Domingo, 09 Mayo 2021 06:55

Qué fue de los sectores moderados del Frente de Todos - Por Sergio Berensztein

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La radicalización del Presidente y el avance de la visión del Instituto Patria puso en retirada a intendentes, gobernadores y sindicalistas no kirchneristas.

El jueves, al finalizar la reunión que el presidente Fernández mantuvo con la cúpula de la CGT, Antonio Caló (secretario general de la UOM) respaldó a Martín Guzmán. Se trata de un apoyo tímido de apenas una fracción del sindicalismo luego del affaire que el ministro de Economía mantuvo con su subsecretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo. Lo cierto es que en las últimas semanas Guzmán cosechó más detractores que apoyos dentro de su coalición. Los sectores más ligados al kirchnerismo cuestionan al ministro, incluso de forma pública, desautorizándolo y limitando su margen de maniobra (tal como quedó demostrado con las tarifas de los servicios públicos, las cuales aumentarán por debajo de la inflación). Mientras tanto, los sectores moderados del Frente de Todos se mantienen en silencio.

La presión de los sectores kirchneristas y la radicalización de la agenda no es exclusividad de la cartera que conduce Guzmán, también se pone de manifiesto en los ataques contra la justicia, el enfrentamiento con la oposición, los vínculos internacionales que impulsa el gobierno y la visión “zafaroniana” de la inseguridad y en prácticamente todas las dimensiones de la política pública, por ejemplo, la frustrada embajadora en Rusia, Alicia Castro, atacó duramente al nuevo ministro de transporte, Alexis Guerrera, por el polémico tema de la Hidrovía. Más allá de la radicalización que sufrió Alberto Fernández, lo cual fue condición necesaria para que avance la visión del Instituto Patria, el resto de los factores de poder moderados que también integran el Frente de Todos se han batido en retirada. ¿Dónde están los intendentes, el sindicalismo y los gobernadores? ¿Por qué no opinan e influyen también ellos en la agenda del gobierno? Con su retracción, lo que termina predominando en la coalición es la visión kirchnerista.

Luego de años de caída del empleo formal y con el duro golpe que representó la pandemia, el sindicalismo se encuentra muy debilitado. Una de las razones por las cuales la CGT se reunió el jueves con el presidente Fernández fue para solicitarle la conducción de la Superintendencia de Servicios de Salud. Aunque para el sindicalismo puede significar un lugar de importancia, ya que se trata del organismo que controla a las obras sociales, dentro del organigrama general del gobierno se trata de una posición menor. A pesar de esto, el presidente hizo oídos sordos al pedido y nombrará en el cargo a Daniel Alejandro López, un médico cirujano amigo íntimo de Ginés González García, lo cual da cuenta de la capacidad de influencia menguada con la que cuenta la CGT.

A medida que el sindicalismo se fue constriñendo, los movimientos sociales fueron avanzando. En la Casa Rosada no hay ninguna oficina para los sindicatos, pero sí las hay para algunos representantes de las organizaciones sociales, lo cual da cuenta del cambio de paradigma que el kirchnerismo le imprimió al peronismo. El sindicalismo, otrora “columna vertebral” del movimiento justicialista, tampoco puede, como en el pasado, convocar a un paro para exigir que sus intereses sean escuchados, porque en el marco de un fuerte aumento del desempleo un paro se torna casi irrelevante. No solo hay pocos cañones, sino que además la pólvora está mojada.

Entre los intendentes hay reacciones espasmódicas. Hace unos días, Juan Zabaleta, que gobierna Hurlingham, envió un mensaje hacia el interior de su coalición afirmando que hacía falta entender que la cabeza del gobierno era el presidente Fernández (ya es un mal síntoma si debe ser aclarado). También Fernando Gray, intendente de Esteban Echeverria, intenta sostener cierta autonomía y se opone a que Máximo Kirchner controle el PJ bonaerense. A pesar de estas reacciones, los intendentes no representan una fuerza homogénea. Son voces testimoniales sueltas que no logran evitar el avance kirchnerista dentro del peronismo bonaerense ni tampoco influyen sobre la política pública.

Por último, está el caso de los gobernadores, quienes se han replegado en sus territorios y adoptaron una postura de “esperar y ver”. Fueron cruciales en la conformación del Frente de Todos y en la campaña del 2019, aportando votos y financiamiento. A pesar de que respaldaron al presidente Fernández en algunas cuestiones específicas como la reciente disputa con la Ciudad, no tienen una presencia relevante en el gobierno nacional. De hecho, son muy pocos los funcionarios que lograron colocar y que responden al interior (a pesar de que el presidente Fernández dice ser “el más federal de los porteños”).

Los actores que antes iban a configurar un contrapeso moderado a Cristina Kirchner y los sectores más duros, se encuentran descoordinados entre sí, sin una agenda común y sin liderazgo. El presidente Fernández, que parecía tener los atributos para dirigir esta visión alternativa, ha mostrado una faceta diametralmente distinta al avanzar en su presidencia y su perfil moderado ya es parte del pasado. Frente al desdibujamiento de Alberto Fernández, quien logra fortalecerse es Sergio Massa. Su acuerdo con Máximo Kirchner le permite reafirmarse dentro de la coalición, aunque al mismo tiempo limita su autonomía y su capacidad para criticar aspectos del gobierno con los que no está de acuerdo. De todas formas, el jefe de la Cámara de Diputados intenta avanzar con iniciativas que le permitan diferenciarse y conservar el apoyo de los sectores medios, como la modificación del impuesto a la ganancia o el reciente dialogo en buenos términos con la oposición para posponer las PASO. Aunque logra parcialmente separarse de los sectores más duros, no hay tampoco una presencia contundente de Massa que le permita liderar un núcleo de poder alternativo.

Surge aquí la pregunta: ¿Este cuadro de situación es permanente o transitorio? ¿Puede ocurrir algo que modifique este equilibrio de poder y les permita a los grupos moderados recomponer su capacidad de influencia? Una derrota electoral contundente (con el potencial de prever un triunfo de la oposición en 2023) o una crisis económica terminal podrían generar un reacomodamiento de fuerzas dentro de la coalición y modificar el peso relativo de cada uno de los actores. Por el contrario, si el oficialismo triunfa en las elecciones (o sufre una derrota menor) y si la economía logra evitar una crisis mayor, las posibilidades de que los sectores radicalizados cedan el terreno que han ganado es muy poco probable.

Sergio Berensztein

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