Domingo, 26 Abril 2020 21:00

Sigue la lucha, entre elogios y el infaltable fuego amigo - Por Eugenio Paillet

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El presidente Alberto Fernández se decidió por otra extensión de la cuarentena obligatoria con apenas una docena de breves excepciones, apoyado en dos sentimientos contrapuestos: por un lado, el enamoramiento de su alta valoración en las encuestas como el comandante en jefe de la batalla contra la pandemia, que podría depararle incluso triunfos políticos y mayores cuotas de independencia dentro de la coalición que integra, una vez que esta tragedia haya pasado. Y si efectivamente logra vencer en ese combate contra su enemigo invisible.

 

El otro factor que lo impulsó a alargar el encierro de millones de argentinos es un tanto más conocido y el propio presidente lo ha desgranado delante de su equipo asesor de científicos y en charlas con sus colaboradores más directos: el miedo. Miedo a que en medio de tantas presiones para flexibilizar la cuarentena, desde los empresarios y sindicalistas que reclaman abrir la economía hasta gobernadores que padecen ese descomunal parate en sus propios territorios. Y ahora psicólogos y otros profesionales que piden algún aflojamiento en el caso de los niños.

Alberto se lo dijo esta semana a Ginés González García en medio de los análisis sobre el alargamiento de la cuarentena con determinadas aperturas: “Al más mínimo rebrote que no controlamos, se vuelve todo a fojas cero, a la cuarentena dura”. Lo espanta en especial, dicen a su lado, el explosivo panorama en el conurbano bonaerense, donde según informes el aislamiento social no se está cumpliendo, los asistentes a comederos y merenderos se triplicaron en las últimas tres semanas, y los intendentes o dirigentes zonales advierten sobre un “fastidio social” que iría en aumento.

Hay un informe oficial que el presidente tiene en sus manos y que le genera una mezcla de sabor agridulce entre aquel buen pasar en las encuestas y el pánico a que un aflojamiento de las marcas derrumbe todo lo bueno hecho hasta ahora. En los tres cordones del conurbano, los más comprometidos de la provincia, en menos de tres semanas los contagios se dispararon. Dice ese informe: al 1º de abril, la provincia de Buenos Aires tenía un 15 % menos de contagiados que la Ciudad de Buenos Aires. Al 22 de abril, la provincia registra un 33 % más de contagiados que el distrito porteño.

En la tarde del jueves, Alberto escuchó un pavoroso panorama de la situación en ese foco crítico de la provincia de boca de Juan Carlos Alderete, Emilio Pérsico, Daniel Menéndez y Juan Grabois: hay hacinamiento y la cuarentena es de imposible cumplimiento, falta comida y “changas” para llevar unos pesos a la familia, y la ayuda oficial tarda en llegar. Lo que generó una reunión urgente del presidente con el ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo y su par González García.

Casi para la anécdota, Grabois aprovechó para dejar en la mesa una sugerencia que según el propio dirigente social provendría desde el Vaticano, lo que remite invariablemente al Papa Francisco: la aplicación de “un salario universal” para todos los habitantes. Una medida que en el Gobierno nadie atinaba el viernes a explicar ni en sus formas ni en sus fundamentos. Pero que Alberto escribió en el borrador que tenía adelante.

En el medio de esos enjuagues, el presidente tuvo que repartirse entre paladas de cal y arena. Por un lado, le endulzó aquel ego que sostienen las encuestas un elogio directo que le dedicó esta semana la influyente directora del Consejo de las Américas, Susan Segal, que supo cultivar buena relación con el matrimonio Kirchner.

“(El presidente) es un ejemplo en el mundo de cómo se debe luchar contra la pandemia del coronavirus”, dijo la dirigente demócrata durante una teleconferencia con funcionarios extranjeros y CEOs de empresas multinacionales con inversiones globales de la que participó el canciller Felipe Solá.

En cambio, debió fruncir el ceño justo cuando tiene que dedicar todo su empeño a combatir la pandemia, por las recurrentes andanadas de fuego amigo. Una vez más, cuando creía que aquel incidente por las compras con sobreprecios de alimentos por parte de Desarrollo Social sería lo más preocupante que le tocaría atender en su agenda diaria. Veamos.

En Olivos despotrican contra el secretario de Derechos Humanos, el camporista Horacio Pietragalla, que en medio de la pandemia fue tapa por sus pedidos de libertad para Ricardo Jaime y Martin Báez. El gobierno ya se había despegado de ese malpaso cuando desde el ministerio de Justicia dijeron que “se mandó solo, el gobierno no le pidió esa gestión”.

Sin embargo, Alberto lo citó a Olivos para pedirle explicaciones, pero tras cartón lo respaldó. Pietragalla, dicen, avisó que responde “únicamente al liderazgo de Cristina”, que fue la que lo recomendó para el cargo por pedido de Máximo Kirchner y el “Cuervo” Larroque, los coroneles de La Cámpora. “Alberto tiene otras preocupaciones, por eso no quiso el ruido de una renuncia ahora, en otra etapa menos turbulenta no sé…”, dijo la fuente.

Luego, queda claro que hubo una disputa entre el albertismo y el cristinismo en torno a la llegada de 200 médicos cubanos al país. En el Instituto Patria dicen que fue una “gestión personal” de Cristina ante el presidente cubano Miguel Díaz-Canel. En la Casa Rosada se abrieron: “El presidente no estaba al tanto, se enteró por los diarios”, dijeron. En verdad recibió un informe de Ginés, y no mucho más. Creen que lo de Cristina fue “claramente de sesgo ideológico”, no práctico.

Un acuerdo a mitad de camino permitió ahora que en caso de ser necesitados primero serán convocados los médicos ya radicados pero que esperan validar sus títulos, como colombianos, bolivianos, peruanos y venezolanos. Recién después Axel Kicillof podrá convocar a los generalistas cubanos.


Eugenio Paillet

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