Viernes, 12 Marzo 2021 09:06

Peronismo: sumas que restan o alientan divisiones - Por Jorge Raventos

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Las tensiones y torpezas de la política conspiran frecuentemente contra las oportunidades que pueden abrirse al país para afrontar mejor las situaciones críticas. La circunstancia de que 2021 sea un año electoral incrementa esa proclividad.

Los sucesos de los últimos días en Formosa son un ejemplo: el gobierno provincial, condicionado por un marcado crecimiento de los casos de Covid en el vecino Paraguay y ante la lentitud con la que avanza el proceso de la vacunación en el país, decidió volver a usar el costoso recurso del aislamiento y reimplantó la Fase 1 de sus protocolos antipandemia.

Un sector de la sociedad formoseña -sobre todo comerciantes y otros grupos urbanos económicamente sofocados por la extensísima cuarentena- reaccionó con ira, se movilizó y enfrentó a la policía provincial, que respondió con inusitada violencia.

En circunstancias tan cargadas, una chispa puede encender la pradera. La Conferencia Episcopal lo advirtió de inmediato en un documento transparente: "Ciertamente es preciso adoptar todas las medidas sanitarias que sean necesarias para combatir el Covid-19, dentro de la razonabilidad y conforme al contexto de su circulación, pero de ninguna manera puede aceptarse el ejercicio de cualquier forma de represión violenta contra ciudadanos que reclaman por la plena vigencia de sus derechos humanos y sociales".

El jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, expuso la posición del gobierno nacional: "El Estado debe garantizar la libre expresión pacífica de la ciudadanía. En momentos de angustia colectiva, tiene que primar la serenidad. La violencia nunca es el camino. Y mucho menos la violencia institucional".

El ex candidato a vicepresidente de Juntos por el Cambio, Miguel Pichetto, analizó la situación con apreciable equilibrio y objetividad: "El excesivo celo de Formosa por cuidar la salud los lleva a tomar decisiones que son erróneas en términos de cierre, pero esto lo que muestra es que para la gente ya no es posible volver a cerrar actividades y la economía".

Para otro segmento de la oposición, sin embargo, el caso de Formosa, más que objeto de un análisis ponderado debe ser un blanco de ataque: ese sector considera que Gildo Insfrán es una especie de Nicolás Maduro local, expresión cercana de ese chavismo que la oposición empezó adjudicándole al kirchnerismo pero que ahora aplica al oficialismo en su conjunto.

Es cierto que Insfrán gobierna la provincia fronteriza desde 1995, también es cierto que siempre llegó por la vía electoral. Para los estrategas de la oposición el gobernador formoseño podrá ser electoralmente invencible en su pago chico pero es una presa fácil ante la opinión pública urbana del país y en el año electoral puede ser utilizado como emblema negativo del oficialismo.

Muchos evocan la influencia que tuvo en 2006 el "Frente de la Dignidad" que encabezó el exobispo emérito de Puerto Iguazú, monseñor Joaquín Piña, cuando derrotó la intención de imponer en Misiones la reelección indefinida del gobernador, impulsada por el caudillo local Carlos Rovira y respaldada desde Buenos Aires por Néstor Kirchner. Fue la primera resistencia triunfante de clase media frente al kirchnerismo. Dos años después vendría la resistencia generalizada del campo.

El núcleo duro opositor hace lo que suelen hacer las oposiciones: administra vitriólicamente la información, exhibe hechos que le vienen bien a sus fines, olvida otros que contradicen sus definiciones (por caso, la reciente exigencia del gobierno al régimen de Maduro para que cumpla con las exigencias de la Comisión Bachelet de la ONU y deje de perseguir opositores y periodistas) y aplica colores vivos a los defectos del adversario. El gobierno, más que indignarse ante esas conductas obvias, debería evitar errores propios y ejercer con solvencia y eficazmente la autoridad legítima.

Como Insfrán ocupa la presidencia del Congreso del PJ y es un decano entre los gobernadores sobre los que el Alberto Fernández busca apoyarse, a la Casa Rosada le resulta difícil reprenderlo por los excesos que pueden ocurrir en su provincia. Las palabras críticas a las que se atrevió Santiago Cafiero fueron parte de un tweet personal del jefe de gabinete, no constaron en ningún comunicado oficial.

DIVIDIR PARA GANAR

Así, la lógica de la polarización se va imponiendo y hace prever un fuerte potencial de tensiones por delante, en condiciones de eclipsar las señales más prometedoras que permite entrever la economía: el dólar sigue tranquilo, la crisis devaluatoria y la amenaza de hiperinflación que algunos auguraban parecen disiparse. El rango de los problemas económicos se va ajustando. El mundo recalcula y corrige hacia arriba las previsiones de crecimiento de la Argentina para el año en curso.

En natural que la oposición empiece a buscar puntos vulnerables en el gobierno más allá de la economía (Formosa, "vacunagate", etc.). Y que explore con interés las ayudas (voluntarias o involuntarias) que pueden llegar desde el interior del peronismo (donde los marginados y víctimas de la maquina K no escasean). La semana última Florencio Randazzo consiguió títulos y atención mediática cuando, tras un paréntesis de silencio, emergió para caracterizar al actual oficialismo como un sistema político armado en función de los intereses de una familia, y a Alberto Fernández como "un Presidente sin poder político, con una gran desvalorización en relación a su palabra".

