Domingo, 07 Junio 2020 21:00

Gobierno bipolar: el presidente dialoga, la vice, confronta - Por Sergio Crivelli

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Mientras Fernández continúa cooperando con Rodríguez Larreta y elude polarizar con la oposición, su vice convirtió al Senado en un campo de batalla donde más que grietas ya hay trincheras.

 

Transcurridos seis meses de gestión queda claro que a Alberto Fernández lo nombró su vice. Este procedimiento anómalo produjo un gobierno bipolar o, en palabras de Gottfried Benn, que practica deliberadamente la esquizofrenia. Un gobierno en el que el presidente se muestra cada vez que puede confraternizando con quien podría ser el candidato opositor en 2023, Horacio Rodríguez Larreta, habla de unidad (“Dios no nos perdonaría que tengamos diferencias ante la emergencia”) y se abraza con todos por todo el país, mientras la vicepresidenta da guerra a la oposición en el Senado.

La vuelta al protagonismo de Cristina Kirchner se inició con su visita a Olivos a principios de abril tras regresar de Cuba y el proceso se aceleró progresivamente a medida que iban apareciendo los primeros signos de desgaste de Fernández a causa de una cuarentena inacabable.

Los voceros informales del presidente han dejado trascender que quiere eliminar el encierro, pero que el aumento de contagios se lo impide. Sin embargo, a esta altura ya no se trata de una cuestión sanitaria. Como ya se señaló en este espacio, el problema de quien se sube a un tigre no es subir, sino bajar. Lo que le está faltando es decisión política.

El error original consistió en aferrarse a una medida que sólo podía ser de cortísimo plazo y en la que persistió para justificar la falta de ideas económicas, creyendo que podría usar el virus como pretexto. En marzo los índices macro ya eran pésimos sin necesidad de cuarentena.

El desafío, entonces, es sólo en parte el encierro. En realidad, lo acuciante para Fernández es una combinación de carencias: la falta de liderazgo que le impide unificar una estrategia política, la falta de un plan integral de gobierno y la falta de decisiones de fondo. A estas últimas las posterga una y otra vez. Hace seis meses que está en el poder y se ignora su programa económico. Lo condicionó a un acuerdo por la deuda que se dilata permanentemente, de la misma manera en que posterga la vuelta a la vida normal de millones de ciudadanos.

En el caso del virus son evidentes la improvisación y la falta de información. El jueves confesó, después de 70 días de encierro, que “no estaba seguro de si habíamos tocado el pico o podía ser mayor”. No sólo el pico se corre, sino que ahora los anuncios de las prórrogas se harán cada tres semanas para dar lugar a otros temas en el discurso presidencial. Cree que está frente a un problema de comunicación. Empezó decidiendo por lo que le decían los sanitaristas y ahora ni siquiera sabe cuándo se producirá el número más alto de contagios.

Pero no solo navega a oscuras en materia sanitaria. Pretendía darle 10 mil pesos a 3,5 millones de personas y terminó dándoselos a 9 millones. No sabe cuántas personas viven en las villas del conurbano. No sólo decide tarde y con información poco confiable; lo hace en forma coral. En la cuestión del default no sólo oye al ministro Guzmán, sino que también opinan Stiglitz, los acreedores, el FMI, los empresarios locales “and last but not least”, la señora vicepresidenta. Con tantos opinantes no extraña que la cuestión siga en veremos. Pero el problema más grave tampoco es el de las dudas o de la excesiva meditación presidencial, sino la falta de liderazgo.

La primera en registrar el fenómeno y actuar en consecuencia ha sido Cristina Kirchner que abandonó, como diría Gabriel Mariotto, la variante moderada con que ganó las elecciones y volvió a la polarización. Lo hizo en el terreno que domina sin interferencias: el Senado.

El jueves la sesión por teleconferencia terminó con la desconexión de 29 opositores, pero lo importante no fue la agenda legislativa, sino el resultado político. Quedó a la vista que, si la oposición cierra filas, la ex presidenta no cuenta la mayoría de dos tercios para nombrar a Daniel Rafecas, ni a un eventual candidato propio en la Corte Suprema. De todas maneras, lo más importante tampoco fue eso, sino que el peronismo desconoció el acuerdo alcanzado con Juntos por el Cambio para restringir las sesiones por teleconferencia exclusivamente a cuestiones de la pandemia. Anticipó que ignorará ese entendimiento y tratará cualquier tema que se le ocurra, casi seguramente alguna forma de alivio a la situación judicial de Cristina Kirchner. En pocas palabras, que los acuerdos políticos son papel mojado.

Esta decisión derrumba no sólo cualquier intento de moderación, sino también entorpece la colaboración en medio de las crisis sanitaria y económica. Impacta bajo la línea de flotación de la “conducción” de Alberto Fernández, lo vuelve superfluo y abre una nueva etapa en la que el cristinismo se convertirá en un actor determinante para el rumbo del gobierno.

Sergio Crivelli
Twitter: @CrivelliSergio

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