Domingo, 14 Noviembre 2021 06:44

El kirchnerismo va a las urnas envuelto en un clima de derrota - Por Sergio Crivelli

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El fracaso de Alberto Fernández obligará a dar un paso al frente a la vice que debe elegir entre el ajuste y la radicalización. Ya no queda margen para el doble comando y el vamos viendo. 

La consecuencia menos relevante de la elección de este domingo es la nueva integración del Congreso. La decisiva, en cambio, es un nuevo balance de poder dentro del oficialismo. El resultado definirá quién asume "de facto" la gestión, que en los últimos dos años estuvo loteada con los resultados a la vista. Todo depende de cómo le vaya a la vice en la provincia, porque la inoperancia del Presidente dejó con poca chance a los sectores del peronismo que quieren evitar un copamiento cristinista del gabinete. 

En el Congreso los números no cambiarán demasiado. Si el resultado es parecido al de las PASO, el FdT perderá cuatro legisladores en Diputados y JxC ganará tres. En el Senado podría quedar a una o dos bancas del quórum propio, déficit que se repara sin mayores dificultades cooptando a legisladores atentos a las necesidades de sus gobernadores.

En suma, la diferencia en los números no es dramática y si se agrega que el Parlamento es un poder débil, se comprenderá por qué su integración no altera el escenario.

La clave estará por lo tanto en las relaciones de fuerza dentro del Ejecutivo y la manera en que se encare la crisis económica producto del dólar fuera de control, la inflación galopante, la pérdida del poder adquisitivo de jubilaciones y salarios, etcétera.

Durante la campaña estallaron otros problemas como la inseguridad, los dislates frente al peligroso fenómeno "mapuche" o la impunidad de personajes como el López-de-los-bolsos, pero lo definitorio, lo que mueve el voto es la economía.

El acto de cierre de campaña mostró que la alianza gobernante se reduce a Cristina Kirchner y su creación, Alberto Fernández. Ni los gobernadores, ni la CGT, ni Manzur aportaron por el palco, pero la vice estuvo allí, aunque podría haberse excusado. Con ese gesto se hizo cargo del invento que le permitió regresar al poder en 2019 y ser hoy la principal acreedora de los restos de la quiebra.

Su fría actitud hacia Fernández demostró que lo considera responsable de haber rifado el capital político que ella supo acumular en el conurbano y que actuará en consecuencia. Cuáles serán esas consecuencias, si una liquidación del gabinete, si el desplazamiento del "equipo" económico o la radicalización del gobierno, es motivo de conjeturas.

Lo central es que al gobierno K le llegó la hora de la verdad. Fernández o su mandante deberán definir qué hacen con el FMI, la devaluación, el gasto público y el déficit fiscal. El afán de quitarle el cuerpo durante dos años al ajuste derivó en la actual calamidad -un ajuste hecho por el mercado- y no puede prolongarse otros dos años.

De allí que el oficialismo se encuentre ante un par de opciones: una salida pactada con el Fondo o seguir por la huella de Feletti que debutó con 3,5% de inflación mensual a pesar del congelamiento de precios y tarifas y del dólar retrasado. Más allá del fracaso de los congelamientos, a nadie se le escapa que devaluar con un 50% de inflación y otro tanto de pobres provocaría una catástrofe social, pero postergar decisiones e "ir viendo" ya es insostenible.

Desde esa perspectiva la continuidad de Martín Guzmán es irrelevante; lo que fracasó y debería ser cambiado es la estrategia de diferir lo inevitable.

En este marco la solución real no parece estar en manos del kirchnerismo, cuya credibilidad tiende a cero, sino en un programa con amplio consenso. En un acto de racionalidad política, no de radicalización. Pero el kirchnerismo no tiene los genes que exige un intento de ese tipo. En su ADN está inscripto el "ir por todo"; su historia está hecha de prácticas discrecionales y una concepción "total" del poder. A lo que hay que sumar que la actual alianza oficialista no controla a todos sus integrantes, por ejemplo, los "movimientos sociales" o el sindicalismo, que parecen a punto de entrar en un proceso de entropía.

El consenso, por otra parte, sería sólo una de las condiciones para enfrentar la crisis. La otra es tener un buen diagnóstico. Creer que el remedio a la presión cambiaria es reducir de 16 a 2 los mercados del dólar es no tenerlo, porque la cotización de la moneda norteamericana es el síntoma, no la enfermedad.

De la misma manera que las estadísticas del Indec no eran el problema, sino la política monetaria inconsistente con la fiscal de Axel Kicillof en el segundo mandato de CFK. Una devaluación sin un programa de estabilización sería además de socialmente cruel, económicamente inconducente.

En síntesis, la eventual derrota de hoy amenaza con debilitar al kirchnerismo no sólo por la pérdida de votos, sino también porque haría más aún precaria la situación económica y obligaría a apurar el ajuste. Un escenario complejo en el que la protagonista será la vice, no el Presidente, más allá de los deseos de la CGT y el PJ.

Sergio Crivelli  
Twitter: @CrivelliSergio

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