Miércoles, 11 Marzo 2020 21:00

Dios ya no es más peronista - Por Luis Tonelli

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Hay una discusión en ciernes sobre el carácter peronista de este gobierno (como siempre sucede con todo gobierno peronista: una facción asume, y el resto agarra el peronómetro para juzgar sus políticas).

 

Del gobierno de Alberto Fernández, los peronistas tradicionales dicen que es, en realidad, un clon del extinto FREPASO, y nombran a los prominentes políticos de esa fuerza efímera que colaboran en su gobierno, caso, la secretaria legal y técnica, Vilma Ibarra. Incluso, estos peronistas de paladar negro se indignan con el inofensivo nombramiento del jefe fundador de esa fuerza como embajador en Perú, Carlos “Chacho” Álvarez.

Pero hay una evidencia superior que pone en duda cuan peronista es el gobierno de Alberto Fernández. Y es su suerte. Los presidentes peronistas, desde 1983, han tenido vientos favorables de la economía internacional (al menos unos cuantos años), mientras que los gobiernos no peronistas, llegaron al poder en situaciones de malaria internacional. Carlos Menem asumió anticipadamente en medio de una hiperinflación galopante, que tuvo sus remezones hasta que con la dupla convertibilidad-privatizaciones, aprovechó el overflow de capitales internacionales para endeudarse alegremente. Hasta que se le cortó el chorro con el efecto Tequila, pero pudo pasarle la papa caliente a Fernando de la Rúa, que se “comió” la crisis, sin poder salir del laberinto de la “convertibilidad”.

Néstor Kirchner, por su parte, llegó al poder con el 22% de los votos y el padrinazgo de Eduardo Duhalde, con el país en default y completamente devaluado. Pero ya la soja venía levantando tanto en precio como en demanda (los chinos que pasaban del campo a la ciudad, para satisfacer la demanda de productos baratos desde occidente, y cambiaban la dieta de arroz (que en chino es sinónimo de “comida”) por la de cerdo y pollo (que le encantaban nuestro “yuyo”).

Salvo el 2009, que recibió el impacto de la crisis de las hipotecas subprime estadounidenses, el kirchnerismo tuvo abundancia de dólares, sumando años tras años, récords de exportación. Sin embargo, ni siquiera esa avalancha de verdes le alcanzó al gobierno de Cristina Fernández, a partir de su segundo mandato, para emparejar la demanda interna de dólares. Los pesos tirados desde el helicóptero a través de un gasto público desenfrenado y subsidios para “todes”, impulsaron importaciones, viajes por el mundo y fuga de capitales que obligaron al Gobierno a sumar el impopular “cepo” al maquillaje que ya se hacía de las cifras de la inflación en el INDEK.

De nuevo, Cristina Fernández, aunque no en persona, pudo dejarle el presente griego de una economía incendiada, con 20.000 millones menos de ingreso por exportaciones (respecto a las 80.000 del 2012) y un déficit fiscal de 5% al presidente del no peronismo Mauricio Macri. El nuevo gobierno tuvo un changüí que De la Rúa no había tenido: la capacidad de tomar deuda de los mercados privados, cosa que se le cortó en el 2018.

El mega-super-hiper-prestamo que his friend Donald Trump le gestionó en el FMI no le sirvió para recobrar una confianza que su propia estrategia política de mantener a Cristina Fernández arriba del ring como la referente de la oposición impedía. La jugada maestra de entronizar a Alberto Fernández como su candidato a Presidente fue efectiva en los dos frentes: en el interno, la gente creyó en que el presidente iba a ser Alberto. En el frente externo, no, y el fly to quality de los mercados aterrados después de la sorpresa de las PASO, con números de segunda vuelta para “les Fernández” certificó la derrota de un JUNTOS POR EL CAMBIO, que ya había quedado en la lona en esa interna abierta.

Sin embargo, a Macri la alcanzó para pasarle la crítica situación a Alberto, sin tener que despegar anticipadamente del “helihuerto” diseñado por su consorte Awada en los techos de la Rosada. En lo que va de su gobierno, el Presidente ha tratado de emular la estrategia del Presidente Kirchner “no escuches lo que digo, mira lo que hago”, dada la novedosa partición entre un sistema hiperpresidencialista (en donde Alberto maneja todos los hilos de la economía) y un sistema hipervicepresidencialista (en donde Cristina gestiona su impunidad, y se erige como una Ayatollah de la Fe que regula lo que se dice y lo que se puede decir).

Pero los “mercados”, que han mostrado la sofisticación de un cosaco borracho, no alcanzan a divisar el mega ajuste que el peronismo si pudo hacer en las jubilaciones y le pide a Alberto que sobreactué su amor a los mercados (cosa que pudo evitar Kirchner gracias a la soja). No pudiendo viajar a Washington para rendir pleitesía al Imperatur Donald, Alberto optó por varias maniobras de flanco, en viajes al exterior para lograr amigos que intercedieran por él.

Pero hete aquí que aparece, no un cisne negro, sino una bandada de ellos: al terror por el coranavirus (que promete paralizar el crecimiento chino, y por ende la demanda de soja) se le suma el desplome del precio del petróleo, que arrasa con Vaca Muerta, el único activo que mostrábamos para prometerle a los bonistas tener de aquí a unos años los dólares para pagarle lo que les debemos. Y todo en medio de una negociación por la deuda, en donde caer en default no pondrá en una cuarentena a divinis de un capitalismo, por cierto, infectado.

En su reportaje con Viviana Canosa, el Presidente se lamentó que “el mundo se confabula para hacer más difícil nuestra salida”. ¿Un presidente sin suerte no puede ser peronista? ¿O será que Dios ha dejado de ser peronista (pese a que su vicario en la tierra lo es)?

Luis Tonelli

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