La foto es clara: el gobierno nacional está en llanta. A la vista, aparece un primer triángulo de elementos que resultan los responsables más que evidentes del percance que hoy acosa al presidente Alberto Fernández, de los cuáles se derivan todos los demás, en medio de un desfiladero que se le va achicando día a día:
- Hacia atrás, el lastre de la muy mala herencia económica y social recibida de los gobiernos de Cristina Fernández y Mauricio Macri;
- En el momento actual, la inoperancia manifiesta para gestionar varios resortes-clave, entre ellos el área económica y puntualmente el capítulo de la reestructuración de la deuda, más la pasividad que muestra el resto de la Administración y la falta de pragmatismo derivado de rigideces ideológicas que le quitan al Gobierno capacidad de reacción y
- El presente griego de la pandemia, a partir de un primer manejo bastante exitoso de los aspectos sanitarios, aunque con la imposibilidad casi patológica de armar hacia el futuro una salida de más largo aliento en lo económico.
Después, por detrás, llegan en bandadas los fantasmas.
Mientras los números de imagen no son los de antaño, a sólo seis meses y algo de haber asumido, la dinámica de la situación está perforando al Presidente y él no parece muy dispuesto a emparchar la rueda. Fernández va lento, ya que acusa por estas horas una evidente fatiga de combate derivada de subir y bajar la misma piedra todos los días. Se lo observa más que complicado por la situación derivada del Covid-19 que él mismo, con toda razón, se ha puesto al hombro, pero está sin dudas acosado por los tironeos ideológicos que prevalecen en la propia coalición de gobierno, algo que la vicepresidenta Cristina Fernández ha complementado con el copamiento estratégico de muchos lugares que son cajas y unidades básicas a la vez (PAMI, ANSeS, AFIP, etc.).
En la lógica que hoy entorna a Fernández existe un postulado irrenunciable: no es que no sepamos arreglar las cosas, sino que los elementos que conforman el andamiaje jurídico para sostener lo que se conoce como república, en medio de la terrible situación social que se vive, ya no sirve para arreglarla y por lo tanto, se necesita barajar y dar de nuevo para asegurar muchos derechos, tirando abajo si es necesario la mismísima propiedad privada, cambiando la nómina de jueces y fiscales para asegurar el futuro de la nueva burguesía y para dejar libres a ciertos amigos. Y si no hay Congreso activo por la pandemia, entonces un oportuno DNU no se le niega a nadie.
Desde un costado menos teórico, pero no menos importante, Fernández parece también estar acosado por la necesidad casi patológica que tienen los populismos de dividir para hacer política y para evitar ser rotulados como los responsables de las calamidades, una estrategia de aprovechamiento político que generalmente es clasista (los rugbiers, los runners, los barrios privados), clichés que se parecen peligrosamente al odio y que ni siquiera se detienen en casos tan graves en materia de vidas humanas como el actual que deriva del coronavirus. Una maniobra, por otra parte, que automáticamente despierta profundos resentimientos del otro lado de la grieta y la consiguiente réplica.
En este aspecto, las nada casuales críticas hacia la CABA de parte del kirchnerismo bonaerense, sólo hechas para sacarse el sayo de la responsabilidad ante las muertes que se registren en el colapso sanitario que podría sobrevenir, pero también para desgastar al futuro rival político, terminan desacomodándolo a él mismo, quien parece haberse olvidado de aquel postulado de ser el “Presidente de todos” y se engancha en un relato banal e inconducente por atender quién sabe a qué voces interiores.
Si por necesidades políticas Fernández ha querido lucir distinto, de momento no lo está logrando y parece que ha dejado también en la vía a muchos “albertistas” que lo veían diferente. Con el inoportuno caso Vicentin en su mochila, su mejor crítica a la ciudadanía que no lo acompaña en esta epopeya de cabotaje que nadie entiende que odio fue la que la disparó, ha sido que está “confundida”, casi un espejo de su propia realidad, ya que en este maremágnum es él quien luce bastante desorientado con el rumbo que le quiere imprimir a su gobierno.
Otras veces, el Presidente se muestra más que irritable, ya que no sólo le promete el cielo a los empresarios y acreedores, sino que tropieza hasta el berrinche con una expropiación que amenaza con sacar a la Argentina del mundo, denigra a una periodista que hace su tarea a conciencia y juega al ‘sí pero no’ con el gobernador de Santa Fe, Omar Perotti, mientras le recuerda al juez del concurso el valor legal de un DNU y lo condiciona luego con un exasperante ultimátum: “o acepta la propuesta del gobernador Perotti o expropiamos”. Aunque le cueste admitirlo, sus permanentes zigzagueos son los que han empiojado mucho más la reestructuración de la deuda, un proceso al que con la ida de Latam de la Argentina le ha salido otro grano.
