Viernes, 17 Diciembre 2021 12:38

El efecto búmeran de las amenazas de Martín Soria - Por Fernando González

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El fallo demoledor de la Corte Suprema por la Magistratura fue la respuesta inmediata a las bravatas del ministro de Justicia.

“El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”. Así, dejando en claro el final de la trama desde la primera frase, Gabriel García Márquez empieza uno de sus más extraordinarios relatos popularizado como “Crónica de una muerte anunciada”. 

Es posible que Martín Soria no se haya levantado tan temprano como Santiago Nasar el martes 7 de diciembre. Pero ese día llegó al Palacio de Justicia para reunirse con los miembros de la Corte Suprema, posiblemente sin saber que el destino de su misión ya estaba anunciado. El propósito de presionar, amenazar e infundirle miedo al máximo tribunal de Justicia estaba tan destinado al fracaso como el de los personajes de García Márquez que intentaron en vano evitar la muerte de la crónica.

El ministro de Justicia se reunió apenas treinta minutos con los miembros de la Corte. En el salón de embajadores del bonito Palacio de la calle Talcahuano lo esperaron los cuatro integrantes: el presidente Horacio Rosatti, el vice Carlos Rosenkrantz, Ricardo Lorenzetti y Juan Carlos Maqueda. Y Soria no solo los increpó por su tarea.

Criticó lo que llamó “la sospechosa celeridad” de la Corte en algunas causas relacionadas con empresas y habló de “indecorosa pasividad” para los casos relacionados con los derechos humanos. Y minutos después de abandonar el encuentro, se dejó entrevistar por una radio kirchnerista para contar envalentonado cómo los había puesto a todos contra la pared.

Los cuatro ministros de la Corte no le respondieron a ninguna de sus bravatas. Apenas habló Rosatti para plantear la necesidad de resolver la cantidad de juzgados vacantes en el país. Una metáfora elegante para aludir a los cambios que el Tribunal ya preparaba para el Consejo de la Magistratura.

La cosa no quedó allí. Un par de horas después de la ofensiva de Soria, la Corte dio a conocer un fallo en el que le ordenaba al gobierno de Alberto Fernández y de Cristina Kirchner devolverle 87 mil millones de pesos a la provincia de Santa Fe por una deuda de fondos de coparticipación. Era una sentencia demorada desde 2015 y, como Dios está en los detalles, hay que consignar también que dos de los miembros del Tribunal son santafesinos.

Ese fallo fue solo un primer aviso. El último martes, en la reunión de la Corte, comenzaron a ultimarse los preparativos de la decisión que ya se veía venir. Por unanimidad, los cuatro votaron por la inconstitucionalidad de aquella reforma de Cristina en 2006, que redujo de 20 a 13 los integrantes de la Magistratura para ampliar el poder de la política en el organismo que selecciona y califica a los jueces.

En silencio, sin ningún comentario que exacerbara más los ánimos, los cuatro ministros respondieron la ofensiva kirchnerista desarticulando una reforma diseñada por la Vicepresidenta. Dando a entender que sabía lo que se venía, la noche anterior Alberto tiró una carga de profundidad para avisarles que la batalla estaba planteada. “Hay que discutir el diseño, el número de integrantes y las tareas de la Corte”, avisó. Pero ya era tarde y la decisión se conoció a las diez en punto de la mañana siguiente.

En algunos despachos de la Casa Rosada, se lamentaban por el fallo, pero mucho más por la gestión malograda de Soria.

“Mandamos al general Alais a decirles que las tropas iban en camino y se nos cagaron de risa”, se resignaba un funcionario que recordó a aquel militar desganado al que Raúl Alfonsín envió para reprimir la primera rebelión carapintada.

En las horas siguientes, hubo reproches cruzados en el Frente de Todos y hasta alguna versión de renuncia del ministro que fue rápidamente desarticulada desde el kirchnerismo.

Los modos de Soria no sorprenden. El Gobierno actúa como si hubiera ganado las elecciones y le sobrara poder de fuego. Pero la realidad tiene el efecto de un búmeran. La debilidad que se extiende con la derrota hace que las cargas contra la oposición, contra el FMI o contra los jueces de la Corte Suprema se parezcan cada vez más a aquellas lanzas inútiles del Quijote contra los molinos de viento.

Fernando González

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