Viernes, 03 Diciembre 2021 07:06

Alberto no usó la lapicera y Débora se tuvo que ir - Por Fernando González

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Giorgi dijo “mi jefa es Cristina”. Y terminó afuera del Gobierno. ¿Habrá venganza K contra Kulfas? 

A mediados de 2012, cuando el segundo mandato de Cristina Kirchner ya empezaba a languidecer, una de sus ministras le armó un acto con tribuna para inaugurar una iniciativa bautizada Generadora de Industria Argentina. Y en una pantalla gigante apareció la sigla GENIA, en un exceso de adulación que hasta logró a abochornar a algunos kirchneristas. 

Esa funcionaria era Débora Giorgi, una economista respetada hasta entonces, que había sido secretaria de Industria, de Minería y de Comercio en la Alianza, adonde había llegado de la mano de José Luis Machinea.

​Tras el final abrupto del gobierno de Fernando De la Rúa, Giorgi volvió al poder con Felipe Solá, en la gobernación bonaerense, y luego siguió con Daniel Scioli. Hasta que apareció en el gabinete de Cristina y, en un síntoma que también sufrieron otros dirigentes, la poseyó el rayo incandescente del kirchnerismo.

Durante los años de Mauricio Macri, Giorgi se refugió en la intendencia de La Matanza, donde compartió el equipo de Verónica Magario junto a Roberto Feletti. En esa montaña rusa que es la función pública para algunos, los dos regresaron al gobierno después del terremoto de las PASO. Por sugerencia obligatoria de Cristina, se sumaron a la Secretaría de Comercio Interior para implementar el congelamiento de precios, el instrumento más repetido en la derrota histórica contra la inflación.

Pero la fortuna burocrática de Giorgi comenzó a cambiar en los últimos días. No le alcanzó con su participación en un par de conversatorios del Instituto Patria del martes y del miércoles reciente, que promocionó a través de su cuenta de Facebook. No le alcanzaron sus fotos en el cierre de campaña del Frente de Todos ni las sonrisas del Día del Militante peronista. Ni le alcanzó una frase suya que cayó inoportuna en la Casa Rosada. “Mi jefa es Cristina Kirchner”.

Hacía 52 días que Alberto Fernández no le firmaba su decreto de asunción en el cargo de subsecretaria y Débora entendió que el Presidente ya no se lo iba a firmar. Por eso, renunció a un cargo que jamás había asumido. Su jefe directo, el ministro de la Producción, Matías Kulfas, hizo trascender una frase que habla del clima enrarecido en el Frente de Todos. “No sé qué hacía porque jamás me la crucé”.

Kulfas venía de desautorizar en público a Feletti porque el funcionario que había promovido Cristina (y al que Alberto sí le firmó el decreto de asunción), había anunciado con pompa la ampliación del congelamiento de precios. El ministro de la Producción lidera la resistencia del albertismo residual contra el kirchnerismo. Y, vaya sorpresa, lo mandó a callar.

Los camporistas más duros admiten que Giorgi está totalmente afuera del Gobierno y que no se repetirá el episodio de rebeldía que mantuvo aquel otro secretario de Energía Eléctrica (Federico Basualdo) al que el ministro Martín Guzmán ni el ex jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, pudieron echar. Pero aseguran que la venganza de Cristina recaerá sobre Kulfas, al que le auguran un final cercano en el Gobierno. Amenazas en el aire que van y vienen.

Hace una semana, Cristina publicó una nueva carta con sus lineamientos políticos para el 2022. No se hace cargo del acuerdo con el FMI y le deja toda la responsabilidad a Alberto Fernández. “La lapicera la tuvo, la tiene y la tendrá el Presidente”, escribió, con un tono mucho más de opositora que de oficialista.

El Presidente, que jamás había usado la lapicera para escribir su destino o para enfrentarse con Cristina, tampoco la usó en esta ocasión. Pero esa inacción fue intencional y acabó provocando la caída de Débora Giorgi. Solo hay que esperar el próximo capítulo y alguna otra víctima para adivinar el rumbo de esta ficción decadente en la que se convirtió la Argentina.

Fernando González

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