Lunes, 26 Octubre 2020 12:23

La costumbre argentina de personalizar las crisis - Por Sergio Berensztein

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Es un hábito que no nos permite ver que las dificultades son inherentes al propio sistema y provienen de épocas en las que Néstor, Mauricio y Cristina eran todavía actores secundarios de la política.

Por estas horas, el país se encuentra en una situación económica crítica. Los tipos de cambio paralelos parecen no encontrar techo, por lo que la brecha cambiaria se ensancha cada día más. Las reservas del Banco Central languidecen y la expectativa de devaluación desalienta a las exportaciones mientras que incentiva a las importaciones (prácticamente de lo que sea, con tal de aprovechar un dólar a $80, al que solo los importadores pueden acceder). Según cifras del INDEC, en septiembre las importaciones crecieron un 3,1% mientras que las exportaciones cayeron un 18% (variación respecto al mes anterior).

Como resultado, el superávit comercial (uno de los pocos datos positivos que arroja la economía), que se ubicaba en torno a los USD 1400 millones durante los meses previos, se redujo hasta los USD 584 millones. Además, la brecha cambiaria fomenta maniobras dañinas para la economía como la sobrefacturación de las importaciones y la paralización de las ventas, por el temor que tienen los comerciantes a no poder cubrir en el futuro la reposición de los productos. También hay temor respecto a lo que pueda suceder con la inflación como consecuencia del aumento del tipo de cambio, el descongelamiento de las tarifas, confirmado por el gobierno nacional, y la inevitable, aunque probablemente limitada, reactivación económica. Estos tres factores podrían provocar una peligrosa presión sobre los precios.

En este escenario de profunda crisis, la inversión se contrajo de forma muy pronunciada: en 2020 será del 9,5%, es la tasa más baja desde que se tenga registro, e implica una verdadera tragedia para la competitividad futura.

Todos estos elementos dan cuenta de un rumbo de colisión seguro si no se logra revertir la crisis de confianza. Independientemente de lo que termine sucediendo, aunque parezca que nos encontramos en un momento culmine y decisivo, éste es tan solo un episodio más de la larga saga de crisis recurrentes que afectan incesantemente a nuestro país. La pandemia por Covid-19 y el desacierto de la política económica de los últimos años propiciaron esta catástrofe, que de todas formas no difiere mucho de la realidad y el trayecto previo. La Argentina viene sumida en una constante decadencia desde hace siete décadas, experimentando una reversión del desarrollo con altibajos, pero que permanece continua en el largo plazo, y con estallidos periódicos como el que estamos viviendo que aceleran esta tendencia.

A fines del siglo XIX y comienzos del XX, la Argentina era uno de los países más ricos del planeta, con un PBI per cápita que superaba a las naciones que hoy envidiamos. Sin embargo, así como Japón se convirtió en un caso de estudio típico para analizar el camino hacia el desarrollo, a nuestro país le ocurrió lo opuesto: nos hemos convertido en un caso manifiesto de retroceso.

Hoy en día, con el aumento precipitado del tipo de cambio, los argentinos poseen salarios ciertamente ridículos. Con el dólar libre en $195, el salario mínimo vital y móvil de octubre (18.900 pesos) equivale apenas a 97 dólares. Es el más bajo de la región, excluyendo a Venezuela.

Un análisis reduccionista señalaría con nombre y apellido a los responsables, seguramente en función del lado de la grieta en donde uno se ubique. Aquellos que simpatizan con el actual gobierno culparán a Mauricio Macri, Marcos Peña, Nicolás Dujovne y al resto de su gobierno. Desde la vereda de enfrente, los votantes identificados con la oposición señalarán a Néstor y Cristina Kirchner, Alberto Fernández y Axel Kicillof.

En la Argentina, la personalización de los problemas no nos permite ver que éstos son más profundos que los meros nombres propios. Por supuesto que a aquellos que han tenido responsabilidad de gestión les cabe su correspondiente cuota de responsabilidad por los errores de diagnóstico, el desacierto en materia de política económica y la inacción consciente con tal de no perder apoyo electoral. Pero las dificultades por las que atravesamos son inherentes al propio sistema y provienen de épocas en las que Néstor, Mauricio y Cristina eran todavía actores secundarios de la política. Ellos en todo caso son responsables por convivir y acelerar la inercia, no por instaurarla. Los vicios y deficiencias enraizadas en nuestras instituciones son más relevantes que los nombres propios, porque se heredan y se conservan independientemente de que partido (o coalición) ocupe la Casa Rosada. Los actores son protagonistas de una trama más profunda que merece mayor atención.

Una verdadera transformación requerirá un cambio sustancial en la estructura económica que incluya múltiples aspectos, a destacar: una reforma impositiva que aliente el desarrollo productivo, el establecimiento de reglas claras que promuevan la inversión, un programa de fomento para las exportaciones y el restablecimiento de una de las principales instituciones que hacen a una economía, y de la cual hoy carecemos, la moneda. Desde el punto de vista político probablemente se requiera un cambio en el sistema político, que rediscuta el maltrecho federalismo y acote la posibilidad de daño del hiperpresidencialismo argentino que hoy se encuentra agotado. La organización institucional también merece un replanteamiento: se han multiplicado los órganos de gobierno sin que esto implique una mejora en la eficiencia a la hora de brindar los bienes públicos esenciales. Muchos de estos organismos poseen funciones superpuestas y responsabilidades difusas que lejos de fortalecer al Estado, lo inmovilizan. Es necesario dotar al Estado argentino de una estructura dinámica y transparente que permita modernizar su funcionamiento, aprovechando eficientemente los recursos fiscales.

Hace décadas que la Argentina no logra romper esta lógica inercial de crisis recurrentes, independientemente de los protagonistas políticos. La situación sería absolutamente más sencilla si el problema de nuestro país fuese una cuestión de nombres propios, eso significaría que una vez alejados de la escena política los supuestos responsables de los males que nos afectan (algo que hoy quizás parezca difícil, pero necesariamente terminará sucediendo), los obstáculos desaparecerían y las dificultades podrían superarse. La realidad es más compleja y delicada, ya que sin importar quién nos gobierne, seguiremos sumergidos en la decadencia y de crisis en crisis, si no se produce un cambio profundo que siente las bases para un desarrollo estable y duradero.

Sergio Berensztein

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