Lunes, 24 Mayo 2021 12:01

Ni derrotismo excesivo, ni partido liquidado - Por Sergio Berensztein

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La mayoría de los votantes irá a votar con un ingreso menor al de octubre de 2019, cuando le otorgó al Frente de Todos, el mandato de mejorar su economía. Sin embargo, esto tampoco garantiza el voto para Juntos por el Cambio.

En el día de ayer, el expresidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, publicó un artículo titulado “Por qué el kirchnerismo ganará en 2023” (aunque refiriéndose también a las legislativas de este año). En su argumentación presenta el teorema del votante medio: a lo largo del espectro de preferencias, coloca en una punta a los que creen que “el Estado te salva” y en la otra a los que creen que “el mercado es el único camino al crecimiento”.

Para Sturzenegger, la visión antimercado que predomina en la Argentina hace que, a medida que la sociedad se empobrece, el votante medio se mueva hacia el grupo de los que creen que el rol del Estado es más importante. Entonces, la fuerza política que construye una épica del Estado presente (el Frente de Todos) termina obteniendo el apoyo de la mayoría (sin que importe tanto si ese Estado está o no presente en realidad).

El artículo de Sturzenegger resulta útil para comprender solo una parte de la dinámica electoral y existen diversos elementos que pueden ser discutidos para alcanzar una comprensión más completa de este complejo fenómeno. Por empezar, para demostrar la visión antimercado que predomina en la Argentina, Sturzenegger se refiere a un estudio de Pew Research Center en el cual se les pidió a personas de 44 países que expresen su acuerdo o desacuerdo con la siguiente frase: “La mayoría está mejor en una economía de mercado, aun cuando algunas personas son ricas y otras pobres”.

El teorema del votante medio

En la Argentina, un 33% está de acuerdo con esta afirmación y un 48% está en desacuerdo. Lo importante es que estos resultados se obtuvieron en 2014, justo antes de la victoria de Mauricio Macri. Esto demuestra que la visión antimercado que efectivamente impera en la Argentina no garantiza una victoria para el Kirchnerismo, ya que existen otros factores que moldean las preferencias de los votantes.

El teorema del votante medio, aunque es valioso a la hora de analizar y predecir comportamientos electorales, no es la única hipótesis. Siempre es preciso comprender los procesos electorales considerando otras múltiples dimensiones. Además, el teorema del votante medio tiene un mayor poder explicativo en elecciones presidenciales, en las que se obtiene la victoria al alcanzar la mayoría de los votos (para legislativas como las de este año pierde robustez).

Pero incluso en elecciones presidenciales puede resultar endeble, ya que el sistema argentino a dos vueltas (con la necesidad de obtener el 45% de los votos, o el 40% y una diferencia de 10 puntos) acrecienta la competitividad. Los antecedentes muestran que estas reglas sirvieron para que Macri alcanzara la victoria en 2015, accediendo a la presidencia a través del balotaje, incluso luego de obtener el segundo lugar en la primera vuelta. Esto revela que las preferencias de los votantes pueden modificarse según el contexto: un candidato menos atractivo en primera vuelta puede convertirse en la mejor opción en la segunda. 

La gente vota con el bolsillo, pero no solamente 

Aunque es cierto que la economía suele ser el tema de mayor relevancia para los votantes, en la formación de las preferencias siempre hay una evaluación crítica respecto al incumbente. Si el votante evalúa que el oficialismo tuvo un desempeño correcto (no solo en materia económica, pero principalmente), entonces las chances que tiene de ganar se acrecientan, y lo contrario también vale. La visión respecto al rol que deben desempeñar el Estado y el mercado no es necesariamente crucial para los votantes, que suelen evaluar el desempeño de los oficialismos más por sus resultados (reflejados en cuestiones concretas como el empleo, la inflación y el nivel de ingresos) que por su concepción ideológica de la economía.

Dadas las circunstancias, considerando que la Argentina está atravesando una segunda ola del coronavirus, con un confinamiento estricto equiparable a la fase 1, y que los especialistas ya están preanunciando que los 9 días probablemente no alcancen, tendríamos que preguntarnos si los votantes estarán el próximo 12 de septiembre (PASO) y el 14 de noviembre (elecciones generales) mejor, igual o peor con relación a su ingreso disponible. ¿Hay posibilidad que la sociedad sienta que su ingreso mejoró en comparación a 2019? En 2020, los salarios, las jubilaciones y las asignaciones sociales perdieron contra la inflación. Todo marca que este año, con una inflación que corre anualizada al 60%, el poder de compra volverá a caer. Esto necesariamente provocará desgaste en el oficialismo.