En esas condiciones, plantea Randazzo, "se genera la posibilidad de una tercera vía (...) si podemos lograr romper esa polarización que tanto daño nos ha hecho". Mientras Randazzo propone una reedición de la "avenida del medio" que quedó desmantelada, inconclusa y encogida en el último comicio, ayer se presentó la Alternativa Republicana Federal en San Miguel -patria chica de uno de sus animadores, el ex intendente Joaquín de la Torre-, otra congregación de origen peronista, pero ésta no enderezada a romper la polarización, sino a engrosar con personería propia la coalición opositora. Allí forman desde el principio Miguel Pichetto, el misionero Ramón Puerta, el salteño Juan Carlos Romero y Claudia Rucci, hija del asesinado líder cegetista de la década del 70, hombre de confianza de Juan Perón. Esas dos vías de reagrupamiento de militancia y votantes de genética peronista son ya una fuente de preocupación para los planificadores electorales del Frente de Todos.

El actual oficialismo ganó en 2019 porque -ya debilitada aquella "avenida del medio" que alentaban Sergio Massa, Roberto Lavagna, Juan Schiaretti y Miguel Pichetto- las variantes más numerosas del tronco peronista pudieron ofrecer una expresión razonablemente unificada (Cristina, Alberto, Massa, gobernadores, gremios, movimientos sociales) que insinuaba, con la candidatura de Fernández y el paso atrás de CFK, la voluntad de gobernar y corregir los pecados políticos que habían determinado la derrota ante Macri en 2015.

La esperanza de que, con el ejercicio del gobierno, la figura de Fernández se fortaleciera y consolidara una nueva articulación en la que las formas más incómodas o provocativas del pasado fueran sosegadas, contuvo durante un período a los sectores más distantes del mundo K.

La pandemia y el papel que jugó el Presidente en una primera etapa, conduciendo a un conjunto más extenso que el frente oficialista y apoyándose en un discurso cooperativo y moderado, fortalecieron aquellas esperanzas. Pero después las cosas se complicaron, hubo que extender la cuarentena más allá de las expectativas iniciales, las tensiones crecieron. Y en el plano interno del gobierno empezó a expandirse el peso K. La señora influye por los votos que suma en el conurbano, pero ¿quién calculará los votos que restan sus ofensivas?

Para detectar esto hay que observar el fenómeno de los peronistas que piensan en otros rumbos.

LULA, MORO, CRISTINA Y LOSARDO

El kirchnerismo, como sector dominante de la coalición oficialista corre permanentemente el eje de prioridades del gobierno: los problemas judiciales que afectan a la expresidenta y muchos ex funcionarios trepan en la atención de la coalición y se vuelcan sobre el gobierno. La presión reclama que el gobierno haga suya sin cortapisas la teoría del "lawfare", es decir, la idea de una conspiración contra los liderazgos políticos de origen popular en la que están complicados sectores judiciales, políticos y mediáticos.

Un mes atrás, en esta columna, señalamos que la evolución de la causa "Lavajato" en Brasil tendría consecuencias en ese sentido entre nosotros. "En Brasil se está desarrollando un proceso que podría avalar las teorías del lawfare que esgrimen algunas voces en nuestro país -advertíamos entonces-. Desde hace meses se conocen públicamente algunos mensajes intercambiados por el entonces juez Sergio Moro y un grupo de fiscales de Curitiba (...) que mostraban una colusión evidente entre el magistrado y los procuradores y la no menos notoria motivación política de todos ellos de marginar a Lula y a su partido (...) con esos elementos de juicio, el Tribunal Supremo debe pronunciarse en un juicio sobre el comportamiento del ex juez Moro y también sobre la validez de esas investigaciones y de aquel juicio y sus consecuencias políticas y judiciales". Esta semana se declararon inexistentes las penas que sufría el expresidente Lula Da Silva, éste recuperó sus derechos políticos (y probablemente sea candidato el año próximo) mientras el ex juez Moro está en capilla, a la espera de un juicio.

En ese contexto, la semana última, el alegato de la señora de Kirchner ante el tribunal que la juzga por el "caso del dólar futuro" fue toda una exposición programática sobre el lawfare.

Esa exposición supuso una frontera para la ministra de Justicia, Marcela Losardo, que ya venía sufriendo embates del kirchnerismo y de la propia vicepresidenta. A Losardo se le imputaba lo que suele definirse como "falta de actitud", es decir, insuficiente intensidad en la defensa de las reformas de la Justicia que la señora de Kirchner impulsa y, sobre todo, escasos logros en las causas que la señora sobrelleva en los tribunales federales.

La renuncia de Losardo -amiga y socia de Alberto Fernández- descolocó al Presidente, que ha necesitado un período extenso, primero para resignarse a esa ausencia y, para definir un reemplazante. Mucho tiempo, mucho desgaste. Fernández va perdiendo piezas y no da signos de reaccionar.

El paulatino fortalecimiento interno de la señora de Kirchner y sus seguidores debilita al Presidente, pero también al conjunto de la coalición oficialista. La situación que en 2019 obligó a la señora a abdicar de la candidatura presidencial en beneficio de Fernández no ha variado mucho. Ella y su política siguen generando resistencias fuertes en la mayoría del electorado, aunque pueda contar con el voto fiel de una porción significativa, sobre todo en los segmentos más vulnerables, en el conurbano bonaerense. El Frente de Todos buscará preservar su unidad rumbo a la elección de octubre, pero no puede descuidar la posibilidad de que los desvíos posibles que ya se insinúan le arrebaten votos del caudal obtenido en 2019. Una caída importante o -peor- una derrota seguramente tendrá influencias sobre la gobernabilidad.

En su alegato de la última semana, la señora de Kirchner deslizó una profecía inquietante: "Va a llegar un momento de crisis tan grave que va a ser revisada la totalidad del poder".

Jorge Raventos

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