Lunes, 20 Julio 2020 21:00

Tensiones en el gobierno: entre lo habitual y lo extraordinario - Por Sergio Berensztein

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El del Frente de Todos es un caso único: es la vicepresidenta la que tiene un liderazgo más fuerte y además es la accionista mayoritaria en términos electorales.

 

En mi columna del sábado pasado, analicé los antecedentes históricos que ayudan a comprender los crecientes conflictos que afectan actualmente al FDT. En primer lugar, el vínculo entre presidente y vice suele estar caracterizado por la desconfianza, aun cuando pertenezcan al mismo partido. Esto se acrecienta significativamente cuando se trata de una coalición en regímenes presidencialistas, un formato intrínsecamente inestable ya que los acuerdos entre fuerzas diferentes alcanzan un funcionamiento mucho más armónico en sistemas parlamentarios o al menos semi presidencialistas.

Sin embargo, el del FDT es un caso único pues es la vicepresidenta la que tiene un liderazgo más fuerte y además es la accionista mayoritaria en términos electorales. Cada vez que CFK hace una de demostración explícita de su poder real, en la práctica debilita los atributos y las credenciales del presidente. Dicho esto, hay otra dimensión analítica que conviene tener en cuenta: el aprendizaje de los presidentes en general, sobre todo en términos de lidiar o incluso arbitrar las diferencias internas en sus coaliciones o partidos.

Al margen de la experiencia que un líder haya acumulado a lo largo de su vida, ser presidente no se parece a nada que uno haya hecho antes. Todos los desafíos tienen sus complejidades, pero el nivel de presiones, angustias y limitaciones que tiene un presidente (de cualquier país, en cualquier contexto) son evidentemente únicos.

En este sentido, el natural proceso de aprendizaje del nuevo cargo lleva más tiempo y esfuerzo de reflexión del que por lo general puede tener un presidente para recorrerlo. Aprender implica modificar y adquirir habilidades y conocimientos y, sobre todo, adaptar conductas y valores al formato y las restricciones que trae consigo la responsabilidad de gobernar. Sobre todo, resulta crítico poder definir prioridades y conformar un equipo de trabajo al cual delegar funciones específicas.

Las enormes expectativas que siempre surgen ante un nuevo gobierno llevan a que predomine un sentido de urgencia, en particular para responder a las demandas de las facciones o grupo de presión más poderosos. Eso implica seleccionar algunas cuestiones y, por ende, desplazar otros asuntos de la agenda presidencial. A menudo, el resultado es la acumulación de tensiones que, eventualmente, pueden más adelante transformarse en conflictos de una gravedad significativa.

Los políticos conviven con “internas” desde que se incorporan a la vida política. Desde los espacios más marginales hasta los cargos de mayor transcendencia, en política no hay nada más frecuente que las pujas intestinas, ya sea personales, por poder, ideologías, cargos o una combinación (compleja y a menudo cambiante) de todo lo anterior. De este modo, se acostumbran a una dinámica que, mirado desde afuera, puede parecer grave o extraordinaria, pero que desde su perspectiva son cosas prácticamente cotidianas u ordinarias.

En particular, teniendo en cuenta justamente el tiempo que lleva comprender la naturaleza de la labor de un presidente, es natural que se le otorgue mucha más atención a “lo nuevo”, mientras que se postergan los asuntos con los que uno está familiarizado. En efecto, si estas nunca produjeron impactos determinantes, no hay motivo para volverlas prioridades. Por el contrario, experiencias traumáticas tienden a convertirse en hitos o referencias ineludibles que permiten en todo caso desplegar tácticas o estrategias para no volver a repetirlas.

Ejemplos: a poco de comenzar el mandato de Alfonsín, proliferaron las pujas internas entre la Junta Coordinadora de la provincia y de la ciudad de Buenos Aires, sobre todo en la repartija de cargos y espacios de poder. Acostumbrado a las internas partidarias y abrumado por las exigencias de la transición, Alfonsín se mantuvo relativamente equidistante de esas peleas, que no fueron tan relevantes para explicar la profunda crisis en la terminó su administración.

Algo parecido ocurrió con Menem y los enfrentamientos entre “celestes” y “rojos punzó”: solo los memoriosos los recuerdan, aunque en su momento fueron foco de interminables análisis y crónicas. Sin embargo, el fracaso de la Alianza (incluyendo la renuncia de Chacho Álvarez) o el “voto no positivo” de Julio Cobos en ocasión del conflicto con el campo se volvieron acontecimientos de referencia inevitable en la política, sobre todo para no volver a repetir los mismos errores. Por eso, cada vez que expresaba sus diferencias con Mauricio Macri, incluso en cuestiones de valores o personas, Lilita Carrió aclaraba “yo no rompo”. También esto explica por qué Alberto Fernández invitó y sentó a su derecha para la celebración del 9 de julio a Daniel Pelegrina, presidente de la Sociedad Rural.

“No voy a ser tan tonto como para volverme a pelear con Cristina”, afirmó Alberto Fernández el año pasado. Eso no quiere decir que no puedan mantener serias diferencias, que se acumulen tensiones y que trasciendan en los medios de comunicación. O que, más allá de su voluntad, la ruptura en algún momento sea inevitable. Así como cambio de opinión respecto del memorándum de entendimiento con Irán, y de otras cuestiones, puede ocurrir lo mismo con su polémico vínculo con CFK. Sin embargo, puede que todavía el presidente esté acumulando información y recursos para definir qué hacer al respecto. La pandemia de alguna manera interrumpió su proceso de aprendizaje, aunque en sí mismo lo haya obligado a considerar otros aspectos y atributos del poder que tal vez no había del todo ponderado previamente.

Dos comentarios finales: en la práctica, las peleas entre políticos dentro de un mismo espacio o partido constituyen una “zona de confort”, y no sólo (o especialmente) en el peronismo. Además, los líderes cambian en función del contexto, las obligaciones y el aprendizaje en sus funciones. Cosas que se descartan hoy pueden ser inevitables o deseables más adelante. Es la naturaleza de un entorno siempre demandante y a menudo caótico como el de la política.

Sergio Berensztein

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