Mauricio Macri reaccionó ante el desastre antes que CFK. Abandonó su mutismo para avalar la línea dura: la de sus votantes que salieron a la calle contra el gobierno y la de Patricia Bullrich que estaba batallando sola contra los sectores pactistas del PRO encabezados por Horacio Rodríguez Larreta.
Elisa Carrió también rompió el silencio, pero no para embestir contra el gobierno, sino paradójicamente, contra el propio Macri y en apoyo de Fernández. No perdió la brújula; simplemente funciona como vocera de Rodríguez Larreta, que estuvo de luna de miel con Fernández hasta que le sacó dos puntos de coparticipación.
Apoyar a Fernández contra CFK no es una idea brillante. Abrazarse a un gobierno muy golpeado es como atajar un piano que cae de un sexto piso. Pretenden mantener con vida al gobierno para que no vuelva la polarización Macri-CFK, pero esa ilusión durará sólo hasta la próxima carta.
Con su embestida contra el ex presidente Carrió firmó su ingreso al club de la “rosca” peronista del PRO, de Monzó, Santilli y varios más, que no tienen votos pero opinan que “Macri ya fue”. Sin embargo, Macri tiene un 30 a 35% de voto duro. Como CFK.
Lo que está en juego, en resumen, es el liderazgo de la oposición que tiene sólo dos candidatos: Rodríguez Larreta y Macri. Carrió políticamente está agotada, pero tiene un arma peligrosa, romper la coalición opositora, como hizo con los distintos partidos que formó durante su carrera. La unidad es clave para ganar el 2023. Tanto para el peronismo como para la oposición.
Hasta aquí su objetivo y estrategia. El campo de batalla que eligió para medir fuerzas con Macri es el de la designación del Procurador General de la Nación, actualmente trabado en el Senado, porque la oposición no da a Daniel Rafecas, el candidato de Alberto Fernández, la mayoría de dos tercios para acceder al cargo.
El argumento de Carrió en defensa de Rafecas no es débil, sino siniestro. Alega que Cristina Kirchner hará reformar la ley de la procuración y aprobará con mayoría simple un candidato peor que Rafecas. Elige el mal menor, se relaja y goza. Los senadores radicales ya le dijeron que no votarán al candidato presidencial. ¿Por qué? No porque aborrezcan transar con un gobierno peronista, sino porque no quieren ser arrastrados a ese acuerdo por una ex correligionaria. Desde 1946 los herederos de Alem son pactistas compulsivos. Desde Balbín hasta Alfonsín, pasando por Nosiglia. Hasta Frondizi, líder de la “intransigencia” terminó arreglando con Perón. La mayoría quiere un entendimiento. Pero tan importante como pactar es estar en los primeros lugares de la fila. Los últimos reciben menos.
Sergio Crivelli
Twitter: @CrivelliSergio


La carta de desahucio de Cristina Kirchner a Alberto Fernández puso en marcha anticipadamente la interna opositora. En Juntos por el Cambio creen que por el actual camino el gobierno sufrirá un fuerte voto castigo el año próximo.
