Comparados con los usuarios de Twitter, Facebook o Instagram, los impresores de panfletos que se arriesgaban a terminar en Siberia parecen menos que inofensivos; parecen irrelevantes. Pero el impulso hacia el control no cesa porque viene con los genes ideológicos que pueden ser indistintamente de derecha o de izquierda. El gen de la intolerancia lo portan tanto Trump como el populismo nativo de cualquier signo.
El peronismo tiene una rica tradición al respecto que se remonta al señor Apold y la inicua comisión Visca e incluye la expropiación de numerosos medios, entre otros el diario sobre el cual están escritas estas palabras.
Precisamente esos antecedentes fueron los que generaron las sospechas sobre la instalación de un observatorio gubernamental, Nodio, para chequear la información. Su responsable, la señora Miriam Lewin, aseguró anteayer ante una comisión parlamentaria que su objetivo no es la censura, pero el senador Oscar Parrilli, alter ego de Cristina Kirchner, la refutó al proponer que sea usado para detectar a los medios que difamen a los políticos.
En materia de comunicación el kirchnerismo sufre el suplicio de Sísifo: sube la roca a la cima de la montaña, pero ésta se desbarranca una y otra vez. Desde el poder manejó los medios oficiales con rigor soviético, pero con nula penetración porque hablaban a los convencidos. Probó, entonces, con medios privados de menor difusión, creó otros propios a través de empresarios amigos y hoy una amplísima mayoría de las voces periodísticas es oficialista, pero su credibilidad es baja. A los medios y periodistas que no reclutó los maceró a fuerza de pauta.
A lo que hay que añadir que cuando logró controlar gran parte del escenario mediático, se topó con el crecimiento de las redes que le resultan inmanejables y tóxicas. Todas las manifestaciones populares en su contra fueron organizadas desde las redes prescindiendo de medios y políticos. En síntesis, son sus peores enemigas. Enemigas, dicho sea sin ánimo de ofender, para las que la señora Lewin no es rival. Por eso la idea del observatorio es más patética que la de 678. Aquel indisculpable programa de TV era una torpe ofensiva contra los medios y periodistas críticos lanzada desde otro medio por otros periodistas, es decir en territorio común, usando su misma lógica y lenguaje. Un contrafuego. El observatorio, en cambio, es una estrategia burocrática, defensiva, autoritaria que usa el poder estatal para intimidar a los críticos, que nace sin credibilidad, la misma enfermedad que padece el presidente. En suma, otra señal de falta de ideas y de decadencia.
Sergio Crivelli
Twitter: @CrivelliSergio


Cuenta el poeta alemán Hans Magnus Enzesberger que en la desaparecida Unión Soviética las fotocopiadoras escaseaban y las que había estaban rigurosamente vigiladas por el simple motivo de que quienes las manejaban se convertían automáticamente en potenciales impresores, focos de difusión de ideas subversivas.
