del Parido Laborista inglés). En efecto, en EEUU no se habla de “democratismo” o “republicanismo”, en Francia no se escucha la palabra “renacentismo” en referencia al partido del actual presidente o en Alemania el término “unionismo” para referirse a la colación del actual Chancellor.

El uso del sufijo “ismo” es una especie de sello de los países subdesarrollados y cuando uno tenga dudas sobre si un país lo es o no lo es, una buena pista sería averiguar si allí se usa el sufijo “ismo” para identificar partidos o, mucho más, si ese agregado se adiciona al apellido de un humano.

El endiosamiento de ciertos personajes es un claro índice de subdesarrollo social y político. A medida que los países se alejan del modelo de estar organizados alrededor de un conjunto racional de normas jurídicas que sean fruto de la reflexión y la elección (como diría Alexander Hamilton) se acercan a un modelo tribal de adoración pagana en la que los derechos de las personas dependen de las ocurrencias de los amos o de los dioses adorados.

Dejar en manos de ellos la respuesta al interrogante de qué puede ocurrir contigo es retroceder en el túnel del tiempo, por más que con sus alambicadas y demagógicas palabras te quieran convencer de que lo de ellos es lo “nuevo”.

Lo “nuevo” en materia de libertades individuales y derechos civiles fue descubierto, gracias a Dios, hace ya mucho tiempo. Solo aquellos que han llevado la terminología de las religiones al terreno de las relaciones sociales quieren venderte gato por libre y hacerte creer que elevar a un igual a vos a una esfera en donde su ley es diferente a la tuya, es la verdadera modernidad. No lo creas.

Escapa de los “ismos” como de la verdadera peste y seguramente emprenderás un camino que ponga más a resguardo lo único seguro con lo que has llegado a este mundo: tu innata libertad.

Fuente: https://thepostarg.com/editoriales/las-religiones-politicas-y-los-politicos-dioses/

Top