Miércoles, 22 Enero 2020 21:00

De corazones y billeteras - Por Luis Tonelli

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Todos los caminos conducen a Washington. Al menos cuando se tiene un país endeudado y sin demasiados dólares en la billetera. Claro, que hay caminos más largos o más cortos hacia Washington.

Pero tarde o temprano, con el país en rallenti o con el país destrozado, uno termina en el FMI pidiendo un préstamo. Le pasó a Mauricio Macri, que optó por ir tan directo a Washington a pedir dólares -cuando se terminó el idilio con los mercados privados en 2018- que ni el FMI ni la Casa Blanca estaban al tanto. Lo hizo primero a través de las redes, ese espacio virtual en donde el macrismo construía su Shangri La inexistente de meritocracias, inversiones y brotes verdes.

Alberto Fernández ha optado en cambio, o mejor dicho, no ha podido optar por ir directamente a Washington. El gobierno que preside está inmerso en una suerte de galimatías en lo que hace a las definiciones internacionales. Concedamos que el mundo está difícil. Los dos gigantes globales, Estados Unidos y China han dejado de formar la funcional Chimérica y han entrado en una fase de conflicto competitivo. Las economías se han cerrado, el flujo comercial debilitado y el crecimiento menguado.

O sea, menos dólares que entran a América Latina desde 2012, cosa ha signado la fase de decadencia de las experiencias populistas, terminando todas en experiencias pro mercado, que a su vez han sufrido también la continuación de la caída de las exportaciones y sus propios desaguisados. El país en 2011 exportaba 80 mil millones de dólares, desde 2012, 20 mil millones menos.

O sea, un ajuste era inevitable. Pero la Argentina es un país cuya economía se basa en la regla del manotazo: el que tiene la mano más grande, se lleva una porción más grande del gasto público. Ajustar es que la actividad caiga, que el Estado recaude menos, y que el déficit sea mayor, lo que obliga a ajustar más.

Por el otro lado, el conflicto distributivo por lo poco que hay, lleva a una guerra de precios (entre ellos los salarios) que generan inflación (máxime si, como en la época de Macri, el gasto social que implica más de dos tercios del gasto público estaba indexado). Tenes entonces estanflación sin posibilidad de stop and go. Se devalúa, inmediatamente la devaluación va a precios y se come la ventaja. Stop and stop.

Y la guerra entre China y Estados Unidos no solo repercute “contextualmente” sino que pone al país en un brete: una de las potencias es la que nos compra; la otra, la que nos presta. Entregarnos a China primero necesitaría que los chinos nos quieran de socios.

Segundo, que primaricemos aún más nuestra economía, que no puede competir ni por asomo con los salarios y la productividad china.

Tercero, una decisión de política exterior que nos pone en pie de guerra con la potencia que domina el patio trasero regional. Y cuando uno mira rápidamente lo que pasa, no es que el alineamiento con el gigante asiático y las otras potencias alternativas te garantizan la prosperidad: ahí la tenemos a Venezuela, reptando y desangrándose.

Las tasas de interés en el mundo están comparativamente bajas. La Argentina podría acceder a una refinanciación de la deuda que inicie un nuevo período de recuperación. Hay muchísima capacidad instalada ociosa. Rebotar no es tan difícil. Pero hoy al país no le cree nadie. Si Macri aspiraba a insertarse en un mundo imaginario de presidentes suaves y con camisas celestes, las ambigüedades de Alberto Fernández replican las de un mundo caótico, multiplicadas por las tensiones internas de su gobierno.

El camino corto a Washington está vedado porque el Frente de Todos es heredero del kirchnerismo, o mejor dicho del mito kirchnerista de la soberanía nacional. Convengamos que dicha soberanía nacional pudo sustentarte en que al país en esa época le sobraban los dólares, y así, haciéndonos los gallitos, terminamos asociados a Venezuela y a Irán.

Ahora, Alberto Fernández sabe que tiene que resolver rápidamente el tema de la deuda. En abril, si no está solucionado este problemita, el país entrará en un nuevo default que, cuanto menos, alejará a divinis las posibilidades de recuperación, con consecuencias sociales y políticas inimaginables. La necesidad y las restricciones lo obliga a ensayar el camino largo hacia Washington. Una de cal y una de arena. Y en esa lógica tiene que entenderse el viaje a Israel y la gira europea para explicarle a los líderes del mundo que la Argentina va a cumplir con sus obligaciones (cuando pueda).

Los tenedores de bonos que tienen que aceptar mayoritariamente la quita y alargamiento de los plazos que le propone el gobierno están desperdigados. Se necesita coordinarlos y liderarlos. Trump, que no se sabe si tiene sus patitos en fila, es el único que puede poner en fila a los patitos que nosotros necesitamos.

Hemos elegido el camino inverso. Empezar por los bonistas (y enfrentarlos con una prueba inicial, con la deuda de la provincia de Buenos Aires), luego conseguir el apoyo de los países amigos de Estados Unidos, y jugar la Gran Carta: el Papa. Para, por último, recibir el okey del FMI (sin ir ni a Estados Unidos ni a Brasil, donde gobierna la derecha).

Lo dijo Stalin socarronamente cuando preguntó “cuantas divisiones acorazadas tenía el Vaticano”. Ahora lo puede preguntar Wall Street. Esperemos que Alberto Fernández, Martin Guzmán y Joseph Stiglitz no terminen lamentándose “les hablamos con el corazón, y nos contestaron con el bolsillo”.

Luis Tonelli

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