En medio del agravamiento de la pandemia, los sectores más duros del Frente de Todos presionan para desplegar una política de subsidios y asistencialismo más extensiva (lo que serviría para alimentar el discurso de que “el Estado te salva”). Sin embargo, cuanta más gente se incorpora a la ayuda, menos recibirá cada uno, ya sea en términos nominales (por la restricción presupuestaria) o en términos reales (por la pérdida de valor que sufre el dinero cuando se recurre a la emisión). En el mejor de los casos, el ingreso crecerá para algunos, pero sucederá en detrimento de otros, que previamente recibían la ayuda estatal.

En términos económicos, prácticamente todos los argentinos están sufriendo las consecuencias de la crisis que genera la pandemia, agravada por los errores de gestión cometidos por el gobierno. La mayoría de los votantes concurrirá a las urnas este año con un ingreso menor al que tenía en octubre de 2019, cuando le otorgó al Frente de Todos precisamente el mandato de mejorar su situación económica. Sin embargo, esto tampoco garantiza el voto para Juntos por el Cambio, lo cual dependerá también de otras cuestiones: candidaturas en ambos espacios, asignación de responsabilidades, espacios alternativos que se presenten en la elección, preferencia de los votantes respecto a otros temas distintos a la economía.

No todo gira en torno a la economía

Respecto a este último punto: en su artículo, Sturzenegger omite que en todas las elecciones no hay una sola cuestión que defina la preferencia subyacente de los votantes. Aunque la dimensión económica suele ser la más importante, la inseguridad y el plan de vacunación son temas que también ocupan lugares prioritarios en las preocupaciones de los argentinos.

La cuestión de la inseguridad parece agravarse, con episodios novedosos y a la vez dramáticos como lo que ocurre en Lugano, con bandas vinculadas al narcomenudeo que siembran la violencia y el terror entre los vecinos del barrio; todo esto frente a la inacción de las fuerzas federales que deberían ocuparse del problema.

La visión “zafaroniana” que tienen algunos segmentos de la coalición oficialista podría generarle un desgaste electoral al Frente de Todos si la inseguridad aumenta, tal como está sucediendo en todo el mundo como consecuencia de la profunda crisis económica. Recordemos que, en 2009, Francisco de Narváez ganó una elección legislativa en provincia de Buenos Aires prácticamente centrando su campaña en la cuestión de la seguridad, lo cual pone de manifiesto el potencial electoral de la temática. En la campaña de Sergio Massa en 2013, también ocupó un lugar central.

Finalmente, con la vacuna el oficialismo enfrenta un dilema. El gobierno necesita vacunar para prescindir de las restricciones a la movilidad y que la economía comience a recuperarse, pero en términos políticos el beneficio marginal de vacunar se va reduciendo. Si aumenta la oferta de vacunas, lo cual esperemos que ocurra pronto, la valoración que la ciudadanía tiene respecto a ser vacunado ira descendiendo: en general tendemos a valorar más los bienes escasos que los bienes públicos. Esto significaría que, si el oficialismo logra cumplir con el plan de vacunación y llega a las elecciones con la mayor parte de los votantes vacunados, no necesariamente podrá capitalizarlo electoralmente.

En síntesis, aún resta mucho para las elecciones y el escenario es de gran incertidumbre. No es posible hoy anticipar la dinámica de estos comicios, sobre todo teniendo en cuenta el marco excepcional en el que se desarrollan. Desconocemos cuestiones cruciales como quiénes serán los candidatos, cuántos frentes competirán, cómo será la situación económica (principalmente en lo que refiere a variables centrales como inflación, salarios y reactivación) y cómo evolucionará la pandemia (el virus demostró que a veces se comporta de forma impredecible). Todas estas cuestiones modelarán las preferencias de los votantes y, por lo tanto, determinarán el resultado.

El artículo de Sturzenegger desnuda visiones un tanto ingenuas que existen en un sector de Juntos por el Cambio, el cual considera que inevitablemente el oficialismo saldrá derrotado tanto en 2021 como en 2023. Tampoco parece correcto considerar al peronismo como una fuerza imbatible. De hecho, los candidatos del kirchnerismo no ganan una elección legislativa en provincia de Buenos Aires (su propio bastión) desde 2005: en 2009, Néstor Kirchner perdió contra Francisco De Narváez; en 2013, Martín Insaurralde perdió contra Sergio Massa; y en 2017; Cristina Kirchner perdió contra Esteban Bullrich, aquella vez en la carrera por llegar al Senado.

El análisis de Sturzenegger es un gran aporte, pero es demasiado simplista y no tiene en cuenta otras cuestiones relevantes a la hora de analizar el proceso electoral. En la oposición, no debería primar ni un derrotismo excesivo, ni la ilusión de que el partido ya está liquidado incluso antes de haberlo jugarlo.

Sergio Berensztein

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