Estos tres temas están unidos por un hilo que va de las causas (Vicentin, Latam) a los efectos (renegociación de la deuda) y le han llegado al Gobierno todos juntos en muy mal momento, algo que para los ojos de los inversores internacionales es sinónimo de esperar a ver cuándo el automóvil se va a quedar al costado del camino sin aire en las demás cubiertas.
Un país que en nombre de alguna “soberanía” ad hoc decide en el caso de la empresa cerealera pasar no sólo por encima de las reglas de juego concursales, sino también de la propiedad privada o se aviene a tolerar que los gremios aeronáuticos beneficien a la competidora estatal de Latam con su postura de no aceptar una baja de sueldos acorde a los tiempos de crisis significa algo potencialmente más riesgoso a la hora de charlar con los acreedores que el sendero alisado que imaginó el ministro de Economía apenas tres meses atrás. Además, con los desajustes macroeconómicos que por estos días se suceden a velocidad del rayo (caída de recaudación y de reservas netas más déficit y emisión creciente), ya nadie sabe a qué cosa llama hoy “sustentable” Martín Guzmán.
Desde lo político, el caso Vicentin y su correlato chacarero pone a tiro al Presidente a que se le repita la historia que tuvo aquel desenlace fatal en el Senado, voto no positivo de Julio Cobos mediante. Sus recuerdos del año 2008 lo deben torturar bastante, ya que él era el jefe de Gabinete del conflicto con el campo derivado de la Resolución 125 y buscó siempre llegar a un arreglo. Por entonces, lo acusaban desde su propio gobierno, sin pelos en la lengua, de “servir” al Grupo Clarín. Fernández sabe muy bien que desde la Casa Rosada (o desde las oficinas de Puerto Madero que ocupaba por entonces Néstor Kirchner) eran expertos en desactivar de inmediato cualquier arreglo que él hacía con los ruralistas de aquella belicosa Mesa de Enlace.
Este periodista escuchó más de una vez de boca de funcionarios de por entonces el término “traidor”, palabra que estaba a flor de labio entre quienes respondían directamente a su amigo patagónico. Fue reflejado por entonces, pero hay que recordar el episodio para poner en perspectiva la desautorización ante un arreglo que Fernández en persona había hecho en el Congreso a fines de junio para desactivar las protestas. Esa tarde, los llamados que iban saliendo desde las usinas K hacia las redacciones decían “no le presten atención a ningún comentario de Alberto, que aquí nadie va para atrás”. Lo patético de esa jornada fue que Fernández no había llegado a la Casa Rosada y ya le habían volteado el acuerdo. A juzgar por sus innumerables zigzagueos en la cuestión Vicentin, ahora todo indica que podría estar sucediéndole lo mismo.
Por más bravatas o zancadillas políticas o interpretaciones leguleyas que se escuchen, en el campo de las “efectividades conducentes” lo cierto es que al día de hoy los porotos de la Cámara de Diputados no le dan todavía al oficialismo para conseguir el quórum que necesita para tratar allí la ley de Expropiación de Vicentin. En el Senado todo indica que será un trámite, pero en la Cámara Baja, Sergio Massa se las ha visto en figurillas para sumar voluntades que aseguren el tratamiento y ya se escuchan críticas desde las usinas K, persecutas que le endilgan al titular de Cámara viejas amistades con José Luis Manzano y sus socios mediáticos y financieros y creen que no se empeña demasiado.
Lo más objetivo pasa por la mayor parte de los diputados lavagnistas, los cuatro de Córdoba y también por algunos de Santa Fe, dos provincias donde el banderazo del sábado sacó mucha gente a la calle. Perotti no tiene legisladores propios, pero su investidura ha sido vulnerada tres veces por el poder central y no se va a esmerar demasiado. ¿Y el resto de las provincias agropecuarias? Por otra parte, el truco de sumar presencias impulsoras de proyectos alternativos para sacar luego el que se quiere aprobar ya parece demasiado conocido. Quizás no se llegue a un final con tanto suspenso como aquel de 2002, pero las dificultades para avanzar son, por ahora, bastante claras.
Como un Arlequino que busca denodadamente conseguir la conformidad de todos sus patrones, Fernández trata con poco éxito de volver a jugar al equilibrio, casi reeditando aquel proceso de la Resolución 125, calvario por el que pasó cuando la tozudez kirchnerista y las operaciones de esmerilamiento a las que lo sometieron desde el mismo gobierno que integraba lo obligaron a renunciar. Sin embargo, en esta novela de 2020 hay una diferencia crucial: hoy AF no es alfil sino rey.
Hugo E. Grimaldi


Mientras los números de imagen no son los de antaño, a sólo seis meses y algo de haber asumido, la dinámica de la situación está perforando al Presidente y él no parece muy dispuesto a emparchar la rueda